“Violación de la valija diplomática”. Capítulo 32 de La ocasión perdida. Juan María Calvo.

Capítulo 32.VIOLACIÓN DE LA VALIJA DIPLOMÁTICA.

Las tensiones entre guineanos y españoles aumentaban, debido a que no se solucionaban los conflictos y no se ponían en marcha los acuerdos firmados. La visita de Calvo Sotelo tuvo muy pocos resultados prácticos. Todo pudo explotar a finales de enero, cuando los guineanos violaron la valija diplomática española, pero Madrid ordenó que no se moviera nadie.

Unos días después de la salida de Calvo Sotelo de Malabo, el presidente Obiang Nguema aprovechó el acto de jura de los últimos nombramientos que faltaban, tras la remodelación de principios de diciembre, para decir a los guineanos que era necesario avanzar hacia “un estado de orden, un estado de derecho y un estado de respeto”.

A fines de diciembre, con motivo de la aprobación del presupuesto de 1982, Obiang declaró inaugurado el “Año del Trabajo”. “Podéis tomar ejemplo de vuestros colegas de los países que habéis visitado”, dijo el teniente coronel a los altos funcionarios de su Gobierno. “Cuando un señor es responsable del Gobierno, ejerce su función con mucha dignidad, y además con orgullo, Pero en Guinea Ecuatorial parece que todo el mundo tiene que rebajarse y en el nuevo año debemos eliminar este mal. concepto”. Según manifestó, en 1982 “todos los ecuatoguineanos tiene el deber y la obligación de contribuir al máximo en el desarrollo socioeconómico del país”. Durante casi una hora. Obiang vapuleó a los funcionarios públicos y a la población en general.

Obiang reconoció que durante los dos años y medio transcurridos desde el “golpe de libertad”, Guinea había sobrevivido “gracias a los créditos y ayudas de países amigos, sin que por nuestra parte se haya registrado una mínima contrapartida”. Reiteró que era necesario trabajar y “enseñar al pueblo que democracia no significa libertinaje, falta de respeto a las autoridades, fomenta de la ociosidad y desinterés por el trabajo, así como la propagación de vicios y malas costumbres”.

Lo que no supo decir ninguno de los ministros del Gobierno, incluido el de Hacienda y Comercio y el director general de Presupuestos, era a cuánto se elevaba la cantidad presupuestada para 1982, ni cómo se repartía ese dinero. Según afirmaba un comunicado difundido por la radio y la televisión de Guinea, el nuevo presupuesto presentaba “un aumento progresivo de las asignaciones destinadas al desarrollo social y económico de nuestro país e importantes medidas que alientan la inversión del capital privado”. Al parecer, la mayor preocupación de las autoridades era incrementar los ingresos públicos.

Por otra parte la Iglesia Católica guineana había logrado un reconocimiento parecido al que tenía antes de la independencia, aunque durante el periodo de Macías había quedado desmantelada. Obiang Nguema se declaraba católico y quiso apadrinar al primer sacerdote ordenado en Guinea Ecuatorial desde 1968. A la ceremonia, celebrada en la catedral de Malabo, y que estuvo presidida por el obispo Rafael María Nze Abuy, asistieron el Gobierno y el Cuerpo Diplomático. Aquel acto coincidió con la llegada a Malabo de Donato Squiccirini, nuncio en Camerún, para preparar el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre el Vaticano y Guinea, paso necesario para garantizar una próxima visita del Papa Juan Pablo II. Las autoridades guineanas se habían enterado de que el Papa tenía previsto visitar Nigeria y Gabón y en aquellas Navidades fue enviado el vicepresidente Cristino Seriche a Roma para suplicar a Juan Pablo II que hiciera escala en Guinea.

El presidente guineano aprovechó la propagación de una epidemia de sarampión en la zona de Evinayong, en Río Muni , que afectaba a un elevado número de niños, para pedir más ayuda a los representantes diplomáticos acreditados en Malabo. “Es de extrañar que después de dos años y medio de respeto escrupuloso de los derechos humanos, existen todavía ciertas reticencias en la comunidad internacional para ayudar a Guinea Ecuatorial”, dijo Obiang a los embajadores en la ceremonia que les ofreció para felicitarles el Año Nuevo. Obiang comprendía que durante “el sanguinario y cruel” régimen de Macías sólo China, la URSS, Cuba y Corea del Norte ayudaran a Guinea, pero aseguraba no entender cómo no aumentaba ahora la ayuda extranjera, aunque agradeció a los diplomáticos lo recibido durante 1981.

Las relaciones entre cooperantes españoles y funcionarios guineanos se hacían más tirantes cada día. En algunos sectores el ambiente era de clara hostilidad. El plan de cooperación militar sufrió un duro revés cuando se supo definitivamente que las jóvenes que habían empezado el curso para formar los GESP no iban a regresar a España tras pasar las Navidades en Guinea, debido a los rumores de que se preparaban para dar un golpe a Obiang. Tampoco se avanzaba nada en lo referente a los económicos con capacidad ejecutiva.

El comisario de Información y Turismo, Isidoro Eyí, quiso poner su granito de arena en aquel momento crítico. Siempre que podía dificultaba a los españoles la tramitación de visados de permanencia, de entrada o de salida, pues era al mismo tiempo director general de Seguridad. A mediados de enero publicó una orden ministerial en la que afirmaba que “las agencias informativas extranjeras establecidas en Guinea Ecuatorial deberán, en principio, emplear al personal de su nacionalidad o extranjero”. La única agencia extranjera de información establecida en Guinea era la española EFE, que en realidad estaba allí más por una cuestión política de apoyo y cooperación que por intereses puramente informativos. Pero los gobernantes guineanos no estaban acostumbrados a que la prensa actuara en libertad y enviara al exterior todo tipo de noticias, buenas o malas, debido a que ocurrían cosas que consideraban que no debía conocer la opinión pública. De todas formas, como en Guinea las normas no se cumplían, tras unos días de precaución, los guineanos pudieron seguir trabajando en EFE, excepto alguna persona perseguida con más saña por Eyí.

La agresión más grave contra España se produjo el sábado 23 de enero, cuando altos funcionarios del Gobierno de Malabo violaron la valija diplomática, tras doce horas de tensas negociaciones. Las autoridades españolas – que en ocasiones se parecían muchísimo a las guineanas- ordenaron que no se difundiera la información enviada por la Agencia EFE y comunicaron al embajador español que debía quedarse en  Malabo, como si no hubiera pasado nada. Posiblemente, el olor del petróleo que entonces comenzaba a estar al alcance de la mano – se encontraba actuando ya una plataforma en aguas guineanas- moderó cualquier deseo de respuesta por parte de España ante un hecho que tiene muy pocos precedentes en la historia de las relaciones internacionales.

La valija llegó aquel sábado, como todas las semanas, a primeras horas de la mañana en el vuelo regular de Iberia. Cuando fue a recogerla el funcionario encargado se encontró con que el jefe de Aduanas del aeropuerto de Malabo le impedía retirarla si no la abría ante sus ojos. Al cabo de un rato se personó en el aeropuerto el cónsul de España, Diego Sánchez Bastamente, cuyas gestiones para sacar la valija del aeropuerto también fueron infructuosas. Los guineanos no cedían ni aumentando la propina habitual. Querían ver a toda costa lo que había en las sacas y, sobre todo, en unas cajas de madera que ponía “frágil”, también consignadas como “valija diplomática”. Las discusiones se prologaron durante toda la mañana. El embajador trataba de hablar con altos funcionarios, que le decían no poder hacer nada. Era imposible localizar al ministro de Exteriores o al presidente.

Los españoles comenzaron a arremolinarse en la puerta de la Embajada de España, pues durante la mañana del sábado era costumbre pasar por allí para recoger el correo. Casi todos criticaban la actitud de los guineanos, aunque en la mente de algunos  estaba el incidente de las pistolas disimuladas en cajas de “repuestos para automóviles”, descubiertas por los guineanos en el aeropuerto cuatro meses antes.

Es cierto que la Embajada había recibido un mes antes una nota verbal del Ministerio de Asuntos Exteriores guineano exigiendo que la valija tuviera un peso máximo de 10 kilos, pero el embajador Fernández Tréllez había contestado inmediatamente que no admitía ninguna limitación en el peso de la valija diplomática. Con posterioridad a este intercambio de notas habían llegado cuatro valijas sin que se produjera ningún incidente.

Hacia las 4.30 de la tarde, ante la insistencia del jefe de Aduanas en llevar la valija al Ministerio de Asuntos Exteriores, el embajador español tomó la decisión de que las sacas y cajas llegadas de Madrid se trasladaran al Consulado de España en Duala, en un Aviocar, para sacarlas así del país. Los guineanos aceptaron en un principio, pero, cuando el Aviocar estaba preparado para despegar, el aeropuerto fue rodeado por la policía e incluso se puso en movimiento la vieja tanqueta soviética que siempre está allí aparcada, para impedir la salida del avión español.

Evidentemente, alguien estaba empeñado en que se abriera la valija, quizá porque sospechaba algo o sencillamente para hostigar a los españoles. Con el fin de evitar un incidente más grave, pues los ánimos comenzaban a encresparse en el aeropuerto, Fernández Trállez admitió que la valija fuera llevada al Ministerio de Exteriores, con la condición de que estuviera siempre custodiada por dos funcionarios de la Embajada española.El ministro seguía sin aparecer.

Ya había caído la noche cuando llegó al Ministerio un alto jefe de la Seguridad del presidente Obiang, al mando de medio centenar de hombres armados, todos muy excitados. Sin atenerse a razones y ante la atónita mirada del embajador de España, el consejero y otros funcionarios, que intentaban que mediara Pedro Nsue, director general para Europa y América, violaron los candados que cerraban las sacas y rompieron, sin miramientos, las cajas de madera que contenían repuestos para la radio de la Embajada, que se había estropeado tres días antes. Los guineanos, desilusionados por lo encontrado -quizá esperaban ver armas- entregaron a los españoles la documentación y el correo, pero se negaron a dejar que retiraran las cajas con los repuestos para la radio, que requisaron sin entregar un recibo o justificante.

El día siguiente Fernández Tréllez viajó a Duala, en un Aviocar, para comunicar a Madrid lo sucedido y pedir instrucciones ante aquella infracción de las reglas del derecho internacional y los más elementales principios de cortesía entre países amigos. Le ordenaron que regresara a Malabo y que no tomara ninguna medida, que aguantara y se callara la boca.

En el trayecto de regreso a Malabo el embajador se dio un susto de muerte. Nada, más tocar tierra se reventó una de las dos ruedas traseras del Aviocar,  haciendo que el aparato se saliera de la pista. Por fortuna, no ocurrió nada, pero parecía que algo estaba gafado. Ese mismo domingo había sufrido un accidente gravísimo un español, al volcar el Land Rover en el que realizaba una excusión por el sur de la isla.

Para que aquellos hechos se conocieran en España, en vista de que el Ministerio de Asuntos Exteriores español había dado orden a la central de EFE en Madrid de que no difundiera las informaciones que estaba enviando su corresponsal desde Malabo, la noticia tuvo que ser transmitida, por un canal paralelo, a un diario español, que la publicó cuatro días más tarde.

Fueron unas jornadas dramáticas, Ángel Malpica, de 32 años de edad, casado y con dos hijas pequeñas, murió en el aeropuerto de Malabo el martes 26 de enero, cuando estaba a punto de ser introducido en un avión de Iberia (entonces había un segundo vuelo semanal regular que unía a Malabo con Las Palmas). Ángel, que llevaba un mes en Guinea contratado por la  empresa constructora “Escuder y Galiana” como encargado de un taller de maderas, decidió emprender el domingo una excursión, con cuatro guineanos, para conocer el sur de la isla. En una curva se salieron de la carretera y dieron varias vueltas de campana. Los cuatro guineanos quedaron ilesos, pero él sufrió doble fractura de cráneo y desplazamiento de una vértebra dorsal. De mala manera, fue trasladado al hospital de Malabo, donde los médicos españoles sólo pudieron recomendar su evacuación inmediata a Camerún. En el centro hospitalario de Malabo, que en los años 60 era uno de los mejores de África, no podían hacerle ni una radiografía, pues aquel día no había luz eléctrica.

En Duala constataron la gravedad del accidentado. Lo mejor era trasladarle inmediatamente a Europa en un avión especial. Eso es lo que se hubiera hecho si Ángel Malpica hubiera sido un ciudadano francés y estuviera asegurado. Pero era español y ni él tenía medios ni la empresa quiso asumir ese gasto. El lunes por la tarde decidieron llevarle de nuevo a Malabo, para que viajara a Las Palmas en el avión que debía salir de la capital guineana el martes por la mañana. En el Aviocar de regresa de Duala a Malabo todavía estaba consciente, aunque absolutamente inmóvil, y trataba de esbozar una sonrisa en respuesta a las bromas que le hacía el médico español que le acompañaba. Sin embargo, sus ajos expresaban el miedo que sentía por no poder salir vivo de África, por no ver jamás a su mujer y a sus dos hijas. La vibración del avión y cualquier movimiento brusco le producía grandes dolores. La noche del lunes al martes la pasó en una “caracola”, donde al menos tenía electricidad y limpieza. El martes por la mañana lo llevaron al aeropuerto. Se dio cuenta que lo subían al Boeing 727 de Iberia, pero de pronto vio que le faltaban las fuerzas para respirar, movió los ojos, que era lo único que podía hacer, y murió. El comandante del avión ordenó que lo bajaran a tierra, un cadáver no puede viajar en cabina. Su cuerpo regresó a España en el vuelo del sábado, encerrado en un ataúd sellado. Sobrevivió 48 horas al accidente y si hubiera recibido la asistencia adecuada posiblemente no habría muerto, decían los médicos españoles.

Aquellos días finales de enero fueron terribles para los españoles que vivían en Guinea. El suceso de la valija dio fuerza a las autoridades guineanas, que se crecieron, y muchos tomaron una actitud despectiva ante los españoles. Los 40 policías españoles destacados en Guinea, mandados por el influyente comandante Arjona, no pudieron impedir que la valija fuera violada. En un lugar donde el prestigio se basa en la fuerza, o al menos en la firmeza, España había sido débil una vez más. Ahora sonaba hasta ridículo hablar de asesores con capacidad ejecutiva. Muchos esperaban alguna reacción española, pero la única respuesta fue el silencio.

El país estaba absolutamente paralizado. No había alimentos en los mercados y los cortes de luz duraban ya tres semanas por falta de combustible. Empezó a escasear también la gasolina para los coches y se dispararon los precios de los combustibles. Guinea no disponía de los 4 millones de dólares necesarias para comprar un buque con derivados del petróleo. La masiva cooperación española en Guinea no había servido para resolver cuestiones tan básicas como el suministro de luz o agua, o que al menos funcionara en condiciones un hospital en la isla y otro en el territorio continental.

Un último ataque contra los intereses españoles se unió a los anteriores. El gobernador de Luba, un tal teniente Edmundo, decidió detener a Enrique Santos Silva, administrador de las fincas de un portugués, a quien acusaba de no haber pagado los salarios a sus trabajadores. Sin embargo parecía que aquella medida se debía a cuestiones más personales. El teniente Edmundo se negaba a poner en libertad a Enrique Santos, a pesar de que su hermano se presentó en Luba con una orden firmada por el comisario de la Presidencia. Seguía sin respetarse la autoridad.

Cuando el agregado comercial de la Embajada de España, Víctor Audera, vio atracar a un vetusta barco pesquero en el puerto antiguo de Malabo pensó que ya había otro conflicto en ciernes para enturbiar las complicadas relaciones entre España y Guinea. Audera se informó del asunto e inmediatamente desaconsejó la operación de compra del pesquero, que intentaba vender un español llamado Manuel Ferry al Estado guineano por 56  millones de pesetas. Según los datos que tenía el agregado comercial, y que hizo llegar hasta las autoridades guineanas,  cuando se construyó el barco, en 1974, su precio era de 14 millones de pesetas. Además, el barco había salido de España sin despacho de la Aduana, ni permiso de la Dirección General de la Marina Mercante. Por supuesto, Ferry carecía de licencia de exportación para venderlo en otro país. En el Registro Marítimo Central de Buques aparecía que el Puerta de Palos pertenecía a la empresa Mariscos Rodríguez S.A., en lugar de a Transacciones Pana-africana S.A., la empresa que decía representar Ferry, con sede en Alicante.

El asunto del Isla de Annobón fue una muestra de los negocios que realizaban industriales españoles, aprovechando la situación de río revuelto que había en Guinea, la falta de controles por parte española y la ambición de ciertos guineanos que cometían cualquier irregularidad a cambio de una comisión o propina. El 3 de agosto de 1981, coincidiendo con las celebraciones del segundo aniversario del golpe militar, había llegado al puerto de Malabo un pesquero de tipo medio, que tenía su base en Las Palmas, donde estaba registrado con el nombre de Puerto de Palos. Un día zarpó del puerto canario, supuestamente para faenar por aguas cercanas, pero desapareció.

El caso es que la operación de realizó y el Isla de Annobón se convirtió en el “barco nacional pesquero ecuatoguineano”. Unos meses antes, España había entregado cuatro pesqueros minúsculos (no tenían más de 5 metros de eslora), que apenas sin navegar se fueron hundiendo en el puerto de Luba.

Seis meses después, los guineanos se cansaron de reparar averías y decidieron que el Isla de Annobón zarpara hacia España, para ser arreglado en Las Palmas, con la bandera guineana ondeando en la popa del deteriorado barco. La Embajada de España recomendó a las autoridades guineanas, en forma confidencial, que no hicieran eso, pues se sabía que el Tribunal Provincial de Alicante había levantado acta por contrabando y posible delito monetario y el barco sería confiscado por las autoridades al tocar cualquier puerto español. Ferry había desaparecido. Nunca más se supo lo que ocurrió. En Malabo se dijo que se había hundido de camino hacia Las Palmas, pero es posible que terminara en algún lugar de la costa occidental africana

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