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Un respeto para los muertos de las explosiones de Bata. Guinea Ecuatorial, la muerte y la profanación. Belarmino Owono Bituga. fronterad

Por Belarmino Owono Bituga -03/12/2021074

Las explosiones del día 7 de marzo de este año 2021, nuestro desgraciado 7M, en el Cuartel de Intervención Rápida de Ncohantómá Bata del ejército de Guinea Ecuatorial, causaron muchos muertos: oficialmente 107. Pero posiblemente hubiera muchos más: ¿el doble, el triple, más? Desgraciadamente, conociendo cómo pasan las cosas en Guinea Ecuatorial, nunca se va a conocer la cifra, ya no exacta, sino mínimamente aproximada de los muertos de Nkohantoma. En cualquier caso, aunque fueran esos 107 fallecidos oficiales, son muchas las personas que han muerto en un segmento de tiempo muy corto, unos minutos, quizás un puñado de segundos.

Cinco días después de las explosiones, es decir, el día 12 de marzo, se organizó el funeral de estado para honrar a las víctimas, para honrar a los muertos de dicha explosión. Sin embargo, tanto el poco tiempo que medió entre la explosión y los funerales (cuando, con los medios exiguos que hay en Guinea Ecuatorial, no estaba seguro, para la gran mayoría de los guineanos, que se hubiera rescatado todos los cuerpos) así como otras circunstancias que rodearon a dichos funerales y que vamos a señalar, nos deja la duda de si se ha honrado adecuadamente a los muertos.

Y, sin embargo, el denominador común en la grandísima mayoría de las culturas y sociedades, es el respeto y la honra a los muertos en tiempos de paz. El muerto, como prueba irrefutable de la muerte, el que va a dejar un vacío en el grupo humano en el que convivía como gregario, como amigo, como pareja, como familiar, como compañero… como humano. Alguien que ha sido como nosotros, pero que nos avisa de que nosotros también pasaremos por ese trance. Un respeto muchas veces confundido con el miedo que le tenemos a la muerte.

Porque la muerte nos produce un gran sobrecogimiento y el muerto mucho respeto, casi miedo. Uno se acuerda que, cuando moría alguien en el pueblo, parecía que incluso la naturaleza se quedaba quieta y silenciosa, sólo interrumpida por el llanto de los desconsolados familiares y allegados. Y el mismo respeto y/o miedo que se tiene a los muertos también se tienen a los cementerios, tanto que cuando ha oscurecido las gentes tienen miedo de pasar por senderos al lado de los cementerios.

La muerte tiene una especie de centralidad en la vida. Y posiblemente sea la conciencia sobre la vida-muerte una de las características más importantes de la especie humana. Además de sobrecogernos, la muerte nos descoloca, nos impresiona. La muerte nos perturba; y puesto que nadie ha regresado de muerto la muerte deja a la vida sin referencias claras. Y nos da miedo. Tenemos miedo a que todo se termine con la muerte.

Nos negamos a que todo se termine. Sería por esto que mucha reflexión filosófica, mucha ciencia, mucha paraciencia, mucha creencia se ha realizado sobre la muerte: por un lado, buscando remedios para alargar la vida, o elixires para la vida eterna y, por otro lado, concibiendo la existencia de un alma, que sería inmortal y un más allá donde iría a vivir dicha alma después de separarse del cuerpo precisamente en el trance de la muerte. Es una de las manifestaciones de lo que yo llamaría la práctica de un cierto negacionismo de la muerte: “Los muertos no están muertos”, del poeta senegalés Birago Diop, la vida eterna de las religiones del libro. Y en las culturas bantúes se estaría a caballo entre la creencia en una comunidad formada por los vivos y los espíritus de los muertos [que convivirían con los vivos, a los que ellos (los muertos) ven y participan de sus actividades, pero sin ser vistos por los vivos] y una cierta metempsicosis que querría que algunos muertos se reencarnasen y renaciesen en otros cuerpos.

Estas diversas actitudes ante la muerte dan lugar a otras tantas formas de tratar a los muertos, según los momentos históricos y el tipo de cultura. Así, en los estudios prehistóricos uno de los fenómenos que se estudia para intentar comprender la forma de vida de aquellos ancestros, la sedentarización, la apropiación del entorno, sus concepciones sobre la vida-muerte son los modos de enterramiento u otros tratamientos de los muertos.

Avanzada la evolución de la especie, estas formas de tratamiento de los muertos han dado lugar a rituales diversos, algunos de los cuales se han plasmado en construcciones que admiramos hoy en día. En este sentido, el tratamiento de los muertos nos ha legado dos de las siete maravillas del mundo antiguo, las pirámides de Egipto (n Guiza) y el mausoleo de Halicarnaso (actual Bodrum, en Turquía).

Es el aspecto monumental de una cultura de enterramiento y de respeto a los muertos derivada de la sedentarización, cuyas formas han ido evolucionando hasta los mausoleos, monumentos funerarios y los cementerios actuales.

Para las culturas migratorias, como las que habitan Guinea Ecuatorial, es lógico que la tradición de tratamiento de los muertos no esté tan ligada a lo material, al despojo. Siendo así que lo más importante sea, por una parte, los rituales para la reintegración de los espíritus de los muertos en la comunidad, con la que viajarán dichos espíritus a donde quiera que emigren los miembros de la comunidad; pero por otra, la conservación de sólo algunas reliquias de las personalidades importantes de la comunidad, que simbolizarían su presencia y servirían de protección y de conseguidores de bienestar para el grupo familiar. El biere (reliquia craneal de un antepasado importante del linaje o de la familia fang) tendría este carácter.

Y como se le invocaba (al biere) para obtener beneficios de progreso para la comunidad, quizás diera lugar a un imaginario en el sentido de que cualquier reliquia humana, después de unos rituales, puede proporcionar, a quien lo posee e invoca, riquezas, éxitos en sus empresas, poder político, etcétera.

Con la colonización se inicia la sedentarización y con ella una cultura de los enterramientos: antes se hacían detrás de la cabaña del fallecido; pero con el avance del sedentarismo se asigna un lugar en la aldea para cementerio.

Avanzando la colonización, la sedentarización y la urbanización, la avidez por destacar en la posesión de riquezas, en tener poder, en sobresalir en la comunidad y en la sociedad, da lugar a la búsqueda de cualquier medio para alcanzar dichos beneficios. Y como se ha establecido un imaginario de que cualquier resto humano puede conceder estos beneficios, se subvierten los mecanismos de extracción y guarda de las reliquias, lo que degenera en la búsqueda de restos humanos dando lugar a crímenes rituales y a una práctica de profanación de los muertos y de los cementerios.

En la colonia, la autoridad colonial, que no compartía este imaginario, perseguía cualquier conducta tendente a profanar a los muertos y a los cementerios (aunque la amalgama que hicieron entre el biere comunitario y cualquier resto humano puede que favoreciera la clandestinidad y la degeneración). Pero, con la independencia, acceden al poder unos dirigentes políticos que sí participaban de dicho imaginario y va emergiendo poco a poco una cultura de no respeto a los muertos y de su profanación.

A esto se añade que una de las formas más perversas que tienen los seres humanos de demostrar que tienen poder sobre los otros es ejerciendo la capacidad de disponer sobre su vida y su muerte: y esta forma de demostración de poder tomó mucha fuerza en el régimen de Macías. Tanto es así que matar al supuesto opositor, llamado subversivo, era una banalidad. Banalidad practicada incluso por jóvenes, casi niños, encuadrados en la llamada Juventud Hormiga, muchos de los cuales también han destacado como torturadores y asesinos en este régimen (Julián Ondo Nkum, Disodado Nguema Eyi, y otros muchos son esa escuela, que se divierten causando suplicio hasta la muerte a otros semejantes).

Se establecen así las bases de una falta de consideración a los muertos que tiene, en la época de Macías varios exponentes:

—No sólo no se entregaban a los familiares los cuerpos de los que fallecieron por torturas y ejecuciones sumarias y arbitrarias en las cárceles, sino que ni tan siquiera se informaba a los familiares de su fallecimiento. Y no contentos con eso, si por A o por B alguien se enteraba de que su familiar encarcelado había fallecido le estaba terminantemente llorar por su muerte.

—No se conoce la tumba de la gran mayoría de las personalidades importantes de Guinea Ecuatorial que lucharon por su independencia y que fallecieron en las cárceles de Macías: No se conoce la tumba de Ondo Edu; la tumba de Jesús Alfonso Oyono, y un largo etcétera.

Con Teodoro Obiang Nguema, y en este sentido, las cosas no han cambiado mucho. No sólo no se ha honrado a estos fallecidos en la época de Francisco Macías, identificando su tumba y en su caso exhumándolos para que sus familiares pudieran darles digna sepultura, sino que tanto a los fusilados con Macías, como cualquier otro fallecido por torturas (por ejemplo, Pedro Motú) o ejecución en el actual régimen de Obiang, se les ha enterrado de forma anónima.

Por su lado, parecería que con el boom del petróleo y la obsesión por alcanzar el poder y las riquezas exacerba la cultura de profanación de cadáveres y cementerios para, con los restos humanos obtenidos de tales prácticas, alcanzar el poder y las riquezas. Hace cosa de dos años que, en el patio de la Comisaría Central de Policía de Bata, había un ataúd llena de barro. Parecería que se sorprendió a un grupo que lo habría exhumado para el tráfico de restos humanos. Incluso se conocen a personas, como el apodado Santy Mafioso, que son sospechosos de traficar con restos humanos, y que en la campaña electoral pasada aspiraba a ser senador por el PDGE (Partido Democrático de Guinea Ecuatorial), y quién sabe si en la siguiente lo conseguirá. O sea, que las personas conocidas por este tipo de prácticas criminales, aspiran a ocupar responsabilidades institucionales del más alto nivel. (No es descabellado deducir que muchos de los que ahora mismo ocupan dichas responsabilidades participan de este tipo de prácticas).

Esta forma de gestionar la vida/muerte en Guinea Ecuatorial por parte de sus autoridades y el daño que los que tienen poder infligen a los demás ha llevado a que algunos sectores de la sociedad no sólo no se apiaden por la muerte de personas de otros sectores (porque éstos los han despreciado) sino que la han celebrado. Así, cuentan que, en la época de Macías, había un gran asesino, maltratador y violador, apodado Anton King, analfabeto, pero un hombre muy fiel a Macías con el que fue delegado de gobierno en varios distritos. Cuando se derrocó a Macías se le mató como a un perro rabioso y se hizo con su cadáver todo lo imaginable, menos respeto. Y más hacia tarde, cuando falleció el comisario Diosdado Nguema Eyí, los taxistas de Bata estuvieron de fiesta todo el día (por el maltrato sufrían por su causa). Y hace poco, también se produjeron escenas de júbilo en sectores de la sociedad cuando fallecieron un concejal del Ayuntamiento de Bata llamado Gregorio Ngui Abeng (vendedores del mercado central de Bata), la madre de Constancia Mangue, la primera dama, Cándida Okomo Mba Esono (sobre todo vendedoras de los mercados de Bata y Malabo), y el comisario Federico Esono Mba Eseng, alias Maykol, por citar unos pocos ejemplos notorios. El primero por dedicarse, cuando era concejal, a maltratar a unas mujeres que venden menudencias (alimentarias) para sobrevivir en lo que era el mercado de Bata y cuyos terrenos han sido acaparados (parte de ellos por Cándida Okomo) y destruir el producto que vendían. La segunda por acaparar todos los terrenos que quiso, maltratar a los que trabajaban con ella y cometer todo tipo de abusos por ser la suegra del presidente Obiang. Maykol era un gran torturador del régimen. Su nombre destacó en el macrojuicio celebrado en marzo del 2019 por la supuesta intentona golpista de diciembre del 2017, por las torturas que infligió a Desiderio Ndong Abeso, al que además robó 300.000 euros.

Encontramos por otro lado una falta de respeto a los muertos en la forma en que se celebran los entierros y se mantienen los cementerios. No se sabe si porque en fang la traducción literal del cementerio es “bosques de sepulturas” que los camposantos están bastante abandonados. Ocurre que en una ciudad como Bata algunos cementerios han desaparecido literalmente, porque alguien ha vendido o se ha adueñado de los terrenos, y, sin mediar exhumación, han construido sobre las sepulturas, sobre los muertos. Es el caso, entre otros, del orfanato Padre Santy, en Ncolombong Bisila, la iglesia Ministerio Cristiano del Nuevo Pacto (una de las que van surgiendo en Guinea como setas) en la zona llamada Molokay (Andoasí). Y el gran crecimiento de la ciudad, sin que se abra nuevos cementerios, hace que los cementerios estén casi colmatados.

Los cementerios de Bata son de un desorden monumental, las tumbas están dispuestas de cualquier forma, sin ningún orden, ni orientación ni alineación. No hay autoridad que diga qué lugar está libre para un enterramiento y cómo hay que abrir la fosa. Ni hay una política de gestión que determine que, después de un tiempo, se pueda exhumar los cuerpos para nuevos enterramientos (no hay nichos). Últimamente es a los responsables de las comunidades de vecinos (algo así como pequeños ayuntamientos de barrios) a los que hay que recurrir para un enterramiento en el cementerio de su jurisdicción. Pero es sólo para pagar un canon, debiendo los propios familiares (ningún ayuntamiento de Guinea Ecuatorial tiene enterradores) localizar un sitio para enterrar a su muerto. Y sucede no pocas veces que, empezado a abrir la fosa, a una profundidad de en torno a un metro, se encuentran con otros restos. Y lo normal en estos casos es limitar la excavación ahí y poner el muerto encima del otro.

Con todos estos antecedentes llegamos al tratamiento de los muertos de la explosión del 7M:

Como dijimos al principio, en cinco días era imposible que se hubiera podido sacar todos los restos. Pero se apresuraron a decretar que en la explosión hubo 107 fallecidos, 615 heridos y sin ninguna mención a posibles desaparecidos, lo que fue un despropósito. Si sumamos las dos cifras, la de los fallecidos y la de los muertos, sale un total de 722 personas las que estarían en el cuartel en el momento de la explosión. Sin embargo, el informe “elaborado por la Oficina de la Coordinación Residente del Sistema de Naciones Unidas en Guinea Ecuatorial, en colaboración con los socios humanitarios…Y publicado por la Oficina Regional de OCHA para África Occidental y Central (ROWCA)” el día 22 de marzo, dice: “Las evaluaciones iniciales de la Cruz Roja Nacional de la semana pasada identificaron al menos 3.900 personas (780 hogares) como directamente afectadas, incluyendo 400 hogares (2.000 personas) en el campamento militar de Nkuantoma”[1]. O sea, que sólo en el cuartel habría 2.000 personas afectadas (la estimación del informe es que en cada hogar hubiera una media de cinco personas; pero generalmente en Bata la media de habitantes por hogar puede ser fácilmente de ocho personas). Vamos a intentar ponderar esta cifra. Las explosiones se produjeron en un domingo. En Guinea la gente acostumbra a visitar a amigos, familiares y conocidos los domingos. Pero igual que pueden salir residentes del cuartel a visitar a parientes que viven fuera, también pueden ir personas de fuera a visitar a sus parientes, conocidos y amigos que residen en el cuartel. Por su lado, no era un día de clase, por lo que casi todos los niños estarían en el cuartel. Luego ese aspecto no debería suponer una reducción importante del número de individuos que habría en el cuartel en el momento de las explosiones. Pero pongamos que por A o por B dos quintas partes de los inquilinos del cuartel no estuvieran en ese momento en las instalaciones, tendremos que, cuando se produjo la explosión, habría unas 1.200 personas. Si restamos los 722 que dicen las fuentes oficiales, nos faltarían 478 personas de las que no se sabe nada. Pero aún cuando redujéramos la estimación de 2.000 personas a la mitad (1.000), seguirían faltando 278 personas, dos veces y media más que los muertos declarados. No hacer mención de esta circunstancia es no es honrar a los muertos. En cambio, se apresuraron a desescombrar, ya no sin buscar supervivientes, sino que sin importar si quedaban cuerpos o restos humanos entre las ruinas. Unos días después del estallido era insoportable el olor que expelía el lugar, habiéndose cortado a la circulación y llevando los escombros (con restos humanos) a sitios alejados de la ciudad.

Es cierto que Guinea Ecuatorial no dispone de instalaciones para guardar en aceptables condiciones tantos muertos para poder esperar unos días para celebrar los funerales. Pero si los recursos del país se hubieran dedicado a cosas útiles podría haber habido solución a dicho problema. En cualquier caso, era razonable y necesario explicar las razones de la rápida organización de los funerales y lanzar un mensaje de que se sigue buscando a los desaparecidos.

Cuando organizaron el funeral, y teniendo en cuenta la situación de colmatación de los cementerios de Bata que hemos señalado, las personas normales creíamos que se abriría un cementerio nuevo, donde se les enterraría de forma ordenada y digna. Y cuál fue la sorpresa de los familiares de los fallecidos cuando al término del funeral se les invitaba a acercarse al ataúd con el nombre de su familiar fallecido para proceder a su identificación. Y al hacerlo se les estregaba un sobre con dinero (600.000 F CFA, unos 900 euros), para que ellos mismos se encargaran de dar sepultura a su familiar. Esto ocurría pasadas las cuatro de la tarde, sin que los familiares fueran previamente avisados de que así se iba a proceder. También se veía que todos los ataúdes eran iguales, del mismo tamaño y color, cuando se sabe que en las explosiones fallecieron muchos niños. También se comenta que muchos familiares, al acercarse al ataúd con el nombre de su familiar, éste estaba vacío; y otros con la identidad equivocada. Sencilla y tristemente dantesco. Se puede observar en un vídeo, cuando se instalaban los féretros en el estadio, que algunos ataúdes estaban reventados.

La impresión es que más que honrar a los muertos los funerales han sido un acto más de lo que nos acostumbra este régimen: aprovechar cualquier circunstancia, aunque extremadamente desgraciada como este caso, para montar su espectáculo de propaganda “a la ecuatoguineana”, en este caso, un espectáculo propagandístico desagradable, indigno, perverso, cínico, macabro. Los muertos del 7M, por unas explosiones producidas como consecuencia de una cadena de errores, que denota el caos de la gestión del estado guineano y que conduce inexorablemente a lo más alto de la cadena de mando, merecían un mayor respeto.

[1] https://reliefweb.int/report/equatorial-guinea/guinea-ecuatorial-explosiones-en-bata-informe-de-situaci-n-no-1-hasta-el-20