“Un embajador narcotraficante”. Capítulo 27 de La ocasión perdida. Juan María Calvo.

Capítulo 27. UN EMBAJADOR NARCOTRAFICANTE.

Para acabar de enrarecer la situación, entre España y Guinea en junio de ese año se descubrió una operación de tráfico ilegal de grifa entre Malabo y Madrid, en la que estaba implicada Julia Andeme, esposa del embajador guineano en Madrid.

Según publicó la prensa española el 20 de julio, los servicios de inspección del Ejército del Aire en la Base de Getafe habían descubierto, dos meses antes, un cargamento de banga, variedad del cannabis cuyo cultivo y consumo es muy corriente en Guinea y en otros países del África ecuatorial y que en Europa se la conoce como grifa, que portaba Julia Ándeme en un bolso de mano. La mujer del embajador guineano en Madrid había aprovechado el vuelo de un avión Hércules del Ejército del Aire, que había llevado ayuda a Guinea, para viajar en el aparato a España. Las informaciones periodísticas añadían que la Dirección General de Aduanas del Ministerio de Hacienda investigaba un posible tráfico de drogas entre Guinea y España, realizado al amparo de los privilegios diplomáticos.

Alejandro Evuna, el embajador guineano en Madrid, negó que Julia Andeme estuviera implicada en el asunto, pero reconoció que “puede haber tráfico de drogas y puede que mi mujer haya sido utilizada para este tráfico”. El diplomático explicaba que su esposa fue engañada por personas que le dieron una bolsa de mano con la droga para llevarla a Madrid.

En aquel suceso apareció de nuevo en escena Ciriaco Mbomio, otro amigo de García-Trevijano, ex-jefe de la policía guineana durante los primeros tiempos del Gobierno de Macías y también antiguo agente de la Policía Armada española, quien aseguró que no tenía nada que ver con el suceso. Sin embargo, fuentes cercanas al Ministerio de Justicia española confirmaron a El País que Ciriaco Mbomio estuvo en régimen de prisión preventiva en una cárcel madrileña entre el 26 de marzo y el 23 de mayo de ese año, sin precisar los motivos. No se sabía cuánta droga había sido transportada utilizando los aviones militares que periódicamente llevaban ayuda a Guinea, ni durante cuánto tiempo, y ya no se volvió a facilitar información oficial sobre este asunto que fue cayendo en el olvido, como tantos otros relacionados con Guinea.

Finalmente, las autoridades españolas habían decidido crear una oficina de cooperación autónoma para centralizar los asuntos relacionados con Guinea, pero Pérez-Llorca deseaba que dependiera de Exteriores y convenció a Calvo Sotelo para que aquellos temas no fueran dirigidos desde La Moncloa. Al frente de la oficina se nombró al diputado de la UCD Jesús Martínez Pujalte, un biólogo amigo de Pérez-Llorca con nula experiencia en ese campo y, como se vio más tarde, víctima de una animadversión patológica hacia los guineanos.

La sustitución de Graullera significó un giro radical de lo que había sido la presencia del embajador español en Guinea, al nombrarse  a Vicente Fernández Tréllez, un diplomático de carrera con características opuestas a su antecesor. Fernández Tréllez era la prudencia personificada, partidario de tapar y ocultar cualquier conflicto que pudiera surgir aunque eso supusiera agachar la cabeza cada vez que se recibía una bofetada, contrario a tomar decisiones sobre el terreno y permisivo y contemporizador con tal de que no hubiera escándalos. Su principal objetivo parecía ser salir de al1í, antes o después, pero como embajador en un país más normal.

Paco Zamora, al término de la entrevista que hizo a Graullera, daba a entender cierta amargura en el funcionario tras el regreso de Guinea. “Se le nota molesto, acaso resentido. Y es que en el palacio de Santa Cruz las cosas marchan por otros derroteros, y Pérez-Llorca ha puesto fin a aquel estilo audaz, agresivo, que él exportó a Guinea. Para, colmo de males, en el Ministerio de Asuntos Exteriores nadie se ha dirigido a él para pedir consejo y aprovechar su experiencia. Ni siquiera le han pedida un informe de su gestión”.

En vísperas del segundo aniversario del “golpe de libertad”, una delegación parlamentaria española había suspendido un viaje a Malabo, debido a los conflictos surgidos y a la falta de consenso entre las distintas fuerzas políticas sobre el tratamiento de la cuestión guineana. Sin embargo, Obiang realizaba una valoración positiva de la cooperación española, aunque se lamentaba de la lentitud del Gobierno de Madrid en el cumplimiento de sus compromisos y reconocía la existencia de dificultades. “Es verdad que hay problemas, debidos generalmente al retraso en la materialización de la ayuda prometida y también a la falta de coordinación por ambas partes en el doble terreno del apoyo económico y la asistencia técnica”, decía el primer mandatario.

Los cambios en la Embajada de España en Guinea y el hueco que había dejado Graullera en Malabo, así como los vaivenes que daba la Administración española, más preocupada por otros problemas, motivaron que Obiang expresara su interés par aclarar las cosas. “Si Calvo Sotelo no viene, tendré que ir yo pronto. Hay asuntos importantes, que debemos clarificar personalmente, con urgencia. No podemos permitir que por falta de conocimiento o contacto puedan volver a repetirse las experiencias negativas del pasado. España, no hay duda, representa mucho para nosotros. Sería muy triste que volviera a perder su credibilidad en Guinea Ecuatorial”. Se deduce de estas palabras que el presidente guineano no tenía interlocutores por parte española y que estaba ciertamente desengañado con la evolución de los acontecimientos.

Aquella celebración del tres de agosto fue triste. Si el presidente reconocía que las cosas estaban tan mal, qué diría la población que sufría un desabastecimiento absoluto. La oposición seguía clamando par una democratización, cada vez con menos esperanzas de que se produjera un cambio. El nuevo régimen era muy distinto al anterior en las formas, pera muchos dirigentes se comportaban coma si no hubiera desaparecido Macías. La corrupción se parecía, a la que había antes y nada funcionaba sin sobornos o el empleo de la influencia paralela. La economía no se había recuperada, la actividad de los 300 cooperantes españoles apenas si servía para mejorar las casas y la producción de cacao seguía siendo muy baja. Sólo se había recuperado algo la exportación de madera.  Daba  la impresión de que Obiang no tenía  la  capacidad suficiente para imponer su criterio.

La ANRD denunció, en aquel verano de 1981, el ascenso a las máximas responsabilidades del poder de personas gravemente comprometidas con el régimen anterior, como Fructuoso Mbá Oñana, “uno de los más fascistas elementos del clan de Macías que concentra en sus manos todos los poderes del Ejército”. El principal grupo de la oposición llamaba “a todas las fuerzas democráticas, a los patriotas y demócratas guineanos y a la opinión pública internacional para que apoyen la lucha del pueblo guineano dirigida a derrocar el antipopular y corrompido régimen de Obiang e instaurar los derechos democráticos en Guinea Ecuatorial”. El llamamiento del grupo opositor guineano apenas tuvo eco en el interior del país.

En aquellos momentos de confusión y debilidad del régimen guineano aparece en escena Daniel Oyono, el ultranacionalista sobrino de Macías, para anunciar en París la creación de un llamado Bloque Único de las Fuerzas Democráticas Guineanas y proponer la formación de un Gobierno de unión nacional, con la participación de elementos de la oposición, y “la retirada de las fuerzas de ocupación marroquíes y españolas”. “Supermán”, como se le conocía cuando era ministro de la Presidencia, de Finanzas, de Seguridad, y de Información, durante el mandato de Macías, se mostraba cercano a España en las declaraciones que hizo, aunque le seguían acusando de prosoviético.

Según Oyono, el dinero enviado por España a Guinea “se ha quedado en los bolsillos de algunas miembros del Consejo Militar y de otros españoles encargados de canalizar esta ayuda al pueblo de Guinea Ecuatorial”. El político guineano denunciaba que los principales miembros del Consejo Militar Supremo tenían cuentas en bancos extranjeros.

El Gobierno guineano reaccionó a las declaraciones de Daniel Oyono con la detención de 20 personas, el 16 de septiembre, liberadas poco tiempo después tras ser sometidos a severos interrogatorios, excepto Luis Nguema Oyono, hermano de Daniel, acusado de “un delito contra la propiedad, pero no por razones políticas”, según palabras del director general de Seguridad, Isidoro Eyí.

Un nuevo hecho, que tuvo gran repercusión en España, empeoró las relaciones entre Malabo y Madrid al final del verano de 1981. El Gobierno guineano decidió prohibir, el 22 de agosto, la entrada en el país de tres publicaciones españolas –Diario-16Cambio-16 e Interviú– a las que acusó de “injuriar y calumniar” a las autoridades. Al parece, la posibilidad de que Obiang realizara en un plazo breve de tiempo el viaje que tanto anhelaba a Madrid, hizo que la prohibición no se extendiera a toda la prensa española. Se establecieron elevadas multas y penas de hasta seis meses de cárcel para los guineanos que fueran sorprendidas con un ejemplar del periódico o de las revistas; los extranjeros serían expulsados del país. Un portavoz de la Presidencia dijo que “estas publicaciones han calumniado al jefe del Estado y difundido injurias contra el presidente de la nación y, lo que es más grave, despreciado al pueblo de Guinea Ecuatorial”.

Fernández Tréllez, que apenas había tenido tiempo de aterrizar   en  Guinea,   pudo  impedir  que  la  prohibición  se extendiera a todas las publicaciones periódicas españolas, argumentando que se habría creado una situación grave de desinformación y aislamiento de los cooperantes y de los propios guineanos. Sin embargo, las autoridades de Malabo fueron inflexibles en mantener la prohibición de los tres órganos que a su juicio les habían atacado con mayor intensidad, “porque en nuestro país carecemos de medios para reaccionar ante esos insultos”.

Fuentes diplomáticas españolas, haciendo gala de unas tragaderas notables, afirmaron que aquella prohibición sólo era “una medida específica que se toma para evitar el incremento de las tensiones”, pero que “no entra en un marco global antiespañol, por lo que no habrá respuesta del Gobierno”. En este momento se inicia un período en el que la consigna parece ser aguantar como sea. El silencio oficial más lamentable ante una afrenta guineana se produjo cuando se violó la valija diplomática española, unos meses después. La idea era seguir solucionando esos incidentes “como hasta ahora, con espíritu de comprensión, y así pasarán pronto”, opinaba el nuevo embajador español.

“La decisión del Gobierno ecuatoguineano se produce en un momento en que las relaciones hispano-guineanas se encuentran en su punto más bajo desde el derrocamiento de Macías”, decía un artículo del diario El País. “Las crecientes dificultades con que tropiezan los cooperantes españoles y la animadversión que se comienza a sentir en Guinea Ecuatorial hacia lo español no pueden ser disimuladas por las declaraciones ds buena voluntad de las autoridades españolas”, añadía el periódico. Sin embargo, el secretario de Estado para Asuntos Exteriores, Carlos Robles Piquer, insistía en que las relaciones hispano-guineanas eran “excelentes”, aunque El País aseguraba que el Gobierno español acababa de negar el plácet como embajador a Felipe Ondó, “quien en los tiempos de Macías era el responsable de la campaña antiespañola en Guinea”. Según el periódico, “la pretensión de nombrar embajador a un alto funcionario de Macías ha sido considerada como una provocación y pone de manifiesto, a ojos de los observadores de la política ecuatoguineana, la persistencia en el poder de modos y personas íntimamente ligados a la antigua Administración maciista”.

Alejandro Evuna Owono, que se encontraba muy a la defensiva por el turbio suceso del descubrimiento del bolso con banga que intentó introducir su mujer en España, aseguró que la campaña de la prensa española estaba “perfectamente orquestada” y “movida por personas resentidas que pretenden desviar la atención del programa de reconstrucción nacional”.

La medida contra las publicaciones españolas tuvo un amplio eco en Europa. Alejandro Artucio, el uruguayo que actuó como observador de la Comisión Internacional de Juristas en el juicio de Macías, denunció ante la subcomisión de Derechos Humanos de la ONU que la situación se estaba deteriorando en el país africano y apuntó que “el Gobierno no ha puesto en marcha aún ningún plan para restablecer un sistema pluralista y democrático, habiéndose producido, por el contrario, arrestos y juicios por motivos políticos”. Según el jurista, la prohibición de que tres medios de prensa españoles circularan en Guinea “atenta directamente contra el derecho de estar informado de lo que pasa en el mundo y constituye una medida retrógrada”.

Casi coincidiendo con la prohibición de la difusión de los medios españoles en Guinea, el presidente Obiang acusó a las principales autoridades financieras del país de malversación de fondos y de “pretender dar un golpe de estado económico”, en un acto celebrado en el palacio Tres de Agosto, ante la mayoría de los funcionarios del Estado. La intervención de Obiang Nguema se produjo en un momento económico y social extremadamente delicado, que el propio jefe de Estado guineano calificó de “deplorable y caótico”, a la vez que admitía “estar atravesando dificultades de todo orden”, informaba el corresponsal de la Agencia EFE desde Malabo.

Según Obiang, los principales responsables eran el gobernador del Banco de Crédito, Patricio Eka, el secretario técnico de Hacienda y Comercio, Baltasar Ovono, y su adjunto, Feliciano Oyono. Obiang regañó en público a estos funcionarios, que estaban aguantando el chaparrón con semblante demudado, y les acusó de tener cuentas en el exterior y de intentar hundir al país manejando el dinero a su antojo. La realidad es que había aumentado el malestar popular por la carencia de los productos de primera necesidad y la moneda, que seguía sin tener una convertibilidad internacional, se depreciaba cada ves más.

El mandatario, dando una lección de cinismo político, afirmó que el dinero concedido como ayuda a Guinea por el FMI y España -mas de 28 millones da dólares, dijo Obiang- “ha sido manejado de una manera abusiva y se ha estafado al pueblo de Guinea Ecuatorial, cuando se trataba de una ayuda destinada a elevar el nivel de vida de la población”. Obiang reconocía que “de ese dinero ya no queda nada, y el país tiene este momento un déficit en su balanza de pagos. Carecemos de todo, y me pregunto dónde se han invertido todos esos millones”. Parecía una representación teatral, pues todo el mundo sabe en Guinea que Obiang y su entorno mas próximo controlan fácilmente los asuntos económicos y se aprovechan de esas ayudas dando ejemplo de corrupción institucionalizada.

“Dios sabe qué ha hecho Teodoro y su gente con el dinero que han recibido del Gobierno español”, comentó en Madrid Adolfo Obiang, presidente del FRELIGE.

El  presidente  guineano  utilizó  aquella  situación para escribir  una carta al rey Juan Carlos y pedirle ayuda inmediata. Obiang  quería  entrevistarse con el monarca lo  antes  posible, porque  pensaba  que  le  correspondía  hablar  con  la   primera autoridad española.

Obiang aprovechó también aquella regañina para introducir algunos cambios en su equipo económico, que en realidad contradecían las declaraciones realizadas en favor de una liberalización de la economía. La tendencia era a aumentar el control estatal, seguramente más por una cuestión de acaparamiento personal de áreas de poder que por seguir un plan determinado y elaborado con detalle. El grupo de Mongomo, aunque era claramente responsable del caos económico, quedó fortalecido en aquella reestructuración, sobre todo los elementos más duros y prosoviéticos. De los nueve altos cargos nombrados en aquella ocasión, cinco eran de Mongomo y Carmelo Owono, nuevo comisario de la  Presidencia,   e  Isidoro  Eyí,  designado  comisario  de Información y Turismo sin abandonar la Dirección General de seguridad, formados en la URSS, así como Ricardo Eló, el censor oficial. Los funcionarios acusados de malversación fueron apartadas de sus cargos y algunos se retiraron a su pueblo, sin que se les exigieran responsabilidades. Obiang simplemente les recomendó a todos los altos cargos que realizaran “una reflexión profunda” sobre la situación, y los problemas que tenía Guinea.

Carlos Mendo aseguraba, a mediados de septiembre, que la situación era mejor que al final de la dictadura de Macías, pero “las metas estén todavía muy lejos de alcanzarse”. Para el enviada especial de El País, “la principal dificultad, el problema básico, reside en la resistencia de las autoridades guineanas en llevar a cabo totalmente el plan de estabilización, recomendado por España y el FMI, para conseguir el equilibrio económico”.

Mendo había observado en el discurso de Obiang, pronunciada con motivo de los últimos nombramientos, “la debilidad del jefe del Estado para hacer frente a una situación económica que se deteriora por momentos y que puede tener consecuencias imprevisibles” y aseguraba” que “la incapacidad de Obiang para hacer frente a estos problemas no hace sino dar la razón a aquellos que pronosticaban grandes males ante la adopción del sistema de economía de mercado y que pretenden volver a la estatalización total de la economía”. Otra cuestión que denunció el mismo presidente guineano fueron los desmanes y atropellos que cometían las policías y militares, preocupado por la mala imagen del país ante los ataques que sufrían los extranjeros, incluidos los diplomáticos acreditados en Guinea.

“La vida diaria en Malabo transcurre entre la desidia, la ineficacia y la desorganización más absoluta”, decía el veterano periodista, tras sufrir apagones de varios días e interrupciones larguísimas de las comunicaciones. “Los escasos comercios abiertos al público están totalmente desabastecidos y sólo exhiben algunas prendas de vestir, impresentables, procedentes de Corea del Norte, con unos precios que hacen parecer baratos a los de la Quinta Avenida neoyorquina”, añadía Carlos Mendo para quien era “difícil encontrar un paralelo de miseria, de podredumbre, de falta de higiene y salubridad en alguna parte del mundo” como la que vio en New Ville, barrio de Malabo.

En aquel momento se celebraron unas elecciones para consejeros de poblado, por supuesto sin que se permitiera la celebración de campañas electorales o el juego de partidos políticos. Carlos Mendo se mostraba escéptico ante el proceso política y aseguraba que contrastaba la tendencia prosoviética de los miembros del Gobierno con el sentimiento proespañol de la mayoría de la población. Entre sus duros juicios sobre la situación, aseguraba que Guinea “carece de todo lo indispensable para subsistir, merced al continuo saqueo a que está sometida su economía por parte de sus responsables. La corrupción está extendida a todos los niveles y afecta a la vida normal de los habitantes del país”.

Las críticas llovían sobre el régimen guineano. Ya no eran sólo las voces de la oposición o los periódicos españoles. A primeros de septiembre, la revista “Jeune Afrique” afirma que “la gran esperanza surgida tras la caída de  Francisco Macías Nguema, se ha disipado ante la incapacidad del nuevo régimen de levantar la economía de un país exhausto, sin hablar de la negativa a restablecer una suerte de libertades democráticas”. El semanario también reconocía que la situación había cambiado y que el nuevo régimen no era tan sanguinario y disparatado como el anterior, pero anotaba que estaba muy lejos de lo que habían imaginado los más pesimistas dos años antes. Después denunciaba el reparto del poder entre los miembros del clan esangui y citaba el informe de un experto de la FAO, publicado unos meses antes, que afirmaba que dos tercios de la población sólo comían carne una vez al mes y toda ella sufría una gran mal nutrición. También decía que ni la ayuda española, ni la de otros países y organismos internacionales, ni los casi 400 cooperantes españoles destinados en Guinea habían podido iniciar una recuperación seria del país.

“La vida transcurre como si el país estuviera atrapado en una suerte de letargo, a la espera de un milagro: el probable descubrimiento de recursos petroleros que permita a Guinea, entre otras cosas, adherirse a la Unión Aduanera y Económica de África Central, organismo hasta ahora reticente, y romper su aislamiento”, opinaba la mejor revista de información general sobre África y señalaba que los tres vecinos de Guinea -Camerún, Gabón y Nigeria- son grandes productoras de petróleo. Según Jeune Afrique, “Occidente ha sido el principal beneficiario de la caída del régimen anterior, en perjuicio de la URSS”, y los dos países que mas habían ganado con el cambio eran “España, que surte actualmente del 80 % de las importaciones, y Marruecos, que, tras el envió de un destacamento militar poco después del golpe de 1979, ha obtenido la anulación de un anterior reconocimiento del presidente Macías a la República Árabe Saharaui Democrática”.

La revista Interviú lanza entonces un durísimo ataque contra las autoridades guineanas y los responsables españoles de la cooperación en un reportaje titulado “Guinea; retrato en negro de un fracaso blanco”. El semanario afirmaba que se habían perdido unos seis mil millones de pesetas y denunciaba diversas situaciones, comenzando por el estado y funcionamiento de las instalaciones del aeropuerto y los abusos de su máxima autoridad, el entonces cabo Salomón. En aquel tiempo todavía se carecía de ayudas a la navegación aérea, la pista estaba deteriorada y faltaban raquetas en los dos extremos, que obligaban a los aviones de Iberia, especialmente al gigantesco DC-10, a realizar un apurado giro sobre su eje, con el peligro de salirse del asfalto. Tampoco había mejorado la red viaria guineana, ni la hostelería y reinaba el caos más absoluto en la sanidad.

Según Interviú, “al final los grandes negocios serán para los norteamericanos, para los españoles sinvergüenzas parapetados en el sucio tráfico de las influencias y para los franceses, que están ojo avizor desde los vecinos Gabón y Camerún”. El semanario lamentaba que las autoridades españolas apenas controlaran la utilización de las ayudas y que no se recibieran contrapartidas, “por unos intereses políticos de turbia inspiración y por una gestión diplomática que hace de Guinea Ecuatorial un caso impresentable”, en alusión a la actuación de José Luis Graullera, a quien criticaban con dureza.

http://www.asodegue.org/hdojmc27.htm