Testimonio de un profesional romano detenido y encarcelado en Guinea Ecuatorial, donde se encuentra el ingeniero pisano Fulgencio Obiang Esono. Danilo Renzulli. Il Tirreno

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Danilo Renzulli
06 DE SEPTIEMBRE DE 2019

“Si encuentran alguna prueba contra Fulgencio, puede que no haya salida.” Afirma  Fabio Galassi, un romano de 65 años detenido en 2015 en Guinea Ecuatorial junto con su hijo Filippo, de 28 años, por presuntos delitos fiscales y puesto en libertad tres años más tarde por razones de salud. Más de treinta meses de detención en la prisión de Bata, incluyendo tortura, condiciones de higiene extremas y alimentación racionada.

El mismo trato que se le habría dado a Fulgencio Obiang Esono, el ingeniero pisano de 49 años detenido desde el pasado mes de septiembre en una prisión de lo que se considera la capital política de Guinea Ecuatorial y que en los últimos meses ha sido condenado a casi 60 años de prisión por participar en un supuesto golpe de Estado que en diciembre de 2017 habria pretendido derrocar al presidente-dictador Teodoro Obiang Nguema Mbasogo.

“En Guinea, muchos prisioneros son liberados cada cinco o seis años. Una especie de indulto que no se aplica a aquellos para los que hay una mínima evidencia de delito. Esta es una de las pocas esperanzas para que Fulgencio sea liberado, pero si el gobierno y los jueces tienen una mínima prueba de los delitos presuntamente cometidos, me temo que para él no hay esperanzas de escapar de esa espantosa detención”. La voz le tiembla a veces. La historia, fluida, se interrumpe intermitentemente. Galassi parece contener sus lágrimas mientras rebobina su memoria por el teléfono.

Fabio Galassi y su hijo Filippo

Era la primavera del 2015. Junto con su hijo, regresaba a su casa de Bata al final de una estancia en Italia. No habían deshecho todavía las maletas, les faltaban varios documentos por guardar. Un regreso que para él, un ingeniero electrónico que había aterrizado en 2009 en el país de África Central para ejecutar un proyecto de una empresa italiana destinado a la automatización de los sistemas de tesorería que finalmente no resultó, junto con su hijo, marcó el comienzo de una pesadilla. “La policía irrumpió en la casa y nos arrestó”, dice. ¿Cargos? Haber querido escapar con una maleta llena de dinero, aunque en realidad en la maleta sólo había efectos personales y 6.000 euros. La policía buscó en las oficinas de la empresa del sector de la construcción para el que Galassi había empezado a trabajar como consultor (su hijo participaba en la gestión de personal). Una de las mayores empresas del país, propiedad también del mismo Teodoro Obiang. Una investigación durante la cual desaparecen los PC y los documentos. Padre e hijo pasan dos meses en la prisión de Bata antes de conocer las acusaciones: bancarrota, malversación, robo fraudulento de bienes, corrupción, fraude y lavado de dinero. Después de seis meses de juicio son condenados sin pruebas a 33 años (Fabio) y a 21 años (Filippo) de prisión. Primero encerrados en una prisión militar y, tras el supuesto golpe de Estado de diciembre de 2017, del que Fulgencio fue considerado por el régimen uno de los organizadores, trasladado a una prisión de Bata. La misma en la que el ingeniero de Pisa está encarcelado desde el pasado mes de marzo tras seis meses de detención en Black Beach, considerada la prisión más inhumana del mundo. “Dos veces por semana, los martes y los viernes, nos veíamos obligados a palear los excrementos y limpiar las alcantarillas -recuerda Galassi, señalando las condiciones extremas de las cárceles-, en el desayuno una taza de leche condensada y a veces un sándwich. A la hora de comer un plato de arroz y para los más afortunados un ala de pollo o una pata de gallo o una cola de cerdo. Para cenar, sólo arroz. El agua era escasa pese a haber un calor infernal. Durante los períodos festivos, por ejemplo en Navidad, con todo el personal de vacaciones, no se servía la comida y en caso de emergencia no había nadie dispuesto a ayudar a los prisioneros. Las torturas eran sistemáticas: los que eran sorprendidos fumando eran colgados con esposas en las rejas de las celdas y golpeados con un palo. Casi todos los días hombres y mujeres (la prisión era mixta) eran sometidos a torturas. Tenía autorización -continúa Galassi- para hacer una llamada telefónica de 30 minutos cuando lo solicitaba. Durante un año me dejaron salir de la celda con la excusa de poder llamar, pero me dejaban bajo el sol abrasador durante 2 ó 3 horas. Una pesadilla que terminó tres años más tarde con un permiso de salud concedido a Galassi para que se curara en Italia e hiciera frente a algunos problemas físicos. “La acusación de Fulgencio de haber organizado el golpe es un engaño -concluye este hombre de 65 años-, pero si encuentran un mínimo de pruebas, podría permanecer en prisión por mucho tiempo. Entre la tortura y la atrocidad”.

https://iltirreno.gelocal.it/pisa/cronaca/2019/09/07/news/la-testimonianza-choc-quel-carecre-e-un-inferno-ci-sono-stato-anche-io-1.37421590