“Señor Mandela, queda usted detenido”. Xavier Aldekoa. La Vanguardia

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, Johanesburgo. Corresponsal

La combinación de agotamiento físico y mental hizo que, aquella madrugada de invierno sudafricano, Nelson Mandela se quedara pronto dormido. Lo hizo con un mal consuelo. “Al menos —escribió en sus memorias— aquella noche del 5 de agosto de 1962 no tenía por qué preocuparme de que la policía me encontrase. Ya lo había hecho”. Horas antes, mientras dejaba atrás las aguas azul oscuro del Índico y avanzaba en un viejo Austin entre colinas verdes y valles interminables, nada hacía intuir a aquel joven activista que iba a ser la última vez en 27 años que contemplara aquella belleza natural como un hombre libre. No aprovechó demasiado el espectáculo. Como la ciudad de Durban es el principal puerto industrial de Sudáfrica y durante un largo trecho la carretera que lleva a Johannesburgo corre paralela a la vía del ferrocarril, Mandela iba pensando que aquella línea férrea era un objetivo ideal para el sabotaje. Incluso lo anotó en un pequeño cuaderno. Minutos después, su suerte y la de todo el país cambiaron para siempre. Hace 55 años, Mandela fue detenido por la policía del apartheid en la carretera R103 a la altura del pueblo de Cedara, cerca de la ciudad de Howick. Su entrada en prisión bajo la acusación de incitación a la huelga y salida ilegal del país, que se convertiría en cadena perpetua en el posterior juicio de Rivonia, significó una gran victoria momentánea para el Gobierno racista sudafricano pero el inicio de su derrota: aquel hombre que entró con 44 años en la cárcel de Robben Island, donde convivió junto a otros activistas, líderes comunitarios y políticos disidentes, saldría con 71 años como un símbolo mundial de la lucha por los derechos de la minoría negra y como un héroe listo para liderar la nueva Sudáfrica. En su autobiografía Un largo camino hacia la libertad , Mandela rememora aquellos instantes decisivos. Tras viajar clandestinamente a Durban para reunirse con Albert Lutulhi, líder del Congreso Nacional Africano, regresó a Johannesburgo por carretera junto a Cecil Williams, un director de teatro blanco y pieza notable de la lucha antiapartheid. Mandela era uno de los hombres más buscados por el régimen —se le apodaba Pimpinela Negra en alusión al elusivo protagonista de la novela de 1905 Pimpinela Escarlata — e iba vestido aquel día con un guardapolvo blanco de chófer para pasar inadvertido. Como el viaje era largo, se turnó al volante con Cecil. Desde el asiento de copiloto, justo cuando el coche pasaba entre una colina y una ladera arbolada, vio como la libertad se le escapaba de entre los dedos. “Un Ford V-8 lleno de blancos nos adelantó a toda velocidad por la derecha. Me giré instintivamente para mirar hacia atrás y vi otros dos coches llenos de hombres blancos”. Cuando el Ford les cerró el paso, “ supe que mi vida como fugitivo había llegado a su fin”. Aunque Mandela se identificó como David Motsamayi, la identidad falsa con la que viajaba, el sargento Voster sabía a quién acababa de atrapar: “Tú eres Nelson Mandela y él es Cecil Williams. ¡Quedáis detenidos!”.

Durante décadas fue un misterio quién había vendido a Mandela. Poco antes de morir, el exagente de la CIA Donald Rickard, que había trabajado de diplomático en Sudáfrica, lo desveló. Rickard aseguró que la inteligencia estadounidense filtró la información del paradero de Mandela . En Washington, preocupados por el avance del comunismo en África, veían con desconfianza la deriva comunista de aquel joven activista. También sus coqueteos con la resistencia violenta. Después de visitar varios calabozos por acciones de desobediencia, Mandela había decidido sumergirse en la clandestinidad y viajar a Argelia y Etiopía para recibir entrenamiento paramilitar y buscar apoyos a su causa. La paciencia del líder antiapartheid había dicho basta. La matanza de Shaperville en marzo de 1960, cuando la policía disparó contra una multitud de manifestantes y mató a 69 personas, le había convencido de la ineficacia de la lucha pacífica ante un gobierno cada vez más represivo. Mandela, quien ganaría el Nobel de la Paz en 1993, asumió la jefatura del brazo armado del CNA, Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación) o MK. Pero el Mandela que saldría de la cárcel poco tendría que ver con aquel joven dispuesto a realizar actos de sabotaje. Los años en prisión (Mandela se refería a Robben Island como “la universidad”, por el aprendizaje que supuso convivir con otros líderes e intelectuales presos) temperaron el carácter impulsivo de aquel abogado y moldearon su capacidad de liderazgo.

Hoy, una escultura hecha con 50 columnas de acero de entre 6 y 9,5 metros rememora el punto donde Mandela fue detenido. Es un juego visual: si se observa desde 30 metros, las columnas se unen y crean la ilusión del perfil de Madiba. Para su autor, el artista sudafricano Marco Cianfanelli, en ese lugar exacto Sudáfrica empezó a cambiar. “Es irónico porque el acto político del encarcelamiento de Mandela consolidó su estatus como un icono de la lucha, que ayudó a fermentar el oleaje de la resistencia, la solidaridad y la sublevación, provocando el cambio político y la democracia”.

http://www.lavanguardia.com/internacional/20170809/43437325506/mandela-detenido.html