“¿Qué pasa en Angola?”. Chema Caballero. Canarias3puntocero

El pasado 26 de septiembre juraba su cargo como presidente de Angola Joao Lourenço. Con esta ceremonia se ponía fin a las casi cuatro décadas de presidencia de Jose Eduardo Dos Santos, que meses antes había anunciado que no se presentaría a la reelección. Todo hacía indicar que nada iba a cambiar en el país, que continuarían las mismas políticas que se habían mantenido hasta el momento. No en vano, Dos Santos había elegido minuciosamente a su sucesor. Por eso, todos pensaban que Lourenço no pasaría de ser una marioneta, un hombre de paja, del anterior mandatario. Pero los primeros movimientos del nuevo jefe de estado han sorprendido a propios y extraños y parecen indicar que la mayoría de los analistas estaban equivocados.

Durante los últimos años, Dos Santos había colocado a su familia en posiciones de poder y de control de la riqueza de Angola. Así, su hija Isabel Dos Santos ocupaba la presidencia de Sonangol, la compañía estatal de petróleo y la mayor corporación del país. Ella había sido muy criticada por rodearse de consultores portugueses recién salidos de la universidad, al igual que abogados y asesores llegados desde el mismo país. Por su parte, su hermano, Zenu Dos Santos, estaba a cargo del Fondo Soberano de la riqueza de Angola.

Paralelamente, los casos de corrupción en los que se veía la mano del presidente o de sus círculos más cercanos estaban al orden del día e, incluso, gran parte de la población llegó a acusar a Dos Santos de falta de compasión cuando una epidemia de fiebre amarilla y malaria se propagó por la capital, Luanda, en 2016. Estos hechos explicarían por qué el ahora expresidente pasó de ser considerado el arquitecto de la paz, tras terminar con la guerra que devastó el país hasta 2002, con una aceptación y popularidad muy alta en todo el país, a un grado altísimo de impopularidad.

Como indicábamos, nada indicaba que con el cambio de presidente las cosas fueran a ser diferentes en Angola. Durante la campaña electoral, Lourenço repitió las mismas promesas que su partido, el MPLA (que lleva en el poder desde la independencia del país en 1975), hacía año tras año sin que ya nadie las creyera. Por lo que tampoco, la mayoría de la población prestó mucha atención al nuevo candidato que, además, daba la impresión de carecer de carisma.

Por eso, a todo el mundo sorprendió que 60 días después de su elección, Lourenço despedía a la, hasta ahora, todo poderosa Isabel Dos Santos junto con el resto de la junta de Sonangol, y desmantelara el control que ejercía su hermano sobre la televisión nacional, amenazando, además, muchos de sus intereses comerciales. Igualmente, cesaba a varios ministros nombrados por Dos Santos que ocupaban puestos claves en la gestión económica del país. También se ha deshecho del gobernador del Banco Central (nombrado por Dos Santos), del director de la empresa estatal de diamantes y reemplaza a los jefes de la inteligencia militar y la policía. La mayoría de estas personas habían sido nombradas en el último decreto firmado por el anterior presidente antes de abandonar el cargo y estaban blindadas por cinco años. Poco ha parecido importar al nuevo jefe de estado este detalle.

Todo esto viene acompañado de lo que parece ser el fin del férreo control que el Gobierno angoleño había ejercido sobre los medios estatales de comunicación. De repente, reaparece la libertad de prensa y de expresión en el país.

Muchos angoleños parecen desconcertados ante tanto cambio repentino y están a la espera de ver hacia dónde lleva todo esto. Se preguntan si se trata solo quitar las personas leales a Dos Santos para reemplazarlas por las fieles a Lourenço o de verdad se trata de un cambio de verdad. Como tantas otras veces hay que tener paciencia y calma para observar hacia dónde conduce este camino. Por ahora, lo único cierto es que la  popularidad del nuevo presidente se ha disparado a niveles altísimos, similares a los que su antecesor tuvo durante los primeros años después del fin de la guerra.