“Pistolas camufladas”. Capítulo 29 de La ocasión perdida. Juan María Calvo.

Capítulo 29. PISTOLAS CAMUFLADAS

La alegría y las buenas relaciones estuvieron a punto de torcerse al ocurrir un incidente grave dos semanas escasas después de la salida de Saénz de Santamaría de Malabo. Unos días antes del 12 de octubre – ya se había retrasado la visita del secretario de Estado para el Comercio- los guineanos descubrieron que unas cajas con unos rótulos que ponía “repuestos para automóviles”, dirigidas a la Embajada de España en Malabo, contenían en realidad dos docenas de pistolas.

Los guineanos se molestaron profundamente por el engaño y además surgieron rumores de todo tipo con distintas versiones sobre el destino previsto de las pistolas. Unos decían que eran para la dotación de la Policía Nacional española, tras un acuerdo por el que Obiang había permitido al general Saénz de Santamaría que los agentes españoles fueran armados por Guinea. Otros aseguraban que eran un regalo para Obiang y sus ministros y también se llegó a decir que era. una primera partida de un proyecto de armar a los policías guineanos. El hecho se silenció, y las relaciones apenas parecieron sufrir un grave deterioro en aquellas primeras semanas, pero las autoridades guineanas se sintieron engañadas. Desde aquel incidente, el cabo Salomón, responsable de seguridad del aeropuerto, ascendido a sargento, molestó mucho más a los españoles que entraban o salían de Guinea inspeccionado minuciosamente sus equipajes. Los guineanos, aunque no se atrevían a tocarlos, miraban incluso con recelo los paquetes y bolsas que llegaban a la Embajada española conceptuados como “valija diplomática”.

La festividad del 12 de octubre y el aniversario de la independencia transcurrieron con normalidad. En España había sido bien recibida la noticia del levantamiento de la prohibición para circular por el país de las revistas Cambio-16Interviú, y el periódico Diario-16. Según dijo Obiang un mes después a Xavier Domingo, enviado especial de Cambio-16, la medida se tomó porque los ataques periodísticos podían “perjudicar no solamente a la estabilidad que existe en Guinea Ecuatorial, sino a las propias relaciones, excelentes, que existen entre Guinea y España”. Obiang afirmaba que la libertad de prensa era buena para Europa, pero decía que en África era necesario “tener un tacto especial” y “velar por los intereses del pueblo guineano”.

España envió una delegación para las fiestas del 12 de octubre encabezada por Ignacio Bayón, ministro de Industria y Energía, a quien acompañaban el comisario de la Energía, Luis Magaña, y Martinez Pujalte.

El ministro aprovechó al visita a Guinea para conocer las instalaciones en las que desarrollaban su trabajo los técnicos de ADARO, en la ciudad de Bata, y los planes de HISPANOIL. Con cara de circunstancias, Bayón tuvo que presenciar un desfile surrealista, en el que tomaron parte todos los efectivas .militares que había en la isla, alrededor de un millar. También desfilaron  las  tres tanquetas donadas por los  soviéticos  unos años antes, con los motores renqueantes pero las ruedas recién pintadas de blanco, aunque algunas medio desinfladas, y un par de Land Rover militares. Detrás de las Fuerzas Armadas, comenzaron a desfilar, ante las tribunas en las que presenciaban el desfile Tedoro Obiang y Constancia, los ministros, el cuerpo diplomático y delegaciones extranjeras llegadas para aquellas celebraciones, un sinfín de escolares, funcionarios públicos, asociaciones y pueblo en general, unos con paso cansino y otros bailando ritmos africanos. Los alumnos iban con sus cuadernos en la mano y los sanitarios y médicos con bata blanca y fonendos al cuello. En un camión habían instalado una suerte de cacaotal y unos supuestos trabajadores realizaban las tareas del sulfatado, preparación de los árboles o recogida del cacao.

“Hemos dado, y seguiremos dando, un trato preferencial a España”, dijo Teodoro Obiang. En un discurso, con motivo del decimotercer aniversario de la independencia, el militar aseguró que “por vínculos históricos, lingüísticos y culturales, Guinea Ecuatorial se siente ligada a España” y dijo que su país era “el Benjamín de la estirpe hispánica de naciones”. Por aquel entonces, Obiang prometía medidas de liberalización política “con participación de todos los que se sienten solidarios con este pueblo”. Unos días después Obiang manifestó que “cueste lo que cueste, mantendré la decisión de conducir al pueblo guineano hacia la democracia, sin prisas y sin presiones y en base a los propios valores del pueblo”.

Aquella semana estuvo cargada de actos en los que España tenía una presencia destacada. Se clausuró un curso de subinspectores de policía en el que Obiang aprovechó para agradecer la ayuda española y expresó su satisfacción por el nuevo que rumbo que, dijo, había tomado la relación entre los dos países. En ese momento, Obiang afirmaba que la cooperación hispano-guineana “cumple perfectamente las metas trazadas por las autoridades de nuestras dos naciones en el sentido de hacerla más eficaz y pragmática”. A juicio del militar, “el Gobierno español comprende ya los verdaderos problemas de Guinea Ecuatorial”. Durante esos días se inauguró un centro de confección industrial —que tuvo una vida efímera-, una granja experimental avícola y se procedió a colocar la primera piedra de un centro de formación profesional acelerada. Además, llegó a Guinea un barco con alimentos (sobre todo con pescado seco, arroz, tomate en lata, azúcar, leche condensada y sardinas en lata), valorados en 55 millones de pesetas, para ser repartidos entre la población. Muchas de estas realizaciones se debían todavía a iniciativas de Graullera, aunque otros se llevaban los honores.

Entre todos estos actos destacó la inauguración de una importante exposición de pintura y escultura con un centenar de obras de los mejores artistas plásticos de España e Iberoamérica, muestra de las cuatrocientas piezas reunidas gracias a los esfuerzos del escultor guineano Leandro Mbomío, exiliado hasta entonces en España. La exposición se realizó en el patio de lo que mas tarde sería Centro Cultural Hispano-guineano, en ese momento todavía la deteriorada Biblioteca Nacional de Guinea Ecuatorial. El curioso edificio, situado en la avenida que corre paralela a la bahía, se construyó durante la época de la colonia para  albergar  allí  el Instituto de  enseñanza  media Cardenal Cisneros. Mbomío luchó durante varios meses para lograr que artistas de la fama de Miró, Tapies o Viola le entregaran una de sus obras para crear el museo de arte contemporáneo de Guinea Ecuatorial. Había incluso un grabado de Picasso.

El museólogo enviado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana para montar la exposición y preparar  el lugar donde luego debía instalarse definitivamente la colección, el Palacio de África de Bata, pasó unos días de angustia en Guinea, viendo cómo se deterioraban las obras de arte. Martín Bartolomé se desesperó, primero, al ver cómo descargaban los cuadros y esculturas de un barco en el puerto de Malabo. Las grúas dejaban caer las obras desde alturas considerables, a pesar de que en las cajas estaba señalado que se trataba de objetos frágiles. Muchos de los cuadros sufrieron daños irreparables durante aquellos días y al ser trasladados a Bata» Otros fueron deteriorándose poco a poco debido a la elevada temperatura y, sobre todo, a una humedad superior al 90 %.

Resultaba chocante y extraño visitar aquella exposición, con obras de indudable calidad, en un polvoriento edificio en proceso de remodelación, con el fondo del Océano Atlántico ecuatorial y en medio de la pobreza que se vivía en Guinea. Las obras que arte que superaron aquellas pruebas y resistieron los malos tratos quedaron instaladas luego en el Palacio de África, el edificio modernista construido por los franceses para Macías en las afueras de Bata, un lugar de acceso prohibido para los guineanos o para extranjeros que no tengan un permiso especial. Debe de ser el único museo de arte del mundo con acceso prohibido al público, pues allí sólo pueden ir el presidente Obiang o los jefes de Estado que visiten Guinea. A Leandro Mbomío le sirvió aquello para ser nombrado ministro unas semanas después.

En aquel período rosa de las relaciones hispano-guineanas, apenas perturbadas por el asunto de las pistolas sobre el que por ambas partes se echó tierra, Obiang Nguema asistió a la ceremonia de fundación de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) en Guinea Ecuatorial, “un acto fundamental para la cultura hispánica de nuestro país”. El mandatario se deshizo en elogios y palabras de agradecimiento hacia España y señaló que la creación de aquella universidad, posible embrión de un centro de estudios superiores en Guinea Ecuatorial, serviría para elevar el nivel cultural de la población, para que estudiaran personas que no podían salir de Guinea y para “potenciar” el uso del español “en el único país africano que utiliza esta lengua”» En aquel acto, el profesor Constantino Ochaga explicó que la “guineaneidad es el resultado de la simbiosis entre las tribus africanas que habitaban en estos territorios y la cultura hispánica”.

Aunque la ceremonia de inauguración se realizó en octubre de Í981, casi medio centenar de guineanos habían iniciado estudios en la UNED a mediados del curso anterior. Entre los miembros de aquella primera promoción de estudiantes universitarios guineanos se contaba el mismo Teodoro Obiang, matriculada en primero de derecho. También se podían cursar las carreras de filología, económicas y ciencias químicas.

Obiang prodigaba sus alabanzas a la tarea de España, como si de pronto toda la actividad de los cooperantes y expertos españoles  estuviera  bien  planeada y mejor ejecutada.  En  una visita que hizo al Ministerio de Información y Turismo no dudó en entrar y conocer la oficina de la Agencia EFE, instalada en los bajos del centro oficial. El mandatario, asombrado por el cuidado y limpieza que vio en la oficina de la agencia de noticias, contrastando con la dejadez, abandono y suciedad del Ministerio, regañó con energía a los funcionarios responsables. Jesús Fonseca organizó las trabajos de EFE en Guinea e instaló una oficina modesta, pero muy útil, que se convirtió en el único medio informativo no guineano con representación permanente en Guinea, canal de información hacia el exterior y también vehículo para que el periódico Ébano, la Radio guineana y la televisión pudieran recibir noticias de España y del mundo, servicio que se entregaba gratuitamente a cambio de la cesión indefinida de los bajos del Ministerio de Información.

La televisión guineana funcionaba gracias a los esfuerzos de una docena de técnicos españoles que llevaban el peso de la organización de la programación y mantenimiento de los equipos técnicos necesarios para que se viera en la isla de Bioco y en Río Muni, aunque en la inmensa mayoría del país seguía sin haber electricidad. Mantener la televisión guineana era un capricho de Obiang que costó mucho dinero a España.

El 23 de octubre viajaron a Madrid 98 guineanos, en su mayoría policías o militares, para recibir el entrenamiento necesario que les permitiera convertirse en el “Grupo Especial de Seguridad de la Presidencia” (GESP), en clara similitud con los GEO españoles. Los guineanos, acompañadas por tres oficiales que simultáneamente seguirían cursos de Estado Mayor y otros 19 estudiantes becados para realizar diversas carreras universitarias, se desplazaron a España en uno de los dos DC-8 de la Fuerza Aérea utilizados habitualmente para el traslado del jefe del Estado o del Gobierno español. Al frente del grupo de guineanos iba Armengol, el hermano del presidente Obiang, siempre en posiciones aparentemente un tanto relegadas, pero celoso responsable de cuestiones tan importantes como la seguridad del jefe del Estado. En ocasiones, también actuaba como enviado de confianza de su hermano para entrevistarse con gobernantes de otros países.

El equipo militar español destacado en Guinea, mandado por el teniente coronel Jaime Ríos, había dado más seriedad a sus enseñanzas y cursos que impartían para los oficiales guineanos. Incluso alguno de los comisarios militares acudían a las clases que dirigían la decena de oficiales y suboficiales españoles destinados en Guinea, la mayoría capitanes. La Policía Nacional seguía al mando del comandante Arjona. Por otra parte, llegaron uniformes españoles para los soldados guineanos, todavía armados con inservibles mosquetones de la época de la colonia o algunos “Kalasnikov” vendidos por la URSS a Macías.

Obiang resaltó a Xavier Domingo las similitudes de cultura y carácter entre los españoles y los guineanos, en un momento en que se mostraba optimista ante el futuro de la cooperación bilateral y aseguraba que “reina la mayor confianza entre guineanos y españoles”. El militar se deshacía en elogios hacia el Rey de España y afirmaba que se guardaban “una amistad sincera”. El presidente guineano decía en la entrevista que concedió  al periodista de Cambio-16 que “he encontrado en el Rey la amistad de una persona sensible, de una persona comprensiva, lo que ha producido en mi un afecto especial por su persona”. El guineano decía que sentía una “profunda amistad” por el Rey Juan Carlos “igual que Su Majestad, creo, me aprecia a mí. Estamos profundamente identificados”.

Se esperaba con enorme interés la visita de Hidalgo de la Quintana, que debía impulsar la segunda parte del plan español de reorganización de la cooperación, una ves alcanzados los acuerdos en el área de seguridad y defensa. El secretario de Estado de Comercio tenía encomendada la puesta en marcha de la estructura financiera guineana, el respaldo del ekuele por la peseta y la elaboración del presupuesto nacional guineano. Para todo esto, España exigía el nombramiento de asesores con capacidad ejecutiva. situados especialmente en la Aduana, en el Banco Central y en el Ministerio de Hacienda. Aquel año el presidente guineano no viajó a la cumbre de jefes de estado africanos que organiza Francia, pero estuvo representado por el vicepresidente Florencio Mayé Elá.

Mientras los funcionarios guineanos preparaban la visita de Hidalgo de la Quintana, un nuevo hecho ensombreció las relaciones hispano-guineanas. Debido al mal estado en que llegaban muchos alimentos regalados por España, o vendidos por los comerciantes españoles, a mediados de noviembre las autoridades guineanas decidieron que un funcionario del Ministerio de Sanidad inspeccionase los alimentos para “evitar la entrada de productos perniciosos para la salud pública”. Lo lamentable fue que en lugar de señalar que se hacía por la baja calidad de los alimentos que ingresaban en Guinea, se dijo que era “por la gran cantidad de víctimas que ha causado en España el consumo de los aceites comestibles mezclados con aceite de colza desnaturalizado”. Tenía poco sentido inspeccionar, por ejemplo, el estado de los huevos peninsulares debido al envenenamiento a causa del aceite adulterado. También se establecerían controles para las carnes, conservas, frutas, verduras, lácteos, vinos, bebidas espumosas y alcohólicas.

La medida era inviable debido a la falta de medios para inspeccionar los alimentos que entraban en el país africano, por lo que en Guinea se valoró aquello como una provocación y como una prueba de fuerza ante las negociaciones económicas con los españoles, que se esperaban muy duras.

El embajador de España en Malabo, Fernández Tréllez, comunicó al Gobierno guineano que, puesto que los alimentos españoles podían estar en mal estado, desde ese momento se prohibía a los ministros y altos funcionarios comprar en el supermercado Cabsáfrica, de la cooperación española. Los guineanos tuvieron que retroceder y anular el decreto anterior, para poder seguir comprando en el supermercado español, donde el suministro era, muy irregular, pero siempre había algo, a diferencia de lo que ocurría en los desabastecidos mercados públicos y, además, los ministros y la Presidencia podían comprar a cuenta y algunas facturas se perdían para siempre. Lo único que no faltaba nunca en Cabsáfrica eran los cartones de tabaco o las bebidas alcohólicas. También abundaban las latas de fabada. “Te invito a comer fabada”, bromeaban los españoles cuando el calor agobiaba más de lo normal.

Después se dijo que la medida guineana fue tomada por el Ministerio Sanidad, sin consultar con el presidente Obiang, cosa muy difícil de creer en un lugar donde la centralización del poder es muy grande.

Aunque, según Obiang, la visita de la delegación económica iba a ser “el momento cumbre” de las relaciones entre España y Guinea, en vísperas de su llegada se produjo un nuevo golpe de los sectores más antiespañoles, encabezados par Isidoro Eyí. Fue la dimisión y fuga por las fronteras terrestres de Río Muni de Severo Moto, hasta entonces el capaz secretario técnico del Ministerio de Información y Turismo y hoy destacada dirigente de la oposición guineana, sin duda el mejor periodista del país africano junta con Donato Ndongo. A Severo Moto le hizo la vida imposible su comisario militar, el siniestro Eyí, persona retraída que oculta su pequeño cuerpo tras unas enormes gafas que se quita y se pone sin parar, obsesionado por el espionaje que podían hacer los blancos y las cuestiones de seguridad. Cuando camina, siempre lleva en sus manos un radio-teléfono, que no suele tener pilas. También “empujó” a Moto para que se fuera del país Ricardo Eló, entonces censor oficial y luego castigado con un puesto de segunda categoría en la Embajada guineana en Bangui, capital de la República Centroafricana.

Se vivieron momentos de tensión en el Gobierno guineano en aquellos días. Los miembros más ancianos del clan de Mongomo impusieron el criterio, en una agria y trascendental reunión, de optar por la alternativa española, sólo una semana antes de la llegada de la delegación económica.

Finalmente, el 17 de noviembre llegó a Malabo la delegación española que debía exponer al Gobierno guineano el plan trazado para el desarrollo económico y financiero del país africano, presidida por el secretario de Estado de Comercio, Agustín Hidalgo de la Quintana, y formada por el subdirector de Política Comercial, la subdirectora general de exportación, el director de estudios del Banco da España, Luis Alcaide, y el director de la OCGE, Martínez Pujalte. El objetivo de esta visita era sentar las bases del acuerdo económico que permitiera el desarrollo guineano, de forma parecida a lo que había hecho el general Saénz de Santamaría dos meses antes con el área militar. De todas formas, el único hecho importante que se había producido en relación con la Defensa y Seguridad fue el envío a España de la primera unidad de guineanos para recibir formación.

“España tiene una fe absoluta en que Guinea Ecuatorial puede llegar a convertirse en un país autosuficiente con una explotación correcta de sus recursos, saneando la balanza de pagos, y empezar a adquirir niveles de tecnología media”, dijo Hidalgo de la Quintana al llegar a Malabo. España pretendía exigir el control completo y sin interferencias del comercio exterior e interior, incluida la Aduana, elaborar el presupuesto y el control monetario desde el Banco Central de Guinea, situando a funcionarios españoles en puestos claves de la economía guineana con capacidad ejecutiva. A cambio, se comprometía a dar un respalda económico a Guinea Ecuatorial, incluido el apoyo de la peseta al ekuele, y a levantar la economía de su antigua colonia africana con una ayuda material y humana de gran cuantía y  complejidad»  España  estaba también dispuesta a conceder  una moratoria  a la deuda de Guinea,  que ya superaba los cuatro  mil millones de pesetas.

Las conversaciones fueron muy tensas, pues la delegación española tenía instrucciones de no ceder en nada y las autoridades guineanas se resistían en entregarse en manos de los españoles. Decían que aquello sería perder su soberanía. Sin embargo, se firmó un acuerdo final, en la madrugada del sábado 21 de noviembre, unos minutos antes del regreso de la delegación española a Madrid. La mayoría de las autoridades guineanas se mostraban partidarias de aceptar el plan español, entre otras cosas porque entonces no se veía otra salida a los problemas, pero nadie quería ser la cabeza visible que apareciera como quien entregó el país de nuevo a los españoles. A pesar de todo, con la firma de los acuerdos quedaba, en teoría, limpio el camino de la cooperación entre España y Guinea. Todo el plan debía rubricarse y recibir un impulso definitivo con una visita de Obiang a España o del presidente español, Calvo Sotelo, a Guinea.

Durante la estancia de Hidalgo de la Quintana en Malabo apareció en El País la información de que Hispanoil iba a empezar en enero a perforar en las cuadrículas concedidas por Guinea a la empresa GEPSA, al norte de la isla de Bioco. Esas concesiones habían provocado “cierta polémica entre las multinacionales del sector, especialmente las francesas, que se quejaban de los derechos preferenciales que puede recibir en el futuro la compañía mixta GEPSA”, decía el diario madrileño. Hispanoil había contratado una plataforma que debía empezar a trabajar en enero para analizar las posibilidades de la zona, que se esperaban fueran altas por estar próximos los pozos de Camerún y Nigeria. Según la misma información, las compañías norteamericanas Mobil, Gulf y Texaco y las francesas CFP-Total y Elf Aquitanie habian luchado para obtener concesiones en la zona costera de la isla y de Río Muni, sin ningún éxito.

“El hecho de que la primera concesión fuera para GEPSA, en unas condiciones que algunas multinacionales consideraban beneficiosas, ha provocado cierta tensión en el mundo internacional de la exploración”, decía el diario que aseguraba estaba prevista la concesión de otros derechos a diversas empresas. Reinaba un ambiente de gran optimismo entre los directivos de Hispanoil, quienes esperaban que algunas zonas quedaran reservadas en exclusiva para el Estado, lo que significaba que sólo GEPSA podría acceder a ellas. En virtud de aquella primera licencia, Hispanoil se había comprometido a invertir unos 2.500 millones de pesetas (24,5 millones de dólares) en tres años, pero, si se descubría petróleo, los beneficios se repartirían entre el Estado guineano y la empresa estatal española.

La revista Jeune Afrique informaba de la “firme posición española” en relación con el reparto de concesiones petroleras en Guinea, aunque aseguraba que once compañías norteamericanas y dos francesas estaban al acecho para obtener algunos beneficios. El semanario resaltaba la riqueza de la zona concedida a Hispanoil, el optimismo da los españoles “y su prudencia por los posibles conflictos fronterizos con Nigeria y Camerún que han motivado la decisión de enviar dos navíos de guerra para proteger la plataforma instalada por GEPSA”.  Esto nunca llegó a  realizarse, pero es curioso que los medios francófonos insistieran en la posibilidad, Guinea esperaba también aprovechar el interés galo por esta zona, pues entonces se pensaba que Francia podría adquirir un tercio de sus necesidades petroleras de pozos situados en Nigeria, Guinea Ecuatorial, Camerún, Gabón, Congo, Angola y Costa de Marfil, aseguraba Jeune Afrique.

Tras la visita de la delegación económica española comenzaron unos días de inusitado movimiento en Malabo, realmente una gran concentración de acontecimientos en un lugar donde habitualmente no ocurría casi nada de importancia. El mismo día que la delegación española salía de Guinea, Alan Mortimer, primer embajador de Estados Unidos residente en Guinea Ecuatorial, presentó cartas credencial al presidente Obiang Nguema. El diplomático aseguró que las relaciones entre los dos países tenían que fortalecerse y se mostró dispuesto “a invitar a inversores norteamericanos, hombres de negocios e instituciones privadas a participar en el desarrolla de Guinea”. Los guineanos se daban codazos de complicidad pensando que ya se habían solucionado sus problemas y que terminaba definitivamente la época del pescado seco entregado por los soviéticos para pasar a recibir las dones del amigo americano.

Muchos pensaron en Malabo que no era una coincidencia el hecho de que el representante norteamericano hubiera presentado sus cartas credenciales una vez que parecía haber quedado claro el control de España en la Defensa y la Economía.

Cuatro días después inició una visita a Guinea el presidente de Camerún, Amadú Aiyo, acompañado por un séquito de medio centenar de personas en el que estaban incluidos varios ministros. En dos años largos desde la caída de Macías tan sólo habían llegado a Guinea los Reyes de España, en dos ocasiones, y el presidente de Gabón, Omar Bongo, en un viaje relámpago.

La visita del legendario presidente carnerunés, uno de los padres del movimiento de liberación africano que logró la independencia de varios países en torno al inicio de los años 60, tuvo un comienzo muy azaroso, con un retraso de siete horas. Los embajadores acreditados en Malabo tuvieron que esperar largas horas en el aeropuerto, por la deficiente información que les suministraban los servicios de Presidencia sobre el atraso de Aiyo, debido a una densa nube de “harmatan”, el polvo del desierto del Sahel que suele ensombrecer el cielo guineano en los meses de noviembre, octubre y diciembre como si fuera una espesa niebla. Los diplomáticos estaban mareados por el calor y el retumbar de los tambores y los gritos de los grupos folklóricos que habían sido llevados al aeropuerto para dar la bienvenida al mandatario carnerunés. Los escolares de Malabo pasaron todo el día en las aceras del trayecto por el que debía pasar Aiyo. Cuando llegó el huésped, las banderas de Guinea y Camerún que debían agitar los niños a su paso estaban ya casi deshechas. La visita era tan importante para las autoridades guineanas que decidieron declarar tres días de fiesta oficial.

Aquella visita sirvió para diseñar un plan de cooperación bilateral, más formal que real, y se firmaron algunos acuerdos en materia de pesca, agricultura; y ganadería, tras superar ciertas dificultadas de última hora que motivaron un atraso de dos horas en la salida del presidente Aiyo y que los textos de los acuerdos quedaran, en secreto. El objetivo de los cameruneses era ejercer cierto control sobre Guinea. Aiyo se movía y actuaba como un padre que no desea dar demasiada libertad a su hijo ya independiente. Entre los consejos que no cesaba de impartir, insistió mucho en la necesidad de mantener la unidad nacional por encima de los enfrentamientos étnicos y potenciar un desarrollo armónico, basado en la agricultura.

La cuestión clave que preocupaba a las dos partes eran los recursos petroleros. Guinea se disponía a iniciar prospecciones al norte de la isla de Bioco, casi en el límite de sus aguas jurisdiccionales con Nigeria y Camerún, en realidad para estudiar sus posibilidades de acceder a la misma bolsa del golfo de Guinea o de Biafra que ya explotaban los otros dos países.

Un último hecho sirvió para que aumentara el optimismo que todavía, y a pesar de todo, sentían los españoles en Guinea por aquellas fechas. El ministro de Agricultura de Nigeria, Olu Awotetesu, firmó en Malabo un acuerdo pesquero con el Gobierno guineano y dijo que era un paso muy importante en la normalización de relaciones entre los dos países, aunque señaló que “la herida causada en el pasado fue muy profunda”. Nigeria no olvidaba la humillación sufrida en el tiempo de Macías, cuando los braceros biafreños fueron expulsados como ratas. Esta relación era vital para algunos empresarios españoles que intentaban poner en funcionamiento los cacaotales, siempre faltos de mano de obra por la pertinaz obstinación de los guineanos a no trabajar en esas tareas. Aquel año había sido muy favorable, desde el punto de vista climatológico, para el cultivo del cacao, pero los frutos se estaban pudriendo en los árboles por falta de mano de obra. Se comentaba que de nuevo podrían volver a contratarse a los duros y resistentes braceros nigerianos, sobre todo si el ekuele tenía una convertibilidad y España asumía la seguridad y defensa de Guinea.

La cooperación española daba sus frutos en algunas áreas que podían ser consideradas como menores, pero que no dejaban de ser importantes y, además, servían para ir dando un ambiente de normalidad en Guinea. Por ejemplo, ya funcionaba el restaurante Miramar, donde se ofrecía una comida aceptable para los extranjeros, cocinada y servida por guineanos bajo la dirección de expertos españoles del Ministerio de Trabajo, que llenaba el hueco de la falta de un local de este tipo en Malabo y formaban a los nativos. De los cursos de mecánica, carpintería, electricidad y fontanería salían ya los primeros diplomados y se ampliaban las instalaciones para enseñar diversas especialidades de formación profesional, todo ello coordinado por el entusiasta Víctor Herrera, un eficaz cooperante del Ministerio de Trabajo.

http://www.asodegue.org/hdojmc29.htm