“No es lo mismo”. Lucia Mbomio. Mundo Negro

Me ha pasado muchas veces que tras intervenir en charlas sobre racismo, alguna persona blanca se ha acercado a decirme que sabe de lo que hablo puesto que ha estado en África y lo ha sentido en sus propias carnes. Se trata de una mezcla de defensa de España –«que no es el único lugar racista»– con una pretendida camaradería. Sin embargo, no es igual. Como mestiza, hija de ecuatoguineano y española, negra o no blanca en Europa, y blanca o no negra en África, he podido ser la otra en los dos lugares, así que trataré de explicar por qué no es lo mismo.

De entrada, el poder reside en Occidente y las motivaciones que llevan a unos u otros a visitar los continentes ajenos, en términos generales, pueden no tener nada que ver, o ser idénticas, pero no siempre se ve así.

Se suele pensar que los europeos van a África únicamente a hacer turismo o a «ayudar», aunque solo estén ahí un par de semanas, pintando las paredes de un orfanato, de una escuela o un dispensario, por poner un ejemplo. A su regreso, en opinión de muchos, habrán librado grandes batallas y cambiado el mundo y, por tanto, serán merecedores del título de héroes. Pero…, ¿qué hay de todas las personas que van a trabajar como periodistas, arquitectas, albañiles o químicas, ya sea como freelance, en multinacionales o en cualquier tipo de empresa del país de turno, que también las hay? Que son invisibles.

Ahí se genera uno de los contrafuertes de representación asimétrica habitual con respecto a lo que sucede en las dos orillas del Estrecho, y que se mantiene firme, sosteniendo con comodidad los prejuicios de uno y otro lado. Se entiende que los del Sur vienen a Europa a saquear la comodidad norteña, mientras que los del Norte viajan a África a echar una mano, a transformar las cosas, porque tienen corazones tan enormes que no les caben en el pecho. Inmigrantes versus expatriados –cooperantes, empresarios o desesperados–, un clásico.

Sin embargo, si bien es cierto que hay quien se ha trasladado por un espíritu intrépido y pretendidamente solidario, la necesidad también se ha convertido en un motor del flujo Norte-Sur a lo largo de la historia. He visto a un montón de damnificados por la crisis del ladrillo paseando por las calles de Malabo, la capital de Guinea Ecuatorial. Tuvieron que dejar España por necesidad, arruinados e incapaces de afrontar pagos. Ahora bien, nada más pisar suelo africano les creyeron ricos.

Porque sí, en la mayor parte del continente africano, tener la piel clara supone que piensen que estás forrada. Por eso, cuando la policía para a los europeos que conducen un 4×4 no lo hacen porque los odien, sino porque los consideran prósperos y prueban a ver si consiguen sacarles algo. Aquí sorprende si un negro lleva un cochazo, y si le dan el alto es porque los agentes pueden llegar a creer que lo ha robado. Es broma. O no. Lo que, desde luego, no se les (nos) infiere son las características que se aducen a las personas blancas cuando andan por el Sur: conocimientos, profesionalidad y, si me apuran, infalibilidad. Todavía hoy, hay quien confía más en lo que dice una persona blanca por considerarla superior y eso, llevado a lo sistémico, se traduce en unos currículos escolares que adolecen de africanidad y en los que se continúa leyendo a Góngora, lo cual está muy bien, pero no a las grandes plumas del continente, o que siguen diciendo que el español es lengua y el fang o el bubi, dialectos. Hasta la belleza se invierte con solo cambiar de contexto. ¡Cuántos hombres blancos creen que coger un avión al Sur les ha vuelto guapos por su éxito súbito!
¿Lo ven ahora? No, no es lo mismo.

No es lo mismo