Nigeria, el día de las elecciones

Marzo 27, 2015 – 20:38 NIGERIA
ANUNCIAN RECONQUISTA DE LA “CAPITAL” DE BOKO HARAM EN LA VÍSPERA DE LAS ELECCIONES
Enfoque Otros contenidos
“Están hablando de eso en todos los canales de televisión y las radios, precisamente en la víspera de las elecciones”, ha manifestado a MISNA el padre Alex Shukau desde el norte de Nigeria, después de que el ejército anunciara la reconquista de la capital del “Califato” proclamado en agosto por Boko Haram.

 

Según la versión oficial, en el ataque contra Gwoza fueron asesinados o capturados “muchos” militantes del grupo islamista: “Estamos limpiando la ciudad y sus alrededores por completo”. La ciudad, que se encuentra en el estado de Borno, en el área de los montes Mandara, había sido ocupada por Boko Haram en junio del año pasado. Semanas atrás varias fuentes habían informado que el grupo islamista se había replegado sobre Gwoza, después de que el ejército nigeriano y contingentes chadianos y nigerinos que lo apoyan recuperaran varias localidades.

 

Por otra parte, la caída de Gwoza ha sido anunciada en un momento particular. Mañana en Nigeria habrá elecciones presidenciales y legislativas, las más abiertas desde el restablecimiento del sistema multipartidista en 1999. Quien se enfrentará con el presidente saliente Goodluck Jonathan, a quien acusa de no haber sabido derrotar a Boko Haram antes de ocupara una amplia región del noreste del país, es el exjefe de Estado Muhammadu Buhari. El padre Alex es oriundo de Kano, la segunda ciudad más grande de Nigeria y bastión de la oposición. “La situación está en calma por ahora, pero muchos temen que esta vez, como ocurrió en 2011, las disputas electorales puedan encender disturbios” dijo el sacerdote.

 

 

Marzo 27, 2015 – 21:44 NIGERIA
JONATHAN-BUHARI ANTE LAS ELECCIONES
Economía y Política Portada
“Fue un gran momento. Damos gracias a Dios por las todas las expresiones de simpatía y solidaridad de Francisco y de todos aquellos que esperan que mañana en Nigeria todo salga de la mejor manera posible”, manifestó a MISNA monseñor Matthew Hassan Kukah, obispo de Sokoto, después de haber leído ante el presidente saliente Goodluck Jonathan y su rival Muhammadu Buhari el texto de un acuerdo que los compromete a ambos a alentar elecciones “libres, transparentes y pacíficas”.

 

El documento es el resultado de semanas de reuniones del Comité Nacional para la Paz, presidido por el expresidente Abdulsalami Abubakar y del que forman parte miembros de las religiones con más adeptos del país. Además de monseñor Kukah, obispo de una diócesis en la frontera con la región del Sahel, también está Saad Abubakar, sultán de Sokoto y máxima autoridad del Islam nigeriano. Tras de haber firmado el jueves en Abuya, los 14 candidatos presidenciales más importantes piden a sus partidarios que se “abstengan de toda violencia y respeten el resultado de la votación”, y a todas las autoridades de seguridad “adherirse estrictamente a los roles que establece la Constitución”.
La importancia de las elecciones de mañana, cuando más de 68 millones de ciudadanos podrán elegir al presidente y renovar el parlamento federal del país más poblado y económicamente más poderoso de África, es evidenciada por la importancia que dio la prensa local e internacional a la ceremonia de Abuya. Una cita con las urnas esperada y temida al mismo tiempo, debido a las 800 víctimas del 2011, tras el anuncio de la derrota de Buhari. Y aún más por el retraso de seis semanas que la Comisión Electoral y el gobierno justificaron con la necesidad de garantizar condiciones mínimas de seguridad en los estados del noreste, donde se está llevando a cabo la campaña militar contra el “califato” de Boko Haram.

 

Una herida abierta la de la violencia islamista, denunció Buhari, general retirado y dictador militar durante 20 meses entre 1983 y 1985. “Nuestros soldados no tenían ni el apoyo ni el incentivo necesario, faltó la respuesta nacional” había dicho a principios de marzo frente a la audiencia del laboratorio de ideas londinense Chatham House, y había prometido, en caso de resultar electo, “puestos de trabajo y desarrollo de la infraestructura” en las zonas más afectadas por Boko Haram.

 

Desde el 2010, cuando Jonathan se convirtió en presidente, la amenaza que representan los islamistas ha crecido en forma exponencial. Según la ONG Human Rights Watch, sólo desde principios de enero habrían muerto miles de civiles. La proclamación del estado de emergencia y el envío de miles de soldados al noreste no impidieron la proclamación de un “califato” en una zona del tamaño de Bélgica. Y ahora, como Buhari señaló reiteradamente en su discurso en Londres, para recuperar el control de parte del territorio Nigeria “depende” de la ayuda militar de países vecinos como Chad, Níger y Camerún. [VG/VR]

 

 

Elecciones en Nigeria 2015. Más allá de Boko Haram

Albert Caramés

 

Un mes y medio más tarde de lo inicialmente previsto, Nigeria celebra mañana unas elecciones presidenciales ante la previsión de un resultado muy ajustado y las más que posibles contestaciones de carácter violento. El motivo de este retraso ha sido, según fuentes oficiales, la inseguridad en tres estados del noreste del país -en estado de emergencia desde 2013-, debido a la presencia del grupo Boko Haram. No obstante, sería tremendamente reduccionista vincular la presencia de dicho grupo terrorista con la encrucijada en la que el país se encuentra. Se hace necesario, por tanto, radiografiar otros aspectos y que ayuden a comprender las tendencias de este país africano

El complejo proceso electoral de por sí presenta diversas controversias que hacen temer una contestación de forma violenta, tal y como los precedentes lo atesoran: en las protestas por los resultados de las elecciones de 2011, consideradas como las más transparentes desde la restauración del estado de derecho en 1999, se registraron cerca de un millar de muertos. Para la presidencia, el ganador debe alcanzar una mayoría simple de los votos así como obtener un mínimo del 25% de los sufragios en una tercera parte de los estados.Estas condiciones son especialmente complejas en un permanente escenario de polarización entre el sur, donde el partido más representativo es el People Democratic Party (PDP) liderado por Goodluck Jonathan; y el norte, mayoritariamente representado por el All Congresses People (APC) de Muhammadu Buhari. Las disputas entre ambos partidos están marcadas por las acusaciones de corrupción de la administración por parte del PDP en organismos como la Comisión electoral – INEC – y las Fuerzas Armadas (por sus altos mandos, más concretamente). Estas acusaciones se confirman por informes como el de Human Rights Watch, quien ha asegurado que “la corrupción ha convertido el servicio público en una especie de empresa criminal con repercusiones a nivel regional”. Según Transparency International, Nigeria se situó en 2014 en el puesto 136 de 175 en un ranking mundial acerca del nivel de rendición de cuentas.

En otro orden de cosas, se atribuye a los dos principales partidos una instrumentalización confesional. El PDP se vincula a la comunidad cristiana (un 40% de la población total aproximadamente, con más de 20 grupos étnicos representados). También se ha asociado al actual presidente Goodluck Jonathan con el presidente de la Asociación Cristiana de Nigeria, quien aboga por una actitud de confrontación ante la población de confesión musulmana. Por su parte, el APC representa la población musulmana (en un 50% del total de la población, principalmente representada por las etnias Hausa y Fulani), mayoritariamente en los estados del norte, la zona claramente más depauperada del país. Así, la menor inversión y mucha menor presencia de la administración pública en esta zona norte han exacerbado dicha inequidad y ha contribuido a crear los factores socio-económicos para abonar la insurgencia. Dentro de esta dinámica, representantes del PDP acusó al ACP de tener una “actitud religiosa y étnica sanguinaria contraria a la unidad del país”. Esta confrontación se hace más evidente en la zona central del país – conocida como Middle Belt – donde durante la última legislatura se han registrado hasta 21 incidentes con un balance de unos 900 muertos. Esta instrumentalización religiosa se podría considerar una manipulación de las élites nigerianas para distraer al electorado de demandas relacionadas con reformas legales, administrativas y económicas. Así, el ganador en los estados de Kano – donde tradicionalmente ha habido mucha contestación de carácter violento- y Rivers –el estado con más población– resultará clave para dirimir el ganador a nivel nacional.

Igualmente no deben obviarse las disensiones internas de los partidos, las cuales cobran especial relevancia si se tiene en cuenta otro de los reglamentos del proceso electoral, según el cual un candidato solo puede gobernar durante dos mandatos consecutivos. Esta regla cobra especial importancia en 18 de los 28 estados, en los cuales habrá un nuevo gobernador y puesto por el cual habrá habido las luchas internas para la sucesión. El principal ejemplo de las escisiones internas ha sido la teatral aparición del antiguo líder y presidente del PDP, Olusegun Obasanjo, rompiendo en público su tarjeta de miembro del Partido para demostrar su oposición a la candidatura del actual presidente.

No podemos analizar la situación actual de Nigeria sin considerar el impacto del descenso del precio del petróleo a nivel mundial y que está marcando el inicio del estancamiento de la economía nigeriana. Con una producción diaria de unos 2 millones de barriles, Nigeria es el principal exportador del continente africano. Sus exportaciones suponen cerca del 70% de los ingresos del gobierno, así como un 35% del PIB. Sin embargo, la inequidad se cierne si se vincula con el petróleo: apenas un 2% de la población se beneficia de la mayor parte (70%) de los ingresos por la venta de crudo (más de la mitad de la población vive bajo el umbral de la pobreza). Se prevé que la caída de los precios del petróleo perjudicará a inversores, quienes perderán confianza y esperarán la decisión del nuevo ejecutivo respecto las políticas fiscales de producción y exportación; así como también a la población local, ya que el nuevo presidente se verá obligado a escoger entre realizar recortes en el gasto público y buscar nuevas formas de ingresos. A esta previsión debe sumarse el derrame de vertidos en el Delta del Níger: Amnistía Internacional ha denunciado que, sólo en 2014, las empresas Royal Dutch Shell y ENI han vertido crudo hasta 550 veces por una cantidad total de 30.000 barriles (o 2 millones de litros). Lo que en muchas otras circunstancias esta cifra supondría la consideración de catástrofe a niveles de emergencia nacional, además de los abusos de derechos civiles y humanos hacia las comunidades locales, apenas ha sido tratado en el país.

Así las cosas, si bien este artículo aboga por una visión holística del país, la presencia del grupo comúnmente conocido como Boko Haram en el país tiene un papel preponderante tanto en la situación tanto estatal como regional lo que nos lleva a analizarlo con más detalle. SI bien en un inicio se creó como un grupo de índole no violenta, su actuación se radicalizó desde el asesinato de su fundador, Muhammad Yusuf, en la batalla de Mudaiguiri en 2009. Sus actuaciones en los años posteriores se basaron en ataques armados -primero desde vehículos y después con bombas en distintos edificios oficiales tanto en el centro del país como en la capital- su punto de inflexión mediático de su actuación se encontraría el 14 de abril de 2014, con el secuestro de 276 niñas de un colegio en la localidad de Chibok, la cual originó la campaña #BringBackOurGirls, con mayor repercusión en las redes que por sus resultados efectivos. Posteriormente, el ataque en la localidad de Baga (3 de enero de 2015), con un balance de entre 1.500 y 2.000 muertos, provocó la reacción a nivel regional que llevó al despliegue de tropas procedentes de Chad, Camerún y Níger, países que también han sufrido ataques de dicho grupo (muchos de los miembros de Boko Haram pertenecen a la etnia Kanuri, también asentada en los países vecinos). La regionalización del conflicto se hacía visible. En total, el balance de los actos perpetrados por dicho grupo asciende a los 10.000 muertos y más de 1,2 millones de desplazados y 194.000 refugiados. Se calculó que, además, durante su punto álgido llegó a tener el control de unos 20.000 Km², cifra ahora revisable a la baja debido a haber sido desalojados de las principales localidades de la zona (las deficientes comunicaciones impiden tener una clara información al respecto).

Posteriormente, la declaración del principal líder de Boko Haram, Abubakar Shekau donde jura lealtad a los principios del Estado Islámico (y su rápido reconocimiento), abre ciertos interrogantes sobre el tipo de cooperación que se establecerá entre ellos: si operacional, que parece difícil (la ruta de contrabando por Libia parece cada vez más controlada); o si ideológica y propagandística, tal y como se comprueba en las imágenes difundidas en los últimos ataques, cada vez más parecidas a las del EI. Todavía es pronto para responder estas cuestiones, pero habrá que ver cómo queda la colaboración en materia de entrenamiento (miembros de Boko Haram habían sido instruidos por Al-Shabaab) y económica (anteriormente habían recibido fondos procedentes de AQMI). Esta jura de lealtad, en definitiva, redimensiona el debate sobre la idiosincrasia de Boko Haram: si bien los orígenes, ya en 2002, de este grupo podrían razonarse como una insurgencia local contrario a las políticas de los gobernantes del noreste del país, sus actuaciones les ha llevado a considerarse como una amenaza terrorista a escala global.

Sin duda, Boko Haram ha tenido y tendrá una especial afectación en los preparativos y el desarrollo de la jornada electoral. Relacionado con éstos, la ya de por sí acuciante situación humanitaria ya mencionada, se le deberá añadir su más que probable imposibilidad para votar, a pesar de los esfuerzos de la Comisión Electoral (INEC) para que lo puedan hacer (se han añadido 30.000 centros de voto en el norte). A esto, hay que sumar la amenaza de ataques por parte de Boko Haram, quien considera que todo proceso democrático es un acto “pagano”. El Presidente Jonathan ha intentado tomar provecho de esta situación para sus intereses electorales: si bien realizó diversas intervenciones militares disuasorias desde 2011, se le acusó de dar una respuesta lenta e inefectiva ante el secuestro de las niñas de Chibok. Posteriormente, tras el ataque en Baga, el ejecutivo anunció una respuesta militar más robusta, sobretodo alentado por la dimensión internacional que la insurgencia estaba tomando, aunque se ha constatado una nula coordinación entre las tropas nigerianas y las extranjeras en la zona. El ya mencionado aplazamiento de estos comicios durante las 6 semanas ha sido, según los analistas, una maniobra más política que de seguridad nacional. El gobierno esgrimió que sin este tiempo adicional no sería capaz de repartir las tarjetas electorales a la población desplazada, cuando en realidad parecía más un esfuerzo para ganarse la opinión pública. La gestión del secuestro de más de 400 mujeres y niños en Damasak ha marcado sin duda el fin de la campaña electoral.

En definitiva, y ante todas las circunstancias presentadas, el proceso electoral presenta dos grandes factores a seguir. Por un lado, habrá que ver si, desafortunadamente, se cumplen las previsiones de contestaciones violentas, ya sea por el escrutinio en algunos de los estados, como por la amenaza de ataques de Boko Haram. Por otra parte, el resultado dirimirá si mantiene a Jonhatan en la presidencia o se alterna con la llegada de Buhari. Si es el primer caso, habrá que ver qué estrategia, más allá de la militar, optará para afrontar la lucha contra Boko Haram, qué política económica mantendrá para paliar la falta de ingresos por venta de crudo y si finalmente afrontará una política de mayor transparencia y de lucha contra la corrupción. A estos retos, en el caso de la victoria de Buhari, también será interesante analizar por qué políticas optará para intentar restaurar la depauperada región del norte, además de intentar mitigar (desde ambos lados) la instrumentalización étnica y religiosa que Nigeria viene sufriendo.

Albert Caramés es licenciado en Sociologia y postgraduado en Cultura de Paz. Actualmente es investigador asociado en el GRIP. Anteriormente trabajó para Naciones Unidas en Costa de Marfil y República del Congo y para MSF en la República Centroafricana.

http://www.passim.eu/eleccionesnigeria/