Maelé y la “maldición guineana”. Andres Esono Ondó.

Hace un año escribí un artículo en el que, como matando dos pájaros de un tiro, hablé de la vida y obra de los que, para mí, han sido los máximos exponentes de la música en lengua fang: Martiniano Abaga Elé Ndoho, “Maelé”, y Pierre Claver Zeng. Cuando lo escribí, Zeng había fallecido seis años antes, y digamos que fue un homenaje póstumo a este irrepetible artista. Sin embargo, Maelé, con la salud resquebrajada, aún seguía vivo. El artículo fue, también un homenaje a él, pero en vida.

He recibido la noticia de su fallecimiento, la enésima noticia sobre su muerte. No recuerdo a un hombre a quien sus compatriotas dieran por muerto en tantas ocasiones, como si, en realidad, lo desearan. Pero, no; por lo que veo y oigo, Maelé es casi el único guineano fallecido que ha conseguido el llanto unánime y sincero de los guineanos, a los que me sumo en este homenaje póstumo. He dejado pasar los días antes de hacerlo por dos razones. La primera es la que acabo de indicar: a Maelé lo daban por muerto y resucitado tantas veces que, cuando ha fallecido de verdad, muchos, entre ellos yo mismo, albergaban razonables dudas sobre la veracidad de la noticia. Los fang dicen que un enfermo dos veces muerto tiene un velatorio frío. ¡Qué sabiduría encierran los refranes tradicionales! La otra razón es de orden político: el régimen dictatorial, para evitar la fuga de las noticias sobre el vergonzoso pucherazo del 12 de noviembre, bloqueó internet y las redes sociales en Guinea Ecuatorial. Tanto es así, que este artículo lo difundo desde Douala, Camerún.

Vayamos a lo nuestro. Maelé fue, para mí, el mejor cantante guineano conocido hasta ahora. Supongo que algún día vendrá otro, pero por el momento su primacía es indiscutible. Empecé a escuchar su música entre 1976 y 1977, en el momento de la emergencia de la otra gran figura, Pierre Claver Zeng, cuyas carreras y vidas fueron paralelas. Como un inciso, decir que, a veces, bromeo con mis amigos señalándoles que entre Maelé y Zeng ocurrió lo mismo que entre Christiano Ronaldo y Leonel Messi. Para mí, sin Zeng estaríamos hablando de Maelé como el mejor. Aún retumban en mis oídos las canciones de aquellos fatídicos años 70, como la obra dedicada a los mártires de nuestra Independencia: Maelé llora a Enrique Nvó, Acacio Mañe y Ndong Ekang. Es, quizás, una de sus mejores, pero caída en el olvido por el tiempo pasado y por pertenecer al “régimen de triste memoria”. La otra canción, casi prohibida, y otra de las mejores, fue la dedicada al dictador Macías, cuyo poder, según el artista, le viene como anillo al dedo. Los jóvenes que conocieron a Maelé por “Chabeli”, “Abom”, “Engong” y otras más recientes, desconocen parte importante de su repertorio.

Tras la llegada del régimen de “alegre” memoria, Maelé, pese a ciertos obstáculos, es patrocinado en 1984 para publicar su primer álbum en Francia, que fue un éxito total, con los magistrales arreglos de Toto Guillaume y Haladji Touré. A partir de aquí, Maelé toma un camino decisivo en su carrera: emigra a Camerún para ponerse en manos de artistas de renombre, como Sam Fan Thomas. Desde este gran país de África que acoge a exiliados políticos, artistas, intelectuales y estudiantes, Maelé se hace internacional. Por primera vez Guinea tiene a alguien que lleve, por todo lo alto, su bandera en el extranjero. Maelé llegó a ser considerado como un artista camerunés, tanto, que hasta hoy se escucha su música en bares, discotecas y pubs del país vecino. Otro inciso: en junio de 2017, tras unas conferencias políticas patrocinadas por la Fundación alemana Friedrich Ebert y el SDF camerunés en Yaoundé, nos prepararon una recepción en un conocido restaurante de la capital camerunesa, donde actuaba en directo una pequeña orquesta de jovencitos. Como había representantes de Chad, Camerún, Gabón, los dos Congos, Sato Tomé y Principe, y Guinea Ecuatorial, el director de la orquesta nos ofreció una canción de un cantante de cada país asistente. En lo que a la música guineana respecta, los jóvenes interpretaron la canción “Bong ye o Kie-Ntem”, de Maelé. Y no solo cantaban los artistas, sino todo el público camerunés presente, y lo cantaban tan bien que uno pensaría que eran chicos y chicas de Bata, Ebibeyin o Niefang. Es la grandeza de Maelé.

El declive de nuestro artista más internacional comienza con su salida inexplicada de Camerún para exiliarse en España tras sus éxitos como “Abom”, “Saturnino”, “Chabeli” o “Engong”, de la mano de expertos como Sam Fan Thomas. Estuve en el grupo de opositores que se reunieron con Maelé en el madrileño hotel Florida en 1991; en el transcurso de nuestra conversación, le mencioné a Pierre Claver Zeng y le propuse hacer política con su música, luchar por su país a través de su arte. Respondió que él no era político ni lo quería ser, que lo suyo era la música, una música como producto de consumo público, y que si se implicaba en la política una parte de la población dejaría de escuchar su música. Yo lo entendí perfectamente y creí que era un hombre de principios. Por eso me sorprendió, de forma desagradable, que Maelé regresase a Guinea cinco años después, con canciones de adulación al régimen. Su vuelta a su país nos ofrece un Maelé cacofónico en su temática artística, y causa tristeza verle bailar con señoras bajo el sol durante las giras electorales de Obiang, y pidiendo insistentemente el voto a favor del PPDGE. La recompensa fue su nombramiento como Delegado Regional en Bata del Ministerio de Cultura y Turismo. ¿Todo artista tiene precio? Creo que sí, pero el de Maelé fue muy bajo. Y lo digo con todo el aprecio y respeto que le tuve, le tengo y le tendré toda mi vida, porque fue nuestro mejor cantante.

La caída de Maelé como artista al abandonar Camerún y trasladarse a España, me recuerda la historia de otro guineano grande, que pudo ser uno de los mejores futbolistas del mundo: Luciano Osa Aviri, tío del también futbolista Pedro Balboa Osa. Estando yo en España en los años 80, oía hablar de un joven futbolista que había jugado en el Atlético de Malabo y que acababa de fichar por el Canon de Yaoundé, por entonces el mejor club camerunés, un verdadero escaparate de cara al fútbol europeo. Después de algún tiempo, durante la celebración del 12 de Octubre (¿de 1986 o 1987), se organizó un encuentro de fútbol entre un conjunto del Colegio Mayor Nuestra Señora de África, y el equipo “Bantú”, que era un combinado de aficionados guineanos residentes, en su mayoría, en Móstoles. Entre los futbolistas del Bantú, observé a uno que no corría, ni sudaba, ni se esforzaba, sino que se limitaba a dar pases cortos y largos con extremada precisión; no permitía el contacto con los adversarios ya que los driblaba a unos metros de distancia de él dejándolos sentados. Para rematar la faena, metió un golazo en saque de falta que botó cerca del palo izquierdo del guardameta. El pobre portero se tiró para intentar desviar la pelota, pero con tanta mala suerte que estrelló su boca contra el poste, sin poder evitar el gol.

No me hizo falta preguntar quién era ese jugador, pues los espectadores guineanos allí presentes no dejaban de correar su nombre: ¡Lucianito!, ¡Lucianito!, ¡Lucianitoooooooo…! Lucianito tenía una calidad técnica sorprendente en su tiempo, parecida a la de los grandes centrocampistas de los años posteriores, como Donadoni, Ronaldinho, Xavi Hernández, Iniesta o el argentino Fernando Redondo.

Como en el caso de Maelé, tampoco sé por qué Lucianito abandonó el Canon de Yaoundé, donde era titular indiscutible en el centro del campo, dejando, como suplente en el banquillo, ni más más ni menos, que a Weah. ¿Os suena el nombre? Sí, George Weah, el liberiano que pasó del Canon de Yaoundé al Mónaco, PSG francés, Milán AC, Chelsea, Manchester City y Olympique de Marsella, hasta retirarse en el Al-Jazira de los Emiratos en 2003, habiendo ganado varias ligas europeas, y llegando a ser Balón de Oro en 1995, primer jugador no europeo en conseguirlo. Es, por el momento, el mejor futbolista africano de todos los tiempos.

Como a Lucianito y Maelé, les ha pasado lo mismo a otros guineanos que pudieron triunfar y no lo consiguieron. Ni en Guinea triunfan los guineanos, porque vivimos en un entorno sociopolítico hostil que nos predispone al fracaso, ni en España tampoco, a pesar de que otros africanos sí prosperan en sus profesiones en la que fue nuestra metrópoli. Verás a gambianos, senegaleses y el resto de africanos de otras nacionalidades en ONGs, en el cine, en el deporte o en partidos políticos españoles, llegando a ocupar cargos en gobiernos autonómicos, pero jamás a un guineano. [La diputada Rita Bosahó es la excepción que confirma la regla]. Es la maldición guineana que nos persigue a todas partes, la que nos hace desgraciados e insolidarios. Ahora todos lamentan la muerte de Maelé, pero nadie intentó movilizar a los guineanos, ni en Guinea ni en el extranjero, para recaudar fondos con el fin de ayudarle.

De la muerte de Maelé saco un lección positiva. Que ahora todos los guineanos lloren y digan bondades de él, olvidando que colaboró con la dictadura y dedicó la última etapa de su obra a glorificar al régimen y a pedir el voto a favor del PDGE, me parece sumamente halagüeño. Es la señal de que los guineanos saben y pueden perdonar. El perdón es importante si queremos construir una sociedad democrática y pacífica, en la que todos vivamos libres y seamos iguales ante la ley.