“La travesia” de Donato Ndongo-Bidyogo.

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Es el pecado el que hace que el hombre tenga al hombre
entre cadenas por toda su existencia. Y esto sucede por
el juicio de Dios, en quien no cabe ninguna injusticia.

SAN AGUSTÍN

El buque está anclado en la entrada del estuario. Lo puedo ver desde aquí. Todo parece indicar que, en esta especie de balsa con velas, haremos la travesía. ¿Hacia dónde? Nadie lo sabe. He indagado entre los compañeros, he intentado por todos los medios averiguarlo, pero nadie sabe ni a dónde ni con qué objeto. Pero todos sabemos que no será para nada bueno, y que la travesía no será precisamente un placer para estos cientos de negros.

Nos encontramos ahora en la fortaleza. Esta mañana vinieron a contarnos una vez más. Y nos dieron dos ñames por cabeza por toda comida por un día. Eran tres hombres blancos, no más altos que nosotros, no más fuertes que nosotros, pero tenían la ventaja de esa extraña arma que vomita fuego y hierro de sus entrañas… (Me capturaron hace varios días. El jefe Mbatua mandó que nos congregáramos en el patio de la aldea. A mí y a otros muchos jóvenes nos pareció extraña orden, pero obedecimos sin chistar. Vinieron los tres hombres blancos. Traían consigo objetos extraños, pero muy hermosos a la vista. También trajeron esas extrañas armas que escupen fuego y hierro de sus entrañas. Todo eso ofrecieron al jefe Mbatua. Y el jefe Mbatua nos señaló a nosotros, que permanecíamos formados en varias hileras en el patio del poblado. Los hombres blancos pasaron sus ojos cansados sobre nosotros. Uno a uno, fuimos mirados igual que yo había mirado días antes al carnero que sacrifiqué cuando el nacimiento de mi hijo primogénito… Luego nos tocaron la cara, los brazos, el vientre, el sexo, los muslos… Yo sentía una excitación que desconocía hasta entonces. Y miraba al jefe Mbatua, que a su vez nos miraba compasivo, e intentaba que me explicara con los ojos qué significaba todo aquello. Pero él se limitaba a sonreírnos con la boca, mirarnos con los ojos, y acariciar con los dedos los múltiples objetos que sujetaban sus manos temblorosas. Aunque estuve tentado de darle un puntapié en el culo a aquel blanco provocador, algo extraño me contuvo. Y aún desconozco cómo pude soportar que un hombre, otro hombre como yo, se atreviera a tocar mi barbilla y mi sexo. Siempre me dieron mala espina esos blancos, pero nunca pude sospechar que llegaría a tan ato grado su osadía. Como tampoco pude prever que un buen negro podía contemplar tan impasible la desgracia de sus hermanos. No era la primera vez que veía tan de cerca a los hombres blancos. Meses atrás, habían estado en nuestro poblado, y hablaron con el jefe Mbatua. Nadie sabe de qué, pero todos pudimos ver cómo se llevaron a Oyana, la hermosa hija de nuestro padre Ateba. No dieron dote, ni celebraron ceremonia alguna, conforme es norma habitual en un matrimonio entre gentes de bien. Y el jefe Mbatua no dijo nada, se limitó a tranquilizarnos, pero jamás volvimos a ver a la hermosa Oyana, hermana nuestra, hija de nuestro padre Ateba. Y supimos que el jefe Mbatua ya no era digno de ser jefe, pero nadie se atrevía a destituirle, pues sus espíritus velaron siempre por él, y fracasaron cuantos intentos hicimos por asesinarle).

Y mientras nos conducían a través del bosque hacia un destino incierto, tratamos de indagar ciertas cosas acerca de nuestro futuro. Pero ellos parecían temernos, cada vez que alguien intentaba acercarse empuñaban sus armas de fuego y hierro, y jamás pudimos entender su lenguaje, pues no hablaban ningún idioma conocido por nosotros. Y, realmente, desconocíamos la manera de poder escapar de la fatalidad, ya que ni siquiera intuíamos la fatalidad que nos aguardaba a pocos kilómetros de allí.

(Todo fue normal, si puede ser llamada toda la situación así, hasta que llegamos al estuario y vimos el buque envelado. Entonces nos confinaron en esta ruinosa fortaleza, nos ataron de pies y manos y nos dieron dos ñames por toda comida diaria.)

Nos han embarcado a media tarde. Nos iban encadenando de dos en dos, la muñeca y el tobillo derechos de uno junto a la muñeca y el tobillo izquierdos del otro. Nos han bajado hasta una estancia amplia, oscura, sin ventilación de ninguna especie. Han separado a las mujeres de los hombres, y a los niños de las mujeres. Después de los dos ñames y unas pocas gotas de agua salada, nos han obligado a dormir, desnudos como estábamos. El barco ha zarpado. Hemos oído los gritos de la marinería, y el eterno vaivén del barco mecido por las altas olas de océano. Una terrible angustia nos ha invadido. Intento hablar con mi compañero de la derecha, que me parece conocido, pero parece ser que me he equivocado. No habla mi idioma. Vuelvo mis ojos hacia la izquierda, y aunque toco sus manos porque están pegadas a las mías, el hombre no responde. Debe estar excesivamente cansado. Le voy a dejar en paz. Pero difícilmente podré soportar esta angustia que me invade a medida que paseo mi vista alrededor. Todo está oscuro, pero yo, cazador experimentado en los bosques de mi Guinea, estoy acostumbrado a ver a través de las sombras. Veo muchos pares de ojos que me miran, con esa misma angustia que deben reflejar los míos. Esta inseguridad que siento yo y que noto que es colectiva; esa pérdida progresiva de fuerzas para poder soportarlo todo; esta terrible soledad, rodeado de gente de la que estás seguro de que te comprende, pero con la cual no puedes intercambiar la menor palabra… Esta, en fin, esta… No puedo soportarlo más, voy a gritarles, voy a preguntarles:

– ¡¡¿Alguien habla mi idioma?!! ¡¡¿Me entendéis?!!

El silencio. Un silencio que ya temía antes de constatarlo, pero que se cierne sobre mí como la más abominable de las desgracias. Más que las cadenas que me mantienen inmovilizado. Más que el futuro incierto. Más que la lejanía de mi mujer, de mi madre, de mi hijo. No puedo moverme, las cadenas me están royendo los huesos de las muñecas, a cada movimiento a mi derecha y a mi izquierda, a cada vaivén del barco mecido por las olas, sufro en mi carne esta cadena que aprisiona mis manos y mis pies. ¿Qué hice para merecer esta estancia aquí? ¿Fue tan grave el insulto que proferí contra el viejo Otunga? ¡Sí, era un viejo insolente, y no hice más que decírselo! Ser viejo no es ninguna tara, y decirle a un viejo que no tiene edad para trotar detrás de las mocitas ¿puede acarrearle a un ser humano un castigo tal como el que estoy sufriendo en estos momentos? ¡Este ha sido el único pecado de mi vida!

Debe ser ya noche muy entrada. Oigo los vientos que recorren el mar, que azotan el barco, que penetran en esta bodega, pero que no ventilan el hedor que producimos los cientos de personas hacinadas aquí. Calor y frío al mismo tiempo, sin tener la posibilidad de moverse y sacudir el cuerpo para contrarrestar el efecto del entumecimiento… Cada pequeño movimiento traslada la sensación hasta lo más profundo… ¿Cuánto tiempo durará? ¿A dónde vamos? ¿Qué esperan de nosotros? ¿Qué les hemos hecho a estos hombres blancos?

Este cansancio infinito… que me impide dormir. Y el hedor es tan infinito como el cansancio, y la angustia me impide el más leve reposo. Si pudiera dejar de pensar un momento… Miro estos cientos de pares de ojos que me están mirando, leo los mismos pensamientos en ellos, debemos sentir lo mismo, deberíamos pensar algo juntos, no se puede estar así siempre y mi compañero de la derecha ya duerme, y el de la izquierda tiene la cabeza reclinada sobre el pecho, sueña seguramente, ¡qué feliz debe ser! Baja alguien las escaleras, se ha entreabierto la portezuela de la bodega. He visto, fugazmente, el brillo de las olas a la luz de la luna fría. Todo sigue igual en el mundo. El hombre baja. Deja abierta la portezuela, y a través de ella me llegan los sonidos de una música próxima, bella ella, y las risas de la marinería, y los angustiados gemidos de una mujer, y las palabras, que no supongo amables, pronunciadas en el idioma de los blancos. ¿Qué significará ese continuo sale noire, viens ici! que oigo cada vez más a menudo? El hombre que baja las escaleras viene tambaleándose. Se ha parado en el rellano y recorre lentamente sus ojos sobre el cargamento de cientos de negros hacinados en la bodega. Los ha parado en aquél de la esquina que, parece, está haciendo fuerzas por librarse de las cadenas… pobre ingenuo, ¿por dónde saldrías, aun cuando lograses librarte de ellas? El hombre avanza decidido hacia la esquina. Va pisando a todos los hombres que obstaculizan su camino. Fustiga continuamente una varilla forrada. Dejo de mirarla y cierro los ojos. Oigo el pesado caer de los latigazos en el cuerpo desnudo. Y oigo las palabras ininteligibles para mí, pronunciadas por una garganta pegajosa; el negro no dice nada, ni grita, ni se defiende. Sus movimientos desesperados, queriendo cubrirse la cara, repercuten dolorosa y angustiosamente en todos nosotros. El murmullo se va elevando, empiezan los gritos, poco a poco se van elevando, un cadencioso y rítmico movimiento empieza a notarse en la bodega. Si nos entendiéramos, sería el momento de dar una voz, levantarse al unísono y rodear al animal blanco. Pero es imposible, el hombre sigue azotando al hombre, y en sus idas y venidas la varilla fustiga por igual a los de la derecha y a los de la izquierda. Cesan las palabras del animal blanco. Cesa el murmullo de los cientos de bocas negras. Un único gemido, el de la mujer de arriba, desgarra el repentino silencio. El animal blanco se retira, tras dar algunas patadas en los muslos de algunos negros adormilados por el dolor. Sube de nuevo las escaleras. Se cierra la portezuela de la bodega. Renace la oscuridad. Cesa el grito de la mujer. Y solo se oyen los murmullos de las olas al estrellarse contra el casco del barco.

Un cansancio infinito de impotencia flota alrededor. Nadie puede socorrer al herido, que ahora ha empezado a llorar, en un sollozo único e incontenible, de rabia, de vergüenza, de frustración. Estoy seguro de que no odia siquiera. Yo tampoco odio ya. El odio es un sentimiento humano. Y nos han convertido en esclavos, en animales enjaulados, y nos pegan por estar despiertos y por estar dormidos. Y un animal no odia. Ataca, mata, y eso es lo que siento en estos momentos, deseos de atacar, de matar, debería poder quitarme estas cadenas para matar al animal blanco y a todos los animales blancos que arriba gozan su animalidad. Pero no puedo quitarme las cadenas. No puedo quitarme las cadenas…

***
Han pasado muchos días, o simplemente horas, no me es posible saberlo. La vida es monótona. De vez en cuando, llega el hombre blanco, apalea al hombre de la esquina y a otros cuantos, echa un par de miradas furiosas, reparte los ñames secos y un poco de agua salada, y se va. Y viene cada vez menos. Y, al llegar, se tapa la nariz con un trapo rojo. A pesar de todo, yo le comprendo: el hedor es insoportable en la bodega. Meamos y cagamos donde estamos, claro está, si apenas disponemos de unos cuantos centímetros para poder movernos… En turnos de a seis, nos obligan a limpiar a veces la bodega. Es la única vez que pueden ver el sol los encargados de la tarea. Hoy me ha tocado a mí. Ha llegado el hombre de la fusta, pero no sé por qué, quizá por tener yo las manos libres, ha quedado con el brazo en alto, diciendo no sé qué cosas en su repugnante idioma, y se ha limitado a izarme con violencia. Los pies, ya no acostumbrados a sostener mi cuerpo, me dolían horriblemente. Con una especie de cubo de madera, y con mis propias manos, iba limpiando las nalgas de mis compañeros de cautiverio, y las mierdas eran indescriptiblemente asquerosas. Me han venido las arcadas cientos de veces, pero no tenía nada que echar fuera de mi vientre, pero la angustia me invadía, pero el hombre estaba allí, detrás de mí, y él también sufría, y nos azotaba las espaldas desnudas, seguramente para darnos prisa y poder mitigar su propia angustia… Todos los cautivos damos lástima, esa es la verdad, pero cuando he llegado al hombre de la esquina, el eternamente azotado, me he dado cuenta de lo lejos a que puede llegar la crueldad del hombre. Su cuerpo está cubierto de pus, las heridas supuran, el olor que despide es irrespirable, pequeños gusanos empiezan a corroer su carne. No puedo explicarlo, ésta es la verdad. He mirado sus ojos. Intentaba darle ánimos, es lo único que podía darle, pero la fiebre y el dolor se los cerraban, el corte de su frente se agranda, y las aguas que salen de ella penetraban en ellos. He tocado su frente para limpiarle un poco. Pero el látigo me ha obligado a seguir adelante con otro cautivo, y hubiera querido volverme y arrancarle las manos del cuerpo, pero ni fuerza para volverme tenía. El hombre de la esquina ya no puede tardar en morir. Pienso ahora que ese hombre tendrá un padre y una madre, quizá una esposa y unos hijos, y habrá dejado en su pueblo un trozo de tierra por cultivar, una trampa por mirar, que quizá le gustaban las flores, que solía bañarse en el río limpio, que jugaba con su perro y su loro, que cultivaba ñames o mandioca, que tenía proyectos e ilusiones y que, por un pecado incomprensible, el pecado de ser negro, está en este estado y está próximo a morir sin siquiera saber por qué. Yo estoy pensando solo, y no tengo a nadie a quien comunicar todo esto, quisiera hablar con alguien de ello, este silencio me vuelve loco, los eternos vaivenes del barco, el continuo mareo sin poder vomitar, la música sin desearla, los gemidos de las mujeres, los gritos de los niños, la crueldad del animal blanco, el choque del oleaje contra el casco del barco, la humedad, el frío nocturno y el calor diurno… ¿con quién hablar?, ¿Cómo poder escapar de esta continua oscuridad?

Anoche murieron siete compañeros. Yo estaba seguro de que el de la esquina era uno de ellos, pero el animal blanco de la fusta le dejó allí y vi que aún respiraba. Me escogieron a mí para cargar con los muertos. Es una lástima, es una sensación en extremo desagradable cargar con un hombre a quien no conoces pero a quien conoces, que ha convivido varias semanas contigo, en la misma estancia, que sabe de tus sufrimientos e inquietudes y tú de los suyos, y que compartía el mismo destino, cargar con él, digo, subir esas estrechas escaleras, ver la luz que él ya no puede ver, que te ciega los ojos, y avanzar con él a cuestas hacia proa, y arrojarle al mar sin ninguna compasión. Ver cómo se lo llevan de inmediato los peces, cómo lo parten en dos, cómo ya ni sale sangre de su cuerpo escuálido, y oír, oír digo, las risas de los hombres blancos. Esos hombres blancos, botella en la mano, mujer delante, cuyo único trabajo consiste, al parecer, en fornicar, beber y pegar. El odio (¿odio, verdad?) ha aflorado por vez primera en mi espíritu esta mañana. Hubiera querido saltar sobre ellos, pero las fuerzas me fallaban, llevo muchos días con dos ñames por toda comida, un poco de aguardiente de vez en cuando, y unas pocas gotas de agua salada. Y pienso ahora en todo lo que hice, en todo lo que pude hacer y no hice.

Si hubiera emigrado hacia el pueblo de mi viejo abuelo, quizá no me encontraría aquí ahora. Mi abuelo vive en un poblado apacible, en medio del bosque, donde el canto de los pájaros nunca cesa, donde las flores son vistosas, donde las mujeres son hermosas. Si hubiera hecho caso a mi abuela… Cultivaría la tierra sin más trascendencia, sería libre de poder descansar cuando me cansara, de comer cuando tuviera hambre, de estirarme cuando se entumecieran mis músculos, de pasear cuando quisiera, de amar cuando sintiera deseos, todas esas cosas a las que no damos importancia mientras podemos hacerlas libremente. No hay caminos que lleguen hasta el poblado de mi abuelo. Las huellas del hombre se borran una vez cruzado el campo. La hierba crece generosa, el sol luce con todo su esplendor, la noche es cálida, las tardes ardientes, y se puede construir una vida… Este grito me desgarra el alma. ¿Quién? Miro a mi alrededor. Es en la esquina, y toda la columna de cautivos se ha estremecido. Es el hombre tantas veces azotado. ¡Pobre negro fiel! Está muriendo, él sabe que va a morir sin remedio. Noto sus convulsiones, no está muy lejos de mí, extiendo mis brazos para sujetar su cabeza que cae sobre su pecho… Ha muerto… Y ya no puedo quitar mis ojos de él, toda la noche estaré viéndole, veré sus últimos estertores, oiré su imperceptible voz llamando a alguien en un idioma desconocido para mí. Y toda la noche permanecerá ahí, por la mañana vendrán a buscarle y le echarán al mar, y los peces le comerán… ¿o no le comerán, pues todo su cuerpo está ya podrido? ¡Debió ser grande el pecado cometido por ese hombre para merecer esta muerte!

(No debimos fracasar entonces. Estábamos en cubierta, a la vista del estuario del Gran Río, en nuestro propio país, encadenados de dos en dos, listos para bajar al cuchitril del entrepuente, donde nos alojaban todavía. Éramos de la misma tribu todos, conocía a Meñe, Ntutumu Nsang, a Aboso Asumu y a muchos otros guerreros valientes. Con ellos me entendía y podíamos hablar de nuestras cosas sin que se enterasen los animales blancos. Lo habíamos organizado todo bien, estábamos listos para la rebelión, vimos sus cañones de proa y popa dirigidos hacia cubierta, a hombres con las mechas encendidas vigilar los cañones de mayor calibre, cajas de municiones preparadas, mientras un mínimo de hombres nos distribuían los dos ñames diarios. Era el momento preciso. Ntutumu Nsang me hizo la señal, yo estiré la cadena y toqué la mano de mi compañero, y él transmitió la señal, y la señal fue propagándose hasta que aquel maldito hijo de perra puta nos vio y se dio cuenta de que algo se estaba tramando… Ntutumu Nsang murió, Aboso Asumu murió, Meñe murió, muchos murieron, y nuestros padres y nuestras madres vieron cómo les echaban al mar, y prometieron no comer ya nunca más carne de tiburón, pues esos tiburones sólo se alimentaban ya de carne de negro. Fue una lástima todo, pues estaba bien planteado y no debimos fracasar entonces.)

***

Estoy harto de transportar a mis compañeros muertos. Estoy harto de sentir el tirón de la cadena cada vez que muerte algún cautivo. Me he hartado y asqueado de dormir con una docena de muertos alrededor, y de pensar solo, y de oír hablar en idiomas desconocidos, y de ver sus ojos suplicantes, y de confiar en este Dios que jamás me ayuda. De todo estoy cansado: de ver los juegos inocentes de los niños, que no saben a dónde son conducidos ni el destino que les espera; cada vez que subo al puente cargado de un negro muerto, veo las greñas de las mujeres negras, cansadas de hacer un amor que no sienten; estoy harto, digo, de ver al hombre del látigo, y voy a hacer algo, debo hacer algo si no quiero enloquecer, o ya no como, doy de comer a otros compañeros, no, ellos me dan de comer a mí, siento náuseas, ya no siento nada, estoy aquí sentado en mi mullida alfombra de mimbre, la alfombra que me vendió aquel hausa dichoso, pienso en mi mujer, ¡nunca he tenido mujer!, en mi niño, que tuve con esa anciana del poblado de mi abuelo, ¿o era mi abuela?, no me acuerdo, soy así, me merezco esto por insultar a los viejos, mi padre siempre me dijo que no lo hiciera, que era pecado, debería comer algo, quizá esté buena la mierda de mi compañero, no, no está buena, demasiado aguada, ¡esto es la felicidad, nunca hice tan buen viaje, esos blancos saben hacer las cosas!, ahora mismo voy a largarme de aquí, saldré, caminaré sobre el verde césped que veo a través de la rendija, vaya, no hay rendija, pero es igual, caminaré sobre las aguas hasta llegar a las fértiles tierras de Guinea. Y diré al jefe Mbatua:
– Ya estoy aquí, amado jefe, te he traído unos regalos más hermosos anos que los de esos blancos de mierda, y te los doy porque eres un buen jefe, sabio conductor de tu pueblo hacia la eterna felicidad…

Ha sido un mal sueño. Debo permanecer alerta y vigilante, y cuando aparezca, obrar de manera prudente. Asestarle un golpe fenomenal es la única manera de escapar de aquí, salir de esta situación, liberarlos a todos, y también a las mujeres y a los niños, y conducirles a tierra firme. Saldré yo primero, cruzaré el puente, caminaré a través de la gargantas de los tiburones, recogeré los trozos de mis compañeros comidos por ellos y llegaré a las fértiles llanuras de… Guinea-Guinea… y le diré al jefe Mbatua, ¡hijo de la gran perra…!, no, eso no se dice al jefe, y le diré entonces, ¡jefe, gran y amado jefe, regreso de un largo viaje, estos son los esclavos que te traigo, he guerreado para conseguirte esclavos….!

No… estoy pensando cosas extrañas, quizá me estoy volviendo loco, pero no sé qué es ser loco, porque la locura no existe, los blancos inventaron la locura y todos los males para contagiarlos a los negros, ellos lo inventaron todo para hacer sufrir a los negros. No existe nada, ni este barco negrero, ni yo mismo, ni estas cadenas, ni las mujeres continuamente violadas en el puente por la marinería borracha, ni el hombre de la esquina, mil veces azotada y podrido en vida, ni los excrementos que debo recoger mañana, ni su olor que estoy sintiendo, ni… nada existe, todo es invención de los blancos para hacerme sufrir, ¿existen los mismos blancos?, no, todo es una invención, un mal sueño, no puedo creerlo, sé que estoy dañando a mis compañeros con mis bruscas convulsiones, pero esos compañeros tampoco existen, ¡tú, Izquierdo, no existes!, ¡ni tú, Derecho, tampoco estás a mi lado! No sois más que espíritus que intentáis filtraros a través de mí, perturbar mi existencia, pura envidia, no vivisteis nunca tan apaciblemente, queréis filtraros a través de mí… mí… ¡bah, sois dos imbéciles, lo tenéis todo bien merecido, no pensáis ni vivís! Llevamos varias semanas uno junto a otro, y ni siquiera me habéis dicho nada. ¿Sois personas?, no, no sois nada; esos blancos al menos hablan, gritan, ríen, fornican, pegan, matan y escupen sobre vosotros. Vosotros no hacéis nada, estáis al margen de la vida, ahí sentados, cagando y comiendo ñames, ¡esto no es vida!

¡Qué cansado me siento…! La travesía termina, veo ya la tierra, una hermosa tierra donde las flores, los caracoles y las ratas son enormes. Donde todo es hermoso. Y la gente no es blanca, y no hay dolor, ni látigos, ni muerte. ¿Será la otra vida? ¡Bah, solo estoy soñando! Esto es un mal sueño, yo lo sé, despertaré ahora mismo, y este sudor ya no me empapará nunca más, y seré igual que antes, que esta mañana, antes de ser llamado a formar por el jefe Mbatua… ¡Oh, sé que estoy muriendo, esta es la muerte, pero no sé por qué muero en esta pocilga hedionda, atado de pies y manos como un esclavo. ¿Por qué muero aquí, en medio del océano? Voy a preguntárselo al mundo, quiero que ellos me contesten, que me digan si no tenía una lengua y una casa y una esposa y un trozo de tierra. ¿Por qué me lo quitaron todo? ¿Por qué muero loco en medio del océano? ¿Qué significa esta travesía? Quiero preguntárselo al mundo, y que el mundo me responda, y que me digan qué significa esta travesía, qué significan mi muerte y todas esas muertes, qué piensan de todo y de todos, incluidos ellos mismos. Deberéis saber que tenía una mujer y un hijo, a quienes quería y a quienes me hicisteis abandonar para matarme en medio del océano, en esta travesía que no sé a dónde conduce… de la que no sé absolutamente nada… nada… excepto mi muerte…. nada… excepto… mi… muerte”.

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