La pandemia, un nuevo freno para el regreso al colegio de las madres adolescentes. José Ignacio Martinez Rodriguez. El País

JOSÉ IGNACIO MARTÍNEZ RODRÍGUEZJamestown, Accra (Ghana) 23 SEP 2020 – 00:37 CEST

Lydia Apiah tiene 30 años, una sonrisa perenne oculta por la mascarilla, que se pone para prevenir el coronavirus cuando anda por la calle, y dos hijos: una niña de siete años y un niño de dos. Ambos nacieron cuando ella era ya adulta. Pese a ello, nadie sabe mejor que Lydia lo que es quedarse embarazada siendo adolescente. “A mí me pasó hace doce años. Yo no me di ni cuenta; lo notó la familia de mi novio. Cuando me lo dijeron, me llevaron a un lugar que yo desconocía para abortar”, recuerda. Dice que era muy joven, que no disponía apenas de información y que ese problema, el embarazo adolescente, resulta una constante incluso hoy en día donde ella nació y vive: Jamestown.

Jamestown es uno de los barrios más pobres de Accra, la capital de Ghana, un país situado en el golfo de Guinea y donde aproximadamente el 25% de sus 27 millones de habitantes vive bajo el umbral de la pobreza, según los datos de Unicef. Esta estadística se recrudece en distritos como en el que vive Lydia. Jamestown es una amalgama de edificios coloniales de fachadas desconchadas, herencia del pasado británico de este país africano, entrelazados con casas locales con paredes de madera y techos de hojalata y que forman en conjunto un paisaje algo decadente a orillas del Océano Atlántico. También es el hogar de unas 20.000 personas. Históricamente, los habitantes de Jamestown se han ganado el sustento con la riqueza del mar, con la pesca. Con el oficio venido a menos en los últimos lustros, ahora sobreviven de los escasos beneficios que da el pescado y con los pequeños negocios familiares ambulantes, tan comunes en todo el país, donde el 88% de la gente vive de la denominada economía informal.

El nuevo coronavirus ya ha dejado en Ghana más de 46.000 casos positivos y 297 muertos y también ha provocado una situación caótica que ha hecho que las medidas gubernamentales se hayan sucedido desde el mes de marzo. Entre ellas, el presidente Nana Akufo Addo decretó el cierre de los colegios, decisión que ha ido levantando gradualmente por cursos escolares, sin que todos los alumnos hayan regresado aún a las clases. Con los jóvenes sin otro quehacer que permanecer en casa, con los padres obligados más que nunca a salir a la calle a buscar dinero y con una dificultad extra para acceder a métodos anticonceptivos, se crea un ambiente propicio para nuevos embarazos no deseados. El Fondo de Población de la ONU (UNFPA) estima que habrá siete millones de ellos en seis meses en 114 países de renta baja y media.

Lydia trabaja con sus hermanas comerciando con mercancía que compran en Togo, el país vecino, para venderla en Ghana, y dice que ella ya conoce algún caso. Sabe de una joven de 15 años que se ha quedado embarazada durante el confinamiento parcial que vivió el país, de unas tres semanas de duración y que condenó a los habitantes de las ciudades más pobladas (Accra entre ellas) a no poder salir de casa. En este sentido, el Consejo Nacional de Población reveló a finales de abril que, durante esos 21 días, los embarazos no deseados en Ghana se elevaron hasta los 9.000, aunque no desglosó la cifra por edades.

Lydia explica también que reside en una gran vivienda comunal con otras 20 personas donde, recientemente, una niña de 13 años ha dado a luz. “Yo no deseo algo así para mi hija, eso lo tengo claro. Quiero que ella vaya al colegio y estudie para convertirse en una persona capaz de superar a su madre”, concluye convencida.

La dificultad del regreso a la escuela

“El riesgo es más grande ahora que nunca por la pandemia. No solo porque aquí hay menos medios y los adultos deben pasar más tiempo en la calle para ganar dinero, que también, sino porque hay más ignorancia. Los jóvenes procedentes de barrios como este tienen más complicado acceder a información para poder prevenir problemas como este”, explica Samuel Lamptey, jefe de programas de Act for Change, una ONG local que trabaja desde el 2011 para mejorar la vida de los jóvenes de Jamestown. “Realmente, el embarazo adolescente es algo que se repite aquí de generación en generación; cuando una mujer tiene una hija a una edad temprana es más probable que esta se convierta también en madre adolescente”, dice.

Para intentar poner freno y concienciar sobre los inconvenientes de convertirse en madre prematuramente, Act for Change solía organizar talleres y charlas en los colegios, espacios comunes e iglesias del barrio, todo ello cerrado por la pandemia, por lo que esta labor se ha convertido ahora en imposible de realizar. Y lo cierto es que Ghana tiene razones para preocuparse. Según las cifras del Banco Mundial, en los últimos años se ha observado un repunte de este fenómeno en el país: en 2013, el porcentaje de mujeres entre 15 y 19 años con hijos o embarazadas apenas llegaba al 13%. En 2016, esta cifra había crecido hasta el 17.8%. Otros estudios sugieren que se acentúa en lugares como Jamestown y señalan este barrio como uno de los que presenta cifras más altas del país.

Además, las adolescentes de naciones como Ghana pueden sufrir las consecuencias de este hecho con especial dureza; con un bebé dejan de ir al colegio y, por ende, su futuro se pinta de un color mucho más oscuro. Obligadas a dejar las actividades escolares por la covid-19, este adiós puede convertirse en definitivo. Un extenso informe que publicó el Instituto de Estudios para el Desarrollo de la Universidad de Cape Coast de Ghana en 2017, centrado en las jóvenes que abandonan la escuela por embarazos prematuros, indica que, ante las madres adolescentes, los maestros e incluso los padres desarrollan a menudo conductas y percepciones negativas que socavan en gran medida su reingreso a las clases. Dicho escrito señala también la ausencia de una política nacional clara al respecto y enfatiza la actitud de los actores importantes en la vida de las jóvenes (el marido en caso de matrimonios precoces, el resto de alumnos, su familia y su comunidad en menor medida) como factor trascendental para que se produzca este regreso de forma satisfactoria.

“Generalmente, las niñas dejan de ir al colegio cuando dan a luz, pero nosotros intentamos que eso no suceda. Es uno de nuestros más firmes propósitos”, prosigue Lamptey, quien lamenta también la falta de infraestructuras educativas públicas en Jamestown; solo hay un senior school —educación secundaria que empieza en Ghana con 15 años y que tiene una duración de cuatro— para una población de 20.000 personas. “Lo cierto es que los problemas propios de barrios como este, como la falta de recursos o las dificultades económicas, no ayudan para nada”, sentencia.

Machismo como problema estructural

“Otro aliado para los embarazos prematuros es la actitud de algunos chicos con sus novias. En muchas relaciones, él tiene poder para decidir si usa o no preservativo, y ellas prácticamente quedan sin la posibilidad de discutir nada”, afirma Collins Seymah, director de Act for Change. “Después, cuando nace el bebé, es la familia de la madre la que suele hacerse cargo del pequeño”. Y, como en tantas naciones subsaharianas, Ghana también tiene una notable desigualdad entre hombres y mujeres latente desde las edades más tempranas y acentuada por la falta de oportunidades y de educación. Un ejemplo: según el informe Estado Mundial de la Infancia 2016. Una oportunidad para cada niño, de Unicef, el 20% de chicos adolescentes de este país justificaba que el hombre pegara a la mujer. La opinión de ellas era casi más preocupante: el 35% se mostraba a favor de esta práctica. 

Rebeca Vorsah, una joven de 18 años de Jamestown, era una de esas adolescentes fija en los talleres de Act for Change antes de que la pandemia los cerrara. Ella tiene novio desde hace un año y dice que él no le manda, ni le dice lo que tiene o no tiene que hacer, ni entierra sus opiniones. Y afirma también que le gusta ir al colegio, sobre todo a estudiar económicas, nutrición, ciencia e inglés. “Una amiga mía se acaba de quedar embarazada, pero ella no quiere dejarlo cuando tenga el niño. Yo creo que debe seguir estudiando. Estudiar es bueno para nosotras”, concluye.

ÁFRICA SUBSAHARIANA, A LA CABEZA MUNDIAL DE EMBARAZOS ADOLESCENTES

Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente 12 millones de jóvenes con edades comprendidas entre los 15 y los 19 años y al menos 777.000 niñas con 14 años o menos se convierten en madres cada año en países en desarrollo. Este organismo afirma también que otros nueve millones se quedan embarazadas y deciden abortar en condiciones insalubres y de escasa seguridad. Unicef indica, además, que la mayor parte de ellas viven en el África subsahariana, donde la tasa es de 200 cada 1.000 mujeres, seguida de América Latina y el Caribe, con 66.5 nacimientos por cada 1.000 niñas.

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