Juan Tomás Ávila, escritor de Guinea Ecuatorial: «El petróleo hizo que crecieran los adeptos a Obiang». Silvia Nieto. ABC

El también opositor al régimen ecuatoguineano protagoniza «El escritor de un país sin librerías» (2019), un documental dirigido por Marc Serena donde se denuncia la situación que vive la excolonia española

 

Cuando son cotidianas, las costumbres pasan desapercibidas, y solo su falta hace que las echemos de menos y nos preguntemos por su origen. Construyamos un escenario que permita reflexionar acerca de esta idea. Imaginemos que el Cola Cao se esfuma de las cocinas de los hogares españoles de la noche a la mañana. Doblegados por la nostalgia, los periódicos recordarían que la empresa, que nació en los años 40, no popularizó su producto hasta la década siguiente, y explicarían que su ingrediente principal, el cacao, se obtenía de las plantaciones de Fernando Poo, una remota isla de África, situada en su costa atlántica. Con un poco de suerte, añadirían que esa isla, que hoy se llama Bioko, forma parte de Guinea Ecuatorial, y que ese país, que se independizó de España en octubre de 1968, es casi el único del continente donde se pueden encontrar churrerías, hacer la compra en un supermercado que lleve por nombre Hermanos Martínez o pasear por el barrio de Móstoles. Más sombríos, los diarios lamentarían que las violaciones de derechos humanos son allí sistemáticas, como a menudo denuncian Amnistía Internacional o Human Rights Watch, aunque tampoco expresarían sorpresa, porque las dictaduras, y Guinea Ecuatorial ha conocido dos, no suelen mostrarse muy escrupulosas con ese tipo de cuestiones. También dirían que el primero de los tiranos, Francisco Macías Nguema, que se decía seguidor de Hitler y Stalin, permaneció en el poder de 1968 a 1979, y que fue su sobrino, el más cuerdo pero no menos liberticida Teodoro Obiang, el que le sucedió, perpetuando el débil amor por la democracia del que había hecho gala su tío.

«Obiang creció al amparo de lo que hacía Macías. Ayudó a crear cierto clima de miedo, de terror entre la población», confirma el escritor guineoecuatoriano Juan Tomás Ávila Laurel (Malabo, 1966) durante una entrevista en la cafetería de Matedero, en Madrid, poco antes del pase de «El escritor de un país sin librerías» (2019), el documental que protagoniza, y que la semana que viene se estrenará en cines. Dirigido por Marc Serena (Barcelona, 1983), la película es un inmersión en Guinea Ecuatorial, donde el acceso a la cultura es nulo, la prensa se ve forzada a hacer reverencias casi cómicas al presidente y el petróleo, que se encontró en los años 90, no ha repercutido en una mejora del nivel de vida de la población, dividida por las desigualdades. En el Índice de Desarrollo Humano de 2018, donde se calcula la calidad de vida de los países con indicadores que no solo miden el músculo de la economía, Guinea Ecuatorial ocupa el puesto 141 en una lista de 189, con una esperanza media de vida de 57,9 años.

El último libro de Juan Tomás Ávila Laurel se llama «Cuando a Guinea se iba por mar» (Carena, 2019)

¿Cómo se vive el día a día en su país?

Es un país desigual. Hay mucha gente que va a las plantaciones para coger vegetales y comer. Es lo que llaman ir a la finca. También la hay que va a por caracoles. Luego, hay gente con muchísimo dinero que hace vida de ciudad: se levanta, se ducha, se va algún sitio a tomarse un desayuno o a comer…

En los años 90, las prospecciones para encontrar petróleo dieron resultado. ¿Mejoró ese hallazgo el nivel de vida de la población?

Se crearon infraestructuras. El régimen venía de una situación de carestía total. La disponibilidad económica sirvió para que se sacudiera la vergüenza, pero lo que se construyó no tenía utilidad inmediata para la población. Por ejemplo, se hizo un puente que unía dos orillas, una donde no había ningún pueblo y la otra donde había una villa pequeña, que no tenía actividad económica de ningún tipo. El régimen hizo un puente de casi 500 metros sobre una zona limítrofe con el mar, que debía de costar una barbaridad. Obras llamativas para demostrar poder. El petróleo también sirvió para que el régimen comprara voluntades. El dinero hizo que creciera la masa de adeptos al partido en el poder, porque era un requisito para acceder a algunos puestos de trabajo. El dinero del petróleo también hizo que el régimen dejara de depender, al menos durante algún tiempo, de la caridad internacional. En Guinea Ecuatorial, se construyeron hospitales privados a los que se accede pagando unas cantidades de dinero que ningún guineano puede pagar. Eso también hizo que el régimen se enriqueciera, porque eran hospitales construidos con dinero público, pero gestionados como si fueran privados.

«La economía guineana tenía una altísima dependencia de tres productos, el cacao, el café y y la madera, que suponían el 94,4 por 100 del valor de las exportaciones en 1964», se puede leer en «Guinea Ecuatorial: el legado de la colonización española», un artículo de los historiadores Gonzalo Álvarez-Chillida y Gustau Nerín

[Los lazos que unen a España con Guinea Ecuatorial son profundos, recorren casi dos siglos y medio y nacieron con los tratados de San Ildefonso El Pardo, firmados en 1777 y 1778, por los que Portugal cedió las islas de Fernando Poo y Anobón a Madrid. El desembarco en la zona continental, en la región de Río Muni, tuvo que esperar a los años 40 del siglo XIX. La explotación del territorio se sostuvo en tres pilares: «La economía guineana –se puede leer en el artículo »Guinea Ecuatorial: el legado de la colonización española», de los historiadores Gonzalo Álvarez-Chillida y Gustau Nerín– tenía una altísima dependencia de tres productos, el cacao, el café y la madera, que suponían el 94,4 por 100 del valor total de las exportaciones en 1964». La dictadura de Franco, que impuso una actividad colonizadora de corte «duro», no fue un ejemplo alentador para los ecuatoguineanos que llegaban a España, que no podían conocer una democracia, como los que viajaban a Francia o al Reino Unido, que luego desearan exportar a su país: «Los pocos guineanos que pasaron por la metrópoli, normalmente para estudiar, [no] se vieron influidos por el pensamiento democrático». Tras los forcejeos entre el subsecretario de la Presidencia, Luis Carrero Blanco, y el ministro de Asuntos Exteriores, Fernando María Castiella, Guinea Ecuatorial obtuvo la independencia el 12 de octubre de 1968].

¿Qué recuerdo ha quedado de España en Guinea Ecuatorial? ¿Cuál es la impronta que dejó el pasado colonial?

La gente habla español, practica el catolicismo, desayuna leche, lo que no es tradicional en los países africanos, tropicales, donde se toma algo más sólido y de otra consistencia. Va por las mañanas a las panaderías y compra pan francés. Celebra procesiones y saca a la Virgen. Hay elementos muy profundos de la naturaleza hispana.

¿Hay mucha devoción?

Sí, aunque últimamente hay un auge del evangelismo.

[El director del documental, Serena, sintió la proximidad que describe Ávila Laurel cuando viajó al país para el rodaje, y recuerda varias anécdotas, como cuando descubrió que allí la gente sabe lo que es «un carajillo», o la sorpresa que se llevó una mañana, cuando se acercó a un supermercado: «Un día, a las ocho de la mañana, a primera hora, fui a comprar, y estaba sonando una ópera rock de Mónica Naranjo». «Juan Tomás dice que una vez que las cosas se mezclan, ya no se pueden separar. Yo he oído hablar mucho de América Latina, pero nunca de África Latina», lamenta].

Fotografía de la exposición «Cazadores de imágenes en la Guinea colonial», realizada durante una expedición al país africano liderada por el fotógrafo madrileño Manuel Hernández Sanjuán en 1944
Fotografía de la exposición «Cazadores de imágenes en la Guinea colonial», realizada durante una expedición al país africano liderada por el fotógrafo madrileño Manuel Hernández Sanjuán en 1944 – Archivo ABC

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