“Imperios de Ghana y Malí”. José Luis Cortés López. Mundo Negro

atlas-mali
Se cumplen este año el XI y el VIII centenarios del nacimiento de dos grandes imperios africanos: Ghana (918) y Malí (1218). Marcaron una era de esplendor en África y abrieron un período intenso de relaciones políticas, religiosas, comerciales y culturales con nuestro país, cuando otros europeos aún no se habían aventurado a llegar hasta allí.

 

Mauritania es un país al que la gente no suele ir a hacer turismo. El desierto ocupa las dos terceras partes de su territorio, recorrido por pastores nómadas con rebaños de cabras y camellos, y solo una franja meridional, fronteriza con Senegal y Malí, está inmersa en plena zona saheliana, donde las condiciones de vida mejoran ligeramente y pueden verse rebaños de bobino y ovino en régimen semiextensivo. Para encontrar algunos cultivos de algodón, maíz, arroz y hortalizas hay que descender hasta la orilla del río Senegal.

Diríase que en un paraje tan limitado, la vida apenas puede abrirse camino, pero la inestimable arqueología nos ha mostrado todo lo contrario: esta zona subpoblada fue la pionera en el despertar político de lo que hoy conocemos como Sahel, así como cuna de los grandes imperios medievales que dieron a África uno de los momentos más esplendorosos de su historia. Las últimas excavaciones han sacado a la luz tanto utensilios empleados por la gente común como objetos suntuarios: lámparas, cristalerías, jarrones, cerámicas, platerías o piedras preciosas procedentes del Mediterráneo.

La conclusión es clara: hubo un comercio de larga distancia –que muestra la existencia de poblaciones organizadas que alcanzaron un nivel de vida suficiente– con élites de gran poder adquisitivo. La arqueología ha dado la razón a la historia, la cual nos ha procurado los primeros testimonios de un cordobés, Al-Bakri (1040-1094), interesado por estas gentes en su trabajo El libro de los Itinerarios y de los Reinos. No visitó estos lugares, pero se sirvió de la obra perdida de un geógrafo de Kairouan (Túnez) que fue a vivir a Córdoba, y allí murió en el 974. Como complemento, recogió lo que le contaban viajeros, comerciantes y caravaneros; gracias a él, conocemos detalles de estas gentes desde el siglo X.

La primera gran ciudad-estado que surgió en la zona fue ­Audaghost, de la que el cordobés dio algunos destellos: «Es una gran ciudad. La gente vive cómodamente y posee grandes bienes. Su mercado está siempre animado. Las compras se pagan en polvo de oro, puesto que no se encuentra plata. Hay bellas construcciones y casas muy elegantes. Se exporta ámbar gris perfumado y también oro puro y refinado en filigrana. El oro de Audaghost es el mejor y el más puro del mundo. Más de 20 reyes estaban sometidos a él y le pagaban tributo. Su reino se extendía dos meses de marcha, y su ejército contaba 100.000 ­caballeros».

Si dejamos aparte las exageraciones finales, debemos quedarnos con lo que dice sobre el oro que, si bien no se encontraba en los límites de la ciudad-estado, se llevaba de las regiones auríferas de Galam, Bambuk y Buré, en el curso medio de los ríos Falemé y Bafing, afluentes del Senegal. Este mismo oro era el que llegaba al Mediterráneo por las rutas caravaneras transaharianas y a Europa. El oro que circulaba por toda la Europa occidental medieval, especialmente por España, tenía este origen. La acuñación de las monedas hispanoárabes y las de los reinos cristianos se hicieron con metal africano.

 

Un grupo de mujeres venden leña frente a la Gran Mezquita de Djenne, en la región de Mopti (Malí). Fotografía: Getty

El país del oro

Si los bereberes sanhajas fueron los fundadores de Audaghost, los negros soninkés (sarakolés) fundaron un reino al sureste del anterior, más rico y potente, que luego se convirtió en el imperio de Ghana. El primer testimonio de su existencia se lo debemos a otro geógrafo viajero, Al-Yakubi (872), que escribió: «El rey de Ghana es un gran rey; en su territorio hay minas de oro y tiene bajo su mando un gran número de reinos». Otro colega suyo, Ibn Hawkal (976), no dudó en afirmar que este rey «era el más rico del mundo a causa del oro». Y a este metal se debió el nombre del imperio, ya que Ghana significa «país del oro».

Ghana heredó y amplió la red comercial de Audaghost, y fue precisamente en este comercio de larga distancia donde se fundamentó su gran prosperidad. El pago en oro de sus importaciones (cobre, tejidos, alimentos y artículos suntuarios) hacía fluir este metal hacia el norte, acompañado de una gran cantidad de esclavos negros, a los que iban a buscar a las regiones del sur. Fue esta posición bisagra entre el mundo musulmán del norte y el negro animista del sur la que dio al imperio sus grandes posibilidades comerciales.

El territorio se llenó de mercaderes, especialmente su capital, ­Kumbi Saleh, formada por dos grandes barrios: «Uno está habitado por los musulmanes, que cuenta con 12 mezquitas, de las que una es para la oración del viernes. Todas tienen sus imanes y sus almuédanos permanentes. También se encuentran jurisconsultos y eruditos. El segundo barrio es el del rey. Las construcciones son de piedra y madera de acacia. El rey vive en un palacio y en casas construidas con bóvedas. El conjunto está cerrado como por una pared. Hay en la ciudad real una mezquita donde rezan las delegaciones musulmanas».

Si la producción de oro adquirió tintes míticos –el geógrafo Ibn Al-Aqîh (903) llegó a afirmar que «crece entre la arena como zanahorias, y se recoge a la salida del sol»–, la expor­tación de esclavos fue el objetivo principal del comercio en dirección norte. Los vendían en el Magreb y a traficantes apostados en puertos mediterráneos para pasarlos a Europa. La España musulmana fue su principal consumidora, empleándolos en harenes, servicio doméstico o la agricultura. Otros, en menor cantidad, pasaron a los reinos cristianos. Cuando los portugueses abrieron las rutas marítimas a mediados del siglo XV, el grueso del tráfico esclavista tomó este camino.

El nexo comercial entre nuestro país y aquellas regiones africanas pronto se convirtió en una unidad política por obra de los almorávides. Este movimiento se fundó en algún lugar del río Senegal siguiendo la predicación del letrado Ibn Yasin tras una peregrinación a La Meca. Purificó el islam que practicaban y le inyectó su carácter conquistador (yihad). Al-Bakri cuenta algunos milagros de Yasin, y resalta «su pasión por las mujeres: le acontecía en un mismo mes casarse y repudiar a varias. Desde el momento que oía hablar de una belleza, la pedía en matrimonio; pero nunca daba más de cuatro mithqâl –una medida de oro equivalente a 4,235 gramos– para la dote».

Empezaron su expansión en el 1054, y, según Ibn Jaldún (1332-1406) en 1076 «extendieron su dominio sobre los negros de Ghana, devastaron su territorio y pillaron sus bienes. Les impusieron un tributo y obligaron a un gran número a hacerse musulmanes». Su conquista fue imparable, y en 1086 entraron en España y llegaron hasta el Ebro. Establecieron la capital en Marrakech e integraron Al-Ándalus al imperio, lo que hizo que nuestro país y Ghana formaran parte de la misma unidad política.

Ilustración de Ibn Battuta en Egipto. Fotografía: Getty

Malí, el imperio de la cultura

Al-Bakri proporcionó la primera noticia histórica: detrás del país de Ghana «se encuentra otro, llamado Mallal. Su rey lleva el sobrenombre de el Musulmán». A continuación cuenta su legendaria conversión y cómo esta «arrastró la de su hijo y familiares, pero sus súbditos permanecieron paganos». Ghana controlaba pequeños grupos autónomos de habla mandé que vivían en tierras occidentales, cazando en regiones situadas entre los tramos altos de los ríos Senegal y Níger. El clan Keita los fue unificando durante los siglos XI –a mediados del cual su rey se hizo musulmán– y XII.

Con la caída de los almorávides, los sossos se hicieron con el poder en Ghana y sometieron sus antiguos territorios dependientes, haciendo incursiones frecuentes entre los mandés. En 1235, estos derrotaron a los sossos, y empezaron a organizar un potente imperio. Según Jaldún en Historia de los Bereberes, «ocuparon todos los estados que formaban este antiguo reino, y extendió su dominio sobre el reino de Ghana hasta el océano Atlántico». Se hicieron con los campos auríferos de Buré y todo el comercio se desvió a Niani, la capital, y a otras ciudades del nuevo imperio situadas en las rutas caravaneras. Estas se abrieron también hacia oriente, y se establecieron relaciones habituales con Egipto.

Todo el imperio estaba embarcado en la aventura comercial, base sobre la que descansó la economía. León Africano (1483-1554) lo recorrió y en su Descripción de África dice que había «un gran número de artesanos y de mercaderes indígenas y extranjeros y que los habitantes son ricos en razón de su comercio». Lo mismo sostiene Jaldún: «Adquirió tal importancia, que los mercaderes del Magreb y de Ifriquiya iban allí a practicar el comercio». La fama atravesó sus fronteras, y el famoso atlas catalán de Abrahán Cresques (1375) muestra al rey sentado en su trono con una pepita de oro y un mercader árabe que se acerca montado en un camello.

Al alto nivel material se unía un grado elevado de humanismo y religiosidad; Africano no dudaba en afirmar que los de Malí son «los más civilizados, los más inteligentes, y los más considerados de todos los negros»; y la razón es que fueron los primeros en aceptar la «religión de Mahoma». A otro viajero, Ibn Batutta (1304-1377), que pasó por Malí antes que él, le llamó la atención el bienestar social y moral que se gozaba en todas partes.

Alaba la «total seguridad», lo raros que eran los abusos, y que no había que temer a «ladrones y salteadores». Según su apreciación, «se trata de la gente más lejana a la injusticia y el rey no perdona a nadie el más mínimo desliz». Como ferviente musulmán, Batutta pone especial interés en conocer cómo vive el pueblo su religión, y destaca «su gran atención en el aprendizaje del venerado Corán». En consecuencia, resalta en A través del Islam, «su exactitud en los rezos, junto a la asiduidad con que practican las reuniones de la comunidad». Por eso, si un viernes una persona «no madruga para acudir a la mezquita, no encuentra dónde rezar por el mucho gentío presente».

Si la cultura tenía un puesto importante en todas las ciudades se debía a la abundancia de las escuelas coránicas. Tombuctú se convirtió en la capital del saber por excelencia. Sus dos universidades atrajeron a profesores y alumnos del mundo islámico, y allí se desarrolló tal vida intelectual que los libros eran los objetos más buscados. Según León Africano «hay en Tombuctú numerosos jueces, doctores y clérigos, todos muy bien retribuidos por el rey, que honra mucho a los letrados. Se venden muchos libros manuscritos que llegan de Berbería. Se saca más beneficio de esta venta que de todo el resto de mercancías».

A partir de este texto podemos hacernos una idea de los fondos bibliográficos que se almacenaron con el tiempo en las bibliotecas públicas y privadas. Un verdadero acervo de conocimientos de todas las materias que se guardaban en esas salas de lectura y estudio, donde acudían tantos alumnos y maestros con ganas de aprender. [Los lectores de Mundo Negro comprenderán por este testimonio la importancia del gran artículo publicado en el mes de febrero de este año –“Tombuctú, de la tinta al píxel”– sobre el rescate de estos libros, en peligro de desaparecer a manos de los integristas].

La seriedad del estudio se compaginaba con el bullicio estudiantil y una alegría semejante a la que hoy podemos observar en ciudades donde predomina el ambiente universitario. León Africano recordaba que «la gente de Tombuctú es de naturaleza jovial. Tienen costumbre de recorrer la ciudad entre las diez de la noche y la una de la mañana tocando instrumentos musicales y bailando».

Legado arquitectónico

En un ambiente de bondad social, económica y cultural no podían faltar las muestras arquitectónicas. El emperador Kakam Mussa (1312-1332), hizo una peregrinación a La Meca de tal impacto que su recuerdo ha perdurado hasta nuestros días. Al Omari (1301-1349), secretario en las cortes de El Cairo y Damasco, dice en Itinerario a través de los reinos del mundo civilizado que «no dejó a nadie, ya fuera oficial de la corte o titular de cualquier función que no recibiera de él una suma de oro. La gente de El Cairo ganó a su costa sumas incalculables, tanto por compras y ventas como por dones y entregas. Repartieron tanto oro que bajó su cotización y se arruinó su curso».

En La Meca conoció al granadino Es-Saheli, «muy hábil en varios oficios» y se lo llevó a Malí. El rey le mandó construir «una sala de audiencias bien edificada y revestida de yeso, (porque) tales edificios eran aún desconocidos en su país. Saheli levantó una sala cuadrada rematada con una cúpula. Desplegó todos los resortes de su ingenio y, habiéndola cubierto de yeso y adornado de arabescos y relumbrantes colores, hizo de esta sala un admirable monumento». Tan breve descripción es un reflejo del arte nazarí del que Saheli se había empapado en su ciudad natal.
Ya en Malí, nuestro arquitecto acuñó un nuevo modelo constructivo. Se inspiró tal vez en la kasbah tradicional y empleó como materiales el barro y la madera. La estructura es de predominio angular con alternancia de pequeñas torres piramidales y pilastras que rompen la monotonía y obtienen un admirable claroscuro. La solidez y la masa se atenúan con la apertura de vanos irregulares en los cuerpos más voluminosos.

La ciudad de Tombuctú se convirtió, con sus dos universidades, en uno de los principales núcleos de conocimiento del mundo. Fotografía: Getty

Este tipo de construcción, ahora conocido como arquitectura sudanesa, fue concebido por el granadino, que construyó en Tombuctú la famosa mezquita de Djinguereyber, la más antigua en este estilo. Africano pudo contemplarla mucho después: «En medio de la ciudad se encuentra un templo construido con piedras unidas con mortero de cal por un arquitecto de la Bética, y también un gran palacio hecho por el mismo maestro donde vive el rey». Además edificó otras mezquitas en Gao, Diré, Gudam o Bako.

Es difícil recorrer el Sahel y regiones pretropicales y no encontrar pequeñas mezquitas antiguas de este estilo. Es-Saheli fue enterrado en Tombuctú; Battuta visitó la sepultura y dejó constancia de otra de sus cualidades, la poesía: «En este lugar se halla la tumba del señero poeta Abu Ishaq Es-Saheli».

El recuerdo de estos centenarios, con ser muy importantes en la historia de África, lo son también con relación a la nuestra, porque rompen con ese error tan difundido de que España nunca se relacionó con África más allá del Mediterráneo. Y, sin embargo, formamos parte de un imperio africano, tuvimos una relación comercial intensa con el Sahel, muchos esclavos negros conformaron nuestra sociedad, y fue un paisano nuestro quien renovó el paisaje saheliano con siluetas de una arquitectura propia.

Dos centenarios para nuestra historia