Guinea Ecuatorial: la ocasión perdida: el neocolonialismo español en acción. Gustau Nerin. El Nacional.cat

16 de noviembre de 2019

En 1979 el dictador Francisco Macías, profundamente antiespañol, perdió el poder en la Guinea Ecuatorial tras sufrir un golpe de Estado en manos del teniente coronel Teodoro Obiang Nguema Mbasogo. El Gobierno creyó que era el momento adecuado para que la antigua metrópolis recuperara la influencia perdida en su ex colonia ecuatorial. Juan María Calvo Roy, que vivió en aquellos tiempos en Malabo trabajando como periodista para la agencia Efe, explica cómo España intentó tomar el control del territorio en Guinea Ecuatorial: la ocasión perdida (editorial Sial). No puede ser un testigo más cualificado. Durante mucho tiempo, Calvo fue uno de los únicos periodistas extranjeros acreditados en el país y eso le permitía tener acceso a informaciones privilegiadas y disfrutar de un contacto estrecho con los diplomáticos españoles, por lo cual ofrece informaciones fidedignas y poco conocidas.

Superministros

Calvo define el intento de tutelar Guinea como «la operación de cooperación más ambiciosa emprendida por España en su historia». No se equivoca. El proyecto fue inicialmente diseñado, a toda prisa, por la UCD, lo mantuvo el CDS y lo conservó el PSOE, hasta que chocó con la realidad y se hundió. El proyecto neocolonial no podía ser más ambicioso. La ocasión perdida explica, en resumen, qué quería España: «pretendía exigir el control completo y sin interferencias del comercio exterior e interior, incluida la Aduana, elaborar el presupuesto y el control monetario desde el Banco Central de Guinea, situando a funcionarios españoles en puestos clave de la economía guineana con capacidad ejecutiva». Eso quería decir, incluso, que se quería enviar a unos «supercooperantes» a Guinea para que se hicieran cargo del diseño de las grandes líneas políticas del país africano; el plan era que estos «técnicos» fueran designados por el gobierno español sin ni siquiera consultar al guineano, y que se situaran orgánicamente por encima de los ministros guineanos. Habrían sido unos superministros españoles que gestionarían asuntos clave del país centroafricano siguiendo instrucciones de Madrid. El proyecto no prosperó. Muchos lo lamentan todavía. Pero poco después del golpe de 1979, en pleno idilio hispano-guineano, el embajador Graullera incluso daba apoyo a la selección nacional de fútbol guineana enviándoles camisetas y un entrenador.

La obsesión militar

Durante aquellos años el gobierno español estuvo obsesionado al enviar tropas a la Guinea. Consideraba que la presencia militar era la que «garantizaría» que el gobierno guineano mantuviera una línea proespañola. Pero la UCD no envió fuerzas militar por miedo a las críticas de neocolonialismo por parte del PSOE y Obiang prefirió controlar su población y su ejército mediante la llegada de tropas marroquíes. El autor, como muchos diplomáticos españoles, lamenta este «despiste» de España (incluso la lamentaron posteriormente muchos políticos socialistas españoles). Más tarde, el gobierno español optó por intentar promover una unidad militar guineana entrenada en España y encuadrada por oficiales españoles. Se pretendía, incluso, que esta unidad se convirtiera en la guardia presidencial de Obiang. Pero este siempre desconfió de los intentos españoles de imponerle a una guardia militar y esta propuesta no se consolidó. Por otra parte, la cooperación oficial española, tuvo uno de sus ejes principales en la cultura y la educación, como medio para «la difusión del idioma», un eje omnipresente. Se pretendía acabar la tarea de sustitución lingüística que no se había conseguido culminar  durante el periodo colonial. También los misioneros españoles, que compartían el sentimiento neocolonial, presionaron el gobierno para que defendiera los «valores hispánicos».

El consentimiento

El gobierno guineano, que en 1979 se encontró en una situación desastrosa, en un primer momento confió plenamente en el papel de la ayuda española para reconstruir el país (de hecho, entregó a la cooperación sectores enteros de los servicios públicos, como la sanidad o la educación). Obiang Nguema, en la época, hacía proclamas de amor a la hispanidad: «Aquí respiramos lo hispano. El arraigo de la cultura española es muy profundo», decía… En realidad, con frecuencia argumentó que España tenía que colaborar con Guinea porque tenía «una deuda histórica» con ella. Obiang supo jugar bien con los sentimientos nacionalistas españoles; «capitalizó bien la hispanidad», como dice Calvo Roy. En alguna ocasión, incluso, argumentó que «España no se tiene que enfadar cuando nuestro gobierno pide más, porque eso se debe a que dependemos de España.» Pero ante la ofensiva neocolonial española, el dictador guineano tuvo que recordar en alguna ocasión que España tenía que «respetar escrupulosamente la soberanía del Estado guineano» (una afirmación que algunos diplomáticos se tomaban como un insulto). Calvo Roy explica cómo, más tarde, Obiang, que había sido teniente de la Guardia Colonial, las fuerzas «indígenas» del gobierno colonial, afirmó que se sentía «decepcionado» y «abandonado» por la ex metrópoli. Y empezó a hacer proclamas mucho más críticas en España, especialmente dirigidas al público interno (sobre todo, cuándo hablaba con la gente en lengua fang). Las proclamas de amor a la «madre patria» dejaron paso a la denuncia de «dos siglos de explotación indiscriminada y despiadada».

El enemigo del Norte

Obiang jugó la carta francesa para frenar las ambiciones neocoloniales españolas. Los franceses, que tenían una amplia experiencia neocolonial en países vecinos a Guinea (especialmente en Gabón), estuvieron encantados de prestarse a ello, convencidos de que podrían obtener algunos beneficios de este territorio. Los cooperantes franceses muy pronto empezaron a estar presentes en Malabo y Bata, y la cooperación oficial francesa aprovechó las debilidades de la española para sustituirla en ámbitos esenciales (como las telecomunicaciones). A los partidarios del neocolonialismo español eso les sentó muy mal. Se combinaba una mezcla de rabia, porque los franceses ocupan un territorio que se presuponía reservado al Estado español, con envidia, porque la empresa neocolonial francesa funcionaba con notable eficacia. Los franceses no sólo sacaban notables beneficios de su «ayuda» a Guinea Ecuatorial (y a de otros países africanos), sino que también conseguían reforzar su control mediante la presencia de tropas y de «consejeros» en posiciones clave en algunos países. Aunque España se negó a dar apoyo al ekwele, la moneda guineana, cuando Obiang subió al poder, se sintieron muy ofendidos cuando Guinea ingresó en la Unión Aduanera de la Centroáfrica, adoptó el franco CFA y entró en la zona franco, el 1 de enero de 1985. La medida garantizaba el reforzamiento de los vínculos económicos con Francia y con los países de la subregión. Y también sellaba la pérdida de importancia de España en la zona. El sueño neocolonial se hundía y nunca se recuperaría completamente. Pero hay quien dice que España y Francia hicieron un intercambio de cromos y que Francia favoreció la penetración española en el Magreb a cambio de que los franceses los dieran vía libre en Guinea. También hay quien lo niega. Pero todo puede ser.

Los amigos de la madre patria

Lo más sorprendente es que cuando Calvo desgrana, y lo hace muy bien, las prácticas habituales de la antigua metrópolis en la Guinea nos encontramos con comportamientos escandalosos. Los cooperantes no eran santos laicos, y los millones de la cooperación se gastaban alegremente: mercancías para empresarios privados viajaban en aviones de la cooperación a cargo de presupuestos públicos; los billetes a precio especial para cooperantes se desviaban y se vendían a guineanos, los responsables de cooperación se lucraban con el cambio ilegal de divisas; había funcionarios residentes en Madrid que cobraban grandes pluses como si estuvieran destinados en Malabo… Parte de los alimentos y medicamentos enviados a Guinea no llegaban a salir del puerto: con la complicidad de algunos funcionarios españoles eran reexportados hacia los países vecinos. Los aviones militares que se usaban para llevar suministros a Guinea fueron aprovechados para introducir marihuana en el Estado español. Algunas ayudas a Guinea fueron desviadas por empresarios españoles desaprensivos que no llevaron a cabo sus proyectos. Entre los que se hicieron presentes en Guinea en aquel momento, prometiendo el rápido desarrollo del país figuraba todo un emblema de la corrupción española: Jesús Gil. Pero quizás el más grave fue el caso Guinextebank, el banco hispano-guineano que quebró porque había concedido grandes créditos, que nunca se recuperaron, a personalidades del régimen guineano, y también a empresarios españoles, como Paco Roig.

Lo que hay detrás

Lo más sorprendente es que a la vez que el discurso sobre la ayuda española a la antigua colonia siempre insistía en las grandes cantidades gastadas (a menudo en vano), por detrás siempre sobrevolaba una idea: intentar rentabilizar la inversión. Calvo argumenta que en un primer momento, tras el golpe de Estado del 3 de agosto de 1979, España envió ayuda desinteresada, pero que más adelante el embajador Graullera ya empezó a pensar en las contraprestaciones que España podía obtener. Enseguida se envió a geólogos para explorar las posibilidades de obtener minerales de la zona. Los españoles se interesaron, sobre todo, desde el principio, por la explotación del posible petróleo que se pudiera encontrar en el país. Hacía tiempo que se explotaba el petróleo a las aguas territoriales de Nigeria y del Gabón, en zonas muy próximas a las aguas guineanas, y se sospechaba que podía haber ricos yacimientos. El gobierno español se apresuró a encargar prospecciones en la antigua colonia. A pesar de todo, aunque se detectaron algunas reservas, no estaba clara su cantidad y no llegó ningún acuerdo de explotación con España. Unos años más tarde las petroleras norteamericanas empezarían a explotar grandes bolsas de crudo, y la riqueza del país africano se dispararía… Pero entonces los intereses españoles también estarían lejos.

¿Devolución del expoli?

Y, además, los antiguos colonos establecidos en la Guinea intentaron reclamar la «devolución» de sus fincas y otras posesiones (que habían obtenido gracias a una legislación que negaba los derechos tradicionales de los guineanos a su territorio). En realidad, como muchos eran conscientes de que el cacao nunca volvería a ser el que era (ya que siempre se había explotado con el apoyo estatal), muchos buscaban indemnizaciones en metálico. Los prohombres del régimen guineano no estaban dispuestos a ceder las tierras y los bienes de los españoles, en buena parte porque eran ellos quienes se los habían apropiado. Pero, además, no era realista pedir indemnizaciones al Estado guineano, uno de los más empobrecidos del mundo. Evidentemente, las compensaciones no llegaron nunca.

Esterilidad

De lo que no hay duda es de la bajísima incidencia de la cooperación española en Guinea pese al elevado gasto. Los problemas fueron múltiples: se gastaron muchos fondos en cosas que no eran prioritarias, se distribuyeron cantidades millonarias en sueldos de cooperantes, las autoridades guineanas bloquearon algunos proyectos… El resultado es que nada fue como los responsables de la ayuda española habían soñado. En buena parte, porque España no tenía ninguna experiencia en cooperación internacional y nunca no tuvieron en cuenta ni la necesidad de que los proyectos fueran sostenibles, ni que se adaptaran a las prioridades locales. Una buena parte de los millones gastados se destinaron, en realidad, a salarios de españoles y a mercancías y servicios comprados en España. En realidad, algunas de las caracoles, las viviendas para los cooperantes españoles que se construyeron en aquellos años fueron posteriormente destruidas por la Cooperación Española; el problema es que fueron facturadas al gobierno guineano y, en consecuencia, engrosaron la deuda del Estado guineano.

Cobrar para dejar cooperar

Como muy bien explica Calvo Roy, los guineanos también fueron muy responsables del fracaso de los proyectos de cooperación. En realidad, tanto Obiang como los altos cargos de su gobierno fueron especialistas al ordeñar al máximo los recursos de la cooperación (con bien poco interés por la realización de los objetivos de la cooperación). Se embolsaron una parte sustancial de los créditos al desarrollo,  yobtuvieron beneficios en metálico a cambio de permitir proyectos, conceder visados, autorizar exportaciones…

La democracia en cuestión

El golpe de Estado de Obiang no implicó la democratización del país. Así lo reconoce Calvo Roy. A pesar de todo, el autor de La ocasión perdida no critica al gobierno español por no combatir la dictadura. Más bien al contrario, se hace eco de los posicionamientos del ministro Miguel Ángel Moratinos sobre la necesidad de que España negociara con el régimen guineano para conseguir su democratización (obviando que habitualmente los dictadores no quieren democratizar sus países). Casualmente, Miguel Ángel Moratinos es miembro del Movimiento de Amigos de Obiang, un organismo de exaltación del dictador.

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Moratinos con Obiang y su primera esposa en un acto del Movimiento de Amigos de Obiang.

El neocolonialismo desde dentro

El autor del libro se identifica plenamente con la política española con respecto a la voluntad de tutela de la antigua colonia. El título del libro, La ocasión perdida, lo refleja perfectamente. En la introducción, Calvo aclara que se perdió una ocasión única par «canalizar unas relaciones con el único país de idioma y cultura hispánica del África subsahariana», y que por culpa de eso «ya nunca se pudo conseguir que funcionaran la justicia ni la economía». Habrían perdido esta «magnífica ocasión», no sólo España, sino también los guineanos. El tono paternalista se hace patente, también en la portada, con una fotografía digna de un turista bien intencionado: unos niños bubis mirando sonrientes a la cámara… Paradójicamente, aunque el autor critica la dictadura de Obiang, no parece que dé mucha importancia a que los guineanos puedan decidir qué políticas les convienen más: le parece natural que estas decisiones se tomen desde Madrid. Quizás lo más sorprendente es la confianza en que tiene el autor en que bajo la tutela española Guinea Ecuatorial hubiera ido mejor, sobre todo porque con sinceridad absoluta explica la incompetencia, pero también la corrupción y los intereses turbios de la presencia española en la colonia africana. Pero justamente porque Calvo comparte el planteamiento neocolonial, este es un libro imprescindible, un documento exhaustivo sobre los intentos neocoloniales del Gobierno y sobre las turbias maniobras de diferentes sectores de la sociedad española. Es también un magnífico reflejo de la mentalidad de la época y de la voluntad de imponer a los guineanos un proyecto político y cultural a partir de la suposición que los españoles sabían mejor lo que les convenía a los guineanos que ellos mismos.

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