“El viaje de Calvo Sotelo ¿amigos o enemigos?”. Capítulo 30 de La ocasión perdida. Juan María Calvo.

Capítulo 30. EL VIAJE DE CALVO SOTELO ¿AMIGOS O ENEMIGOS?

Finalmente, se decidió que el presidente del Gobierno español, Leopoldo Calvo Sotelo, viajara a Malabo unos días antes de las Navidades de 1981. Aquel año los guineanos no tendrían la fortuna de ver a los Reyes en diciembre, como había ocurrido en los dos anteriores, pero no iba a faltar la llegada de un Papá Noel español en quien cada vez confiaban menos.

Los días anteriores a la llegada de Calvo Sotelo a Malabo estuvieron repletos de acontecimientos interesantes, en su mayoría nada favorables al afianzamiento de la posición española. El viaje del presidente del Gobierno español estuvo a punto de suspenderse en más de una ocasión.

En primer lugar, las autoridades guineanas pidieron a España la extradición de Andrés Moisés Mbá, supuesto cabecilla del golpe de estado de marzo, y aprobaron unas medidas de hostigamiento contra los españoles. Luego hubo una casi completa remodelación del Gobierno que desarticulaba diversos planes españoles y, finalmente, se produjo la decisión de Obiang Nguema de solicitar formalmente el ingreso de Guinea Ecuatorial en la Unión Aduanera y  Económica de África Central (UDEAC),  controlada por  Francia.

Junto con la solicitud de extradición de Andrés Moisés Mbá, que había sido condenado, en rebeldía, a 32 años de prisión por estafa y malversación de caudales públicos, las autoridades guineanas pidieron a los españoles, a primeros de diciembre, que la valija diplomática no tuviera un peso superior a los diez kilos. Aunque es cierto que por valija se enviaba de todo, desde cartas y documentos hasta chorizo, turrones o detergente, también era verdad que casi nada se podía encontrar en Guinea. Además, todos los españoles utilizaban la valija para enviar su correspondencia, debido a la poca fiabilidad del correo guineano.

Todo esto quedó olvidado ante la decisión de remodelar profundamente el Gobierno guineano, anunciada ante la sorpresa general el 7 de diciembre. Normalmente, los informativos de radio y televisión no comenzaban a la hora fijada, y se atrasaban unos minutos, pero aquella noche tardaba demasiado en aparecer el locutor de la televisión que leía las noticias del día. Habían repetido al menos una docena de veces un vídeo con una actuación de Ana Belén y no era. normal que un mismo programa se reprodujera más de tres o cuatro veces el mismo día.

Finalmente, a las 10.30 de la noche, hora y media más tarde de lo habitual, un locutor, con voz grave, comenzó a leer un largo rosario de decretos del Consejo Militar Supremo anunciando una lista interminable de ceses. En total, cayeron casi todos los comisarios militares (ministros) y secretarios técnicos, junto con medio centenar de altos cargos de la Administración y diplomacia. Tras la lectura de los ceses el locutor de la televisión pasó a dar cuenta de los nombramientos. En total, debido a que leía los decretos uno por uno, con su encabezamiento y firma, el locutor tardó más de una hora en completar la relación.

El embajador de España, sorprendido como todos por el inesperado cambio de caras, estaba muy preocupado por el cese de personas como Florencio Mayé, hasta ese momento presidente de GEPSA además de vicepresidente del Gobierno y ministro de Asuntos Exteriores, pero se consolaba con el nombramiento de Leandro Mbomío como ministro de Cultura. De todas formas, aquella noche era muy pronto para analizar en profundidad aquel terremoto que se había producido y circulaban entre los españoles la lista de ceses y nombramientos tomada al “oído” de la televisión. Los ministros habían hecho una jornada normal, ajenos completamente al cambio que debió preparar el presidente Obiang Nguema, que parecía tomaba la iniciativa, con un estrechísimo número de personas de su absoluta confianza, buena parte de ellos militares. Mayé se había reunido aquella tarde con la cúpula de los técnicos españoles de Hispanoil y una de las personas que participó en aquella reunión aseguraba que el guineano no sabía nada de su salida del Gobierno.

Debido a que durante la noche quedaban cortadas todas las comunicaciones de Guinea con el exterior, José Luis Lerma, consejero delegado de GEPSA, que no disimulaba su enfado por el cese de Mayé, nombrado embajador ante la Organización de Naciones Unidas en Nueva York, permitió al corresponsal de EFE que utilizara su poderosa radioemisora para que pudiera transmitir a España aquella importante noticia alrededor de la medianoche del 7 al 8 de diciembre. Nada más anunciar que una emisora de Guinea quería ponerse en comunicación con algún aficionado español surgieron muchas voces que se ofrecían para enlazar. El primero que respondió, uno de las islas Canarias, recibió la información, para transmitirla por teléfono a la central de la Agencia EFE en Madrid. La noticia llegó a tiempo para ser incluida en todos los informativos de radio de primera hora de la mañana en España, junto con el dato de que reinaba una tranquilidad absoluta en Guinea y que toda la colonia española se encontraba en buen estado. Los españoles se enteraron antes que la mayoría de los guineanos, pues eran muy pocos los que tenían televisión y electricidad al mismo tiempo.

Según el comunicado oficial, los ceses se debieron “a ciertas deficiencias observadas en el aparata estatal”. Obiang se deshizo, una ves más, de personas que comenzaban a acaparar demasiado poder o le hacían la sombra, como Florencio Mayé o Félix Mbá, el ministro del Interior, enviado como embajador ante la Organización para la Unidad Africana, cuya sede se encuentra en Addis Abeba. El bubi Eulogio Oyó, la persona que capturó a Macías y luego presidió el Tribunal que lo condenó a muerte, fue cesado como vicepresidente segundo, aunque conservó la cartera de Trabajo, pero su cargo fue ocupado por otro bubi, Cristina Seriche Bioco, descendiente del rey Bioco. Sólo se mantuvieron en sus cargos, los ministros de Trabajo, Información y Turismo, el antiespañol Isidoro Eyí, el de Agricultura, Emiliano Buale, el inspector general de las Fuerzas Armadas, teniente coronel Fructuoso Mbá Oñana, y Presidencia, Carmelo Owono.

Un dato positivo del nuevo Gobierno era la existencia de cinco ministros civiles, cuando en el anterior sólo había uno. Desde el punta de vista étnico las cosas apenas habían cambiado y seguían  tres bubis en el Ejecutivo,  uno de ellos vicepresidente segundo, aunque había entrado algún fernandino, el de Justicia, Tomás Alfredo King Thamas, y algún kombe, el de Comercio, Pablo Obama. La mayoría seguía siendo fang. King Thomas era un viejo y experimentado abogado con aficiones políticas desde la época anterior a la independencia, pues ya había participado en la Conferencia Constitucional de Madrid. De todas formas, aparecieron pocas caras desconocidas, pues casi todos los destituidos en un cargo fueron promovidos a otro. El nuevo ministro de Hacienda, Andrés Nkó, había ocupado la misma cartera durante el mandato de Macías. En medios hispanos fue recibido con agrado el nombramiento de Marcos Mbá al frente del Ministerio de Asuntas Exteriores, pues ya había presidida alguna reunión mixta hispano-guineana, y, por supuesto, el de Leandro Mbomío, en Cultura, reconocido escultor que pasó la dictadura de Macías en España, donde ejerció cierta oposición al régimen de su país.

En el acto de juramento de los nuevos cargos, Obiang afirmó que se trataba de un Gobierna de transición, que debía dar paso a “un periodo constitucional”, para superar unos momentos difíciles que vivía el país. “Hemos de empezar a educar a los funcionarios y a los políticos, para que sepan que cuando un guineano ejerce una función pública, no debe considerarlo como un destino vitalicio”, dijo el gobernante que ya preparaba los instrumentos para perpetuarse en el poder.

Obiang  afirmó  unos  días  después que  debido  a  “ciertas deficiencias técnicas” había decidido modificar el Gobierno, “sin que afecte a la línea política”,  ni a las relaciones con España. También   manifestó   que   se   habían   detectado    “prácticas fraudulentas,  pillajes   y estafas a la población” por parte  de muchas funcionarios. “Apreciamos una manifiesta ambición de lucro personal  en  varios  ejecutivos de la  Administración  pública”, decía  Obiang y todos pensaban que él y su familia no  se  habían distinguido par ser desprendidos con los bienes materiales.

Florencio Mayé no acudió al acto de jura. Todavía no había acabado de asumir su cese, debido posiblemente a que había ido adquiriendo un protagonismo creciente y a sus supuestas implicaciones en el intento de golpe de Andrés Moisés Mbá. En aquel mundillo guineano eran muchos los que sentían envidia por su habilidad política y por el sueldo que recibía como presidente de GEPSA. Sus cuatro mujeres, rodeadas de niños, subieron airadas hasta el despacho de Teodoro para protestar par el alejamiento de su marido. ¿Cómo las iba a mantener a todas desde Nueva York? Sabían que sólo la primera mujer podría acompañarle en un destino que duró hasta finales de 1987, seis largos años. Posiblemente fue Mbá Oñana, conocido como “el tecol” par su empleo militar, quien salió más fortalecido con la remodelación y alejamiento de Mayé.

Pero volvamos a la visita de Calvo Sotelo. Una vez formalizados los acuerdos militares, durante el viaje del general Saénz de Santamaría, y los económicos, con la visita de Hidalgo de la Quintana. el presidente del Gobierno español debía ultimar los acuerdos políticos y definir con claridad las líneas maestras de la cooperación para impulsar el cumplimiento de los convenios, aunque los primeros apenas se habían puesto en práctica y los segundos ni siquiera habían sido digeridos por los guineanos, pues no acababan de ver claro el control español de la economía.

El periodista Donato Ndongo-Bidyogo resaltaba que era la primera vez que un jefe del Gobierno español visitaba el África subsahariana, aunque los Reyes ya habían realizado tres viajes a esta zona del mundo. El periodista escribió en Diario-16 que podía servir para dar contenido político a acuerdos anteriores, “para clausurar la era de la retórica y del posibilismo y para iniciar la de la cooperación efectiva y realista”.

La situación en Guinea era crítica. En aquel mes de diciembre, los mercados estaban completamente desabastecidos, el caos económico seguía siendo el habitual, continuaba el deterioro de la moneda y no existía nada que se pareciera a un marco jurídico efectivo que garantizara el respeto por unos mínimos derechos individuales. En Malabo, por poner el ejemplo de la capital, se carecía de hasta lo más esencial. como la energía eléctrica, que faltaba durante periodos que llegaban a durar varios días. La cosecha de cacao no había podido superar las siete mil toneladas, muy lejos de las 40.000 de los años 60.

Por parte española nadie parecía querer tomar decisiones. Había áreas de la cooperación que habían fracasado completamente, pero los responsables seguían en sus cargos. El centro de decisión de la Cooperación, encabezado por Martínez Pujalte, estaba en Madrid y había poco contacto con los cooperantes en Guinea, que se encontraban dispersos y descontrolados, bajo la suave tutela del embajador de España. No sólo no llegaban a Guinea inversores privados, sino que algunos desertaban, como el “Grupo de Promoción de Infraestructuras”, apoyado por los bancos de Bilbao y de Vizcaya, que abandonaba Guinea por falta de garantías jurídicas y económicas tras dos años de observar la situación, prefiriendo incluso dar por perdidas las inversiones realizadas, antes de seguir arriesgando más. La semana anterior a la llegada de Calvo Sotelo, cuya visita se había recortado a poco más de 24 horas, se produjeron dos hechos que de nuevo estuvieron a punto de que se suspendiera el viaje si no hubiera sido un gran escándalo y corriera, peligro la concesión petrolera.

El 17 de diciembre llegaron a Malabo los guineanos entrenados en España con la idea de convertirse en la unidad que debía encargarse de la seguridad del presidente Obiang, un centenar de jóvenes que habían pasado algo más de dos meses en Toledo. En un principio se había dicha que en Guinea iban a contar con mandos españoles, pero no había ningún oficial español que se hiciera cargo de ellos y, nada más llegar al aeropuerto, fueron desarmados. Tras pasar dos días en Malabo, luciendo sus recién estrenados uniformes en las que destacaba el emblema de los nuevos GESP, fueron dispersados por diversos lugares de Río Muni, al correrse el rumor de que habían sido preparados en España para dar un golpe de estado contra Obiang. Así murió aquel proyecto de proteger al jefe del Estado guineano con compatriotas, algo que no ocurre en casi ningún país africano, donde se prefieren unidades profesionales extranjeras, una suerte de mercenarios que vivan alejados de las intrigas tribales. En aquel momento se estaban formando en España otros 35 guineanos, en diversas academias militares.

El  segundo hecho grave para los intereses españoles fue  la decisión guineana de solicitar el ingreso en la UDEAC,  organismo al que pertenecían Camerún, Congo, Gabón y la República Centroafricana. El convulsionado Chad, que fue socio fundador de la UDEAC, abandonó la organización en 1968 por su intento de creación de una efímera Unión de las Repúblicas del África Central con Zaire y la República Centroafricana, que apenas duró unos meses, pedía de nuevo su reingreso. El fortalecimiento de aquella especie de mercado común de países de la zona, todos con el francés como idioma común y fuertes lazos con París, era el objetivo de la XVII cumbre de jefes de Estado de la UDEAC, a la que a última hora decidió asistir Obiang Nguema. En la reunión, que se celebró en Libreville los días 17 y 18 de diciembre, se habló de “la creación de una gran comunidad económica en África Central”, inspirada en la idea de fomentar un nuevo orden económico internacional. El presidente gabonés. Omar Bongo, era partidario de la ampliación de la UDEAC, para aumentar su margen de maniobra como país dominante en el organismo económico. Además del petróleo, los estados de la UDEAC son ricos en madera, cacao, café, cereales como el mijo y el sorgo, y algunos minerales importantes. Los países de la UDEAC tienen una moneda común, similar también a la de otros estados francófonos de África Occidental, el franco de la Comunidad Francófona de África, con una paridad constante con la moneda gala (50 francos cfas equivalen a un franco francés).

Por supuesto, la integración de Guinea en la UDEAC se consideraba incompatible con los planes españoles de impulsar la cooperación bilateral y controlar su estructura económica. Ya no tenía sentido el respaldo al ekuele, ni otras medidas acordadas un mes antes.

A pesar de todo, la visita de Calvo Sotelo se mantuvo y seguía diciéndose que el objetivo era relanzar la cooperación. No estaba nada claro cual debía ser el sentido de las conversaciones, y podía variar el programa previsto, pero todavía había esperanza entre los guineanos y españoles más optimistas, ante lo que para algunos era el último cartucho.

Calvo Sotelo, acompañado por su ministro de Exteriores, José Pedro Pérez-Llorca, llegó a Malabo el día 21 de diciembre, procedente de Túnez, alrededor de las tres da la tarde. Estaba previsto pasar aquella tarde y noche en Malabo y trasladarse al día siguiente a Bata para inaugurar la exposición de pintura de autores españoles, instalada ya en el Palacio de África. Tras regresar de nuevo a Malabo, el programa establecía que la partida desde la capital guineana hacia Madrid debía ser a las 4.30 de la tarde del día 22, luego de la firma de un comunicado conjunto.

El presidente del Gobierno español tenía gesto de circunstancias cuando pasó revista a la unidad militar que le rendía honores en el aeropuerto, y apenas se fijó en los grupos folklóricos que bailaban con frenesí, agobiado por el calor de Malabo y quizá también por aquellas besos que estampó Obiang en las amplias mejillas de Calvo Sotelo. La población guineana se lanzó de nuevo a la calle para aclamar a una personalidad española, y las banderas rojas y amarillas ondeaban en las calles de Malabo, junto a las de Guinea.

Calvo Sotelo se reunió primero con el embajador de España, quien le puso al corriente de los últimos acontecimientos,  y con los jefes de cada una de las áreas de la cooperación. Inmediatamente celebró un encuentro con el presidente Obiang, acompañados por los ministros de Exteriores. Obiang mostró gran interés por el proyecto de dar una convertibilidad internacional al ekuele y Calvo Sotelo le dijo que primero era necesario buscar la forma técnica de hacerlo, es decir que antes era necesario atar otros cabos.

Mientras, los cocineros españoles preparaban, a toda prisa, la cena de gala que debía ofrecer Obiang a la delegación española, en el Palacio Tres de Agosto, con los alimentos transportados en el mismo DC-S que había traído a Guinea al presidente español.

“España está dispuesta a ayudaros, dentro de sus posibilidades, en la búsqueda de soluciones a los múltiples problemas que hoy día están planteados”, dijo Calvo Sotelo a Obiang en los brindis de la cena. Prueba de la tensión que había fueron las palabras pronunciadas por el presidente español, aunque dulcificadas por el lenguaje diplomático, al expresar sus deseos de fortalecer las relaciones “dentro del más estricto respeto a la independencia y soberanía de cada uno de nuestros pueblos, para que podamos colaborar en la medida en la que efectivamente lo deseéis, a preparar un futuro de paz para Guinea Ecuatorial y todos sus habitantes”.

Calvo Sotelo recordó en aquella cena que en los tres meses últimos se había replanteado la cooperación para establecer unas bases más sólidas que permitieran augurar un futuro prometedor. Dio un toque de atención a los guineanos, al decir que era necesario avanzar “en el establecimiento de las garantías constitucionales propias de todo estado de derecho”, y animó a los cooperantes españoles “que están dispuestos a colaborar con sus hermanos ecuatoguineanos para llevar a este hermoso país al lugar que le corresponde entre las naciones”, una forma de pedir más poder para estos funcionarios. Entonces se pensaba que dos constitucionalistas españoles ayudarían a los guineanos a elaborar la Carta Magna.

Obiang cuidó mucho menos su lenguaje y la dureza de sus palabras sorprendieron a los funcionarios españoles, que no habían podido contar previamente con el texto del discurso del guineano y que a duras penas consiguieron incluir a Martínez Pujalte y al embajador en la mesa de la presidencia, tras hacer “comprender” al jefe de Protocolo guineano el nivel que tenían estos funcionarios. Según Obiang, la ayuda española a su país “sería totalmente vana si no se encuadrase dentro de un programa conducente a reactivar la economía del país y cimentar las bases de su desarrollo autónomo”. Obiang, ante la mirada atónita de los españoles, insinuó que los resultados de la cooperación bilateral no eran “óptimos” debido a la inexperiencia de los cooperantes y de la propia ex metrópoli en operaciones de esta envergadura, aunque agradeció la ayuda española.

El presidente guineano se quejó de que España no hubiera establecido un seguro de riesgo para inversores privados, ya que “solamente la iniciativa privada española es capaz de aportar el capital y tecnología necesarios para el despegue económica y social de Guinea Ecuatorial”. Martínez Pujalte y el embajador Fernández  Tréllez  se  miraban nerviosos.  No  pensaban  que el guineano fuera a utilizar un lenguaje tan directo, calificado par un diplomático español como “muy impertinente”.

El jefe del Estado guineano se permitió hacer una crítica sobre la ayuda alimentaria española y recomendó que en lugar de conceder este tipo de asistencia, que “agrava el problema alimenticio de los guineanos”, España debía impulsar y diversificar la producción agrícola nacional. Recordaba el proverbio chino que dice que es mejor dar una caña y un anzuelo a un pobre, y enseñarle a pescar, que regalarle pescado.

Al acabar la cena, Calvo Sotelo se pasó unos minutos por el lugar donde se encontraban los periodistas españoles, en el restaurante Miramar. “La ayuda de España no faltará, si hay una organización en Guinea para recibirla, pero no la habrá si esta no existe, pues sería como tirar el dinero”, dijo Calvo Sotelo con cierta dureza, seguramente molesto por el lenguaje empleado por Obiang.

El presidente del Gobierno español dijo que toda cooperación es difícil, pero añadió que se complica cuando existe cierto “recelo” por las dos partes, y reconoció que los resultados eran escasos en relación con el esfuerzo realizado. “El presidente Obiang tiene varias decisiones que tomar, decisiones importantes para la cooperación, algunas de las cuales están pendientes desde la visita del general Saénz de Santamaría. Pero esas decisiones tiene que tomarlas él. La visita que el presidente Obiang hará a España el próximo mes de abril servirá para hacer un balance de todo ello”, dijo Calvo Sotelo a los periodistas españoles.

Entonces trabajaban en Guinea unos 340 cooperantes, la mayoría en tareas relacionadas con la educación (120). Otras 50 personas estaban integradas en el Área de la Sanidad, había 60 asesores de diversas especialidades en ministerios, 50 militares y policías nacionales y el resto eran técnicos de nivel inferior y administrativos. La cantidad de dinero empleado hasta entonces en Guinea se elevaba ya a casi seis mil millones de pesetas. A nadie se escapaba que el bocado más apetitoso para España era el petróleo. Durante la visita de Calvo Sotelo se encontraban en Malabo el presidente del Instituto Nacional de Hidrocarburos, Claudio Boada, y el de Hispanoil, Julio Calleja, y estaban a punto de iniciarse los trabajos de prospección de una plataforma marina.

La jornada del día 22 comenzó temprano. Según el programa, Obiang debía acompañar a Calvo Sotelo en su desplazamiento a Bata, pero unos minutos antes de la hora prevista para salir hacia la capital de Río Muni un mensajero llegó a la Embajada de España con el recado de que el presidente del Gobierno español debía viajar en solitario, pues el jefe del Estado guineano se encontraba indispuesto, debido a unas inesperadas y sorprendentes molestias cervicales. Las autoridades españoles interpretaron aquello como un desplante y contestaron que, en esas condiciones, el presidente del Gobierno español no se desplazaría a Bata e incluso amenazaron con suspender la visita en aquel momento y regresar inmediatamente a Madrid. Fueron unos momentos de enorme tensión, había gran confusión y nadie sabía qué iba a ocurrir.

Inocencio Arias, el director de la Oficina de Información Diplomática, se encargó de distraer a los periodistas, separados de   Calvo  Sotelo  y  Obiang  pues  las autoridades   guineanas insistieron siempre en que estos debían viajar a Bata desde Malabo en el “avión presidencial”, un Yak-40, junto con otro similar y un Antonov vendidos por los soviéticos para realizar el transporte de pasajeros entre las dos ciudades, pilotados por “cooperantes” de la URSS. Los periodistas españoles viajaron en uno de los dos Aviocar de la Cooperación española.

En al aeropuerto de Bata, los periodistas españoles tuvieron que esperar una hora y media hasta divisar el Yak con la bandera guineana en el fuselaje. El avión aterrizó y se acercó a la pequeña terminal del aeropuerto, donde reinaba un silencia expectante. Lentamente se abrió una puerta y dejó ver la cara de un blanco. Era un tripulante soviético. A continuación salió un funcionario guineano de Protocolo. Luego apareció el presidente Calvo Sotelo y entonces, en un momento de máxima tensión para los españoles que allí estábamos, desembarcó el teniente coronel Obiang Nguema. “Hemos ganado”, dijo un corresponsal a media voz mientras Arias suspiraba con alivio.

Las tres horas largas de estancia en Bata fueron una carrera, debido al atraso originado por la disputa. Calvo Sotelo inauguró la exposición de cuadros de artistas españoles e iberoamericanos, demostrando menos interés en las pinturas que en observar el Palacio de África, una moderna construcción de hormigón que contrasta con el verdor de la naturaleza que lo rodea. Luego, ambos gobernantes depositaron una corona de flores ante el monumento a los caídos en la Plaza de la Libertad de Bata, donde pronunciaron sendos discursos.

Calvo Sotelo afirmó que la cooperación española no tendría éxito si los guineanos no aportaban su trabajo y Obiang dijo a los fang de Río Muni, casi todo el tiempo en su propio idioma, que España les estaba exigiendo que realizaran ellos más esfuerzo. El presidente del Gobierno aseguró que la cooperación española era desinteresada, buscando únicamente el beneficio del pueblo guineano, y que no perseguía “fines estratégicos o de otro tipo”. Mientras Obiang hablaba en fang a su gente, Calvo Sotelo puso cara de poker, pero ningún guineano se dignó realizar una especie de traducción simultánea. A esas alturas, ya nadie sonreía.

De camino del aeropuerto, Calvo Sotelo se detuvo en el recinto donde se encuentran las “caracolas” de los cooperantes españoles, en Asonga, para charlar unos minutos con ellos.

En buena medida, las tensiones entre españoles y guineanos se debían al retroceso de las autoridades de Malabo en cuanto a los acuerdos alcanzados durante la visita de Hidalgo de la Quintana. Quizá aconsejado por los expertos franceses y por sus colegas de los países vecinos durante la cumbre de la UDEAC, Obiang se negaba a aceptar asesores españoles con capacidad ejecutiva en los puestos claves de la economía y la Aduana del país. También pesaba el fracaso del plan de formar a los  GESP.

Sin pérdida de tiempo, embarcaron en el Yak para volver a Malabo antes de que fuera demasiado tarde para aterrizar en el aeropuerto, impracticable de noche par falta de iluminación, y para que pudiera despegar el DC-8 de la Fuerza Aérea española.

Como ya no había tiempo para ir hasta la ciudad, en la destartalada y polvorienta sala de autoridades del aeropuerto de Malabo se dio lectura a un comunicado conjunto de circunstancias, en el que ambas partes destacaron “la necesidad de hacer más eficaz la cooperación” y “dar mayor impulso a los acuerdos firmados durante las reuniones celebradas en Malabo los días 21 al 25 de septiembre y 17 a 18 de noviembre del presente año”, es decir los relacionados con la Defensa y la Economía. El plazo dado por España a los guineanos para que estos acuerdos dieran resultados concretos se estableció en cuatro meses. Las autoridades guineanas habían logrado que se fijara una fecha para el próximo viaje de Obiang a Madrid.

A continuación, Obiang y Calvo Sotelo ofrecieron una meteórica rueda de prensa. “La parte guineana ha quedado muy satisfecha de que las relaciones de cooperación entre España y Guinea Ecuatorial se acentúen”, dijo Obiang a los periodistas. Calvo Sotelo, visiblemente molesto y deseando terminar cuanto antes su estancia en Guinea -el sol empezaba a caer con rapidez ecuatorial— afirmó que a medida que se fuera ensanchando el marco jurídica guineano aumentarían las inversiones de españoles.

Según Fernando Jaúregui, enviado especial de Diario-16, el presidente del Gobierno español había estado “firme” con los guineanos y les transmitió, a modo de ultimátum, el siguiente mensajes “no habrá más ayuda si no se admite cierta canalización de la cooperación española a través de asesores enviados especialmente”. El siguiente “round” estaba previsto para abril, cuando había quedado fijada la próxima visita de Obiang a Madrid. Lo lamentable es que todo se atrasaba de nuevo varios meses.

A toda prisa los periodistas subieron al DC-8, seguidos por los funcionarios españoles que habían viajado desde Madrid y alguno destinado en la Embajada en Malabo que iniciaba sus vacaciones de Navidades. Los últimos en entrar al aparato fueron Calvo Sotelo y Pérez-Llorca, acompañados por sus esposas. La visita había terminada como empezó, con unos efusivos besos de Obiang a Calvo Sotelo al pie de la escalerilla del avión.

La seriedad de Calvo Sotelo había impresionado a los guineanos. Un viejo fang comentaba que el político español se parecía a lo que ellos llaman “un mayor de mentalidad”. A los españoles destacados en Guinea les había gustado el que, por primera vez, se hubieran utilizado palabras claras y un cierto tona de firmeza con los guineanos, necesario para romper el “impasse” al que se había llegado.

Un sargento con mono naranja, miembro de las tripulaciones de los Aviocar destacados en Guinea, ayudó desde la pista a maniobrar al comandante del DC-8. El sol estaba ya casi en el horizonte cuando el avión despegó de la isla de Bioco.

http://www.asodegue.org/hdojmc30.htm