“Desolación”. Relato escrito por “una hija de Palea”.

Desolación

39 años y no he visto jamás una tierra

nevada,

pero he visto derramar sangre humana en la

arena mojada,

en mil novecientos noventa y tres, en

Annobón.

Esa crueldad aún persiste en mis entrañas, en

mi corazón.

 
Ocurrió en la isla de Annobón. Era el primer día que vi la mar de Annobón totalmente en calma, como un lago. Ni los arboles del bosque meneaban ese día sus ramas. Era el año en que asesinaron a dos jóvenes e hirieron de bala a un tercero. Mataron a uno en tierra firme, y al otro en la mar, a tiros. Al joven que asesinaron en la mar le estaban persiguiendo, decidió echarse a nadar, y estaba ya mar adentro cuando el militar –que continuaba disparando— lo alcanzó con una bala. Ya no volvió a flotar.

No logro olvidarlo…Vi el cadáver (ya en avanzado estado de descomposición) y los lugares en su cuerpo donde penetraron las balas. Era la primera vez que veía enterrar un cuerpo sin ataúd en la tradición de Annobón. Yo tenía trece años.

En aquel entonces el pueblo de Annobón lo pasaba muy mal, sin medicamentos, hospitales, escuelas, oportunidades, libertades … en fin, casi como ahora, y los jóvenes decidieron hacer algo para mostrar su repulsa. Se lo manifestaron a los militares allí destacados en la isla, y que casi todos eran de la etnia fang, procedentes del continente. La intención de los jóvenes annoboneses era atar a los militares y ocupar temporalmente el cuartel, como método de presión, para luego solicitar su retirada definitiva, o que abandonaran Annobón, y que los mismos isleños pudieran participar de la gestión del futuro de la isla. Creo que fue un arrebato de furia, o de locura, por el momento tan difícil que estaba atravesando el pueblo annobonés. Todo salió mal. Habían logrado atar al gobernador, D. Marcos Ondo, a sus guardaespaldas y a algún otro militar.

El grupo al que pertenecían los jóvenes annoboneses se llamaba NAP, abreviación de Nanome Palea, es decir, “Jóvenes de Annobón” en fa d’ambo. Los dos fallecidos a manos de los militares eran conocidos como Sumene y Simplicio. Sus nombres completos eran Manuel Villarubia Napoleón y Simplicio Llorente Yaye. Ninguno de ellos era pariente mío.

Luego vino la represalia del régimen, con más saqueos, más violencia y más miseria para todos. Comenzaron a detener a todos los jóvenes varones de la isla. Mi madre estaba muy preocupada, lloraba… me había escondido debajo de su cama, una cama hecha con ramas del bosque. Me escondió allí por hacer algo, porque en sí yo no estaba protegido, pues llegado el momento los militares podían entrar sin permiso y hacer conmigo lo que quisieran, como en efecto lo habían hecho en otras casas vecinas. Tuve suerte ese día y no llegaron hasta mi casa.

Los hechos ocurrieron el 13 de agosto de 1993. Creo que los jóvenes aprovecharon ese momento porque era tiempo de vacaciones y la mayor parte de la población se había desplazado a los poblados. Intentaban evitar una masacre, en caso de que algo saliera mal y su plan no funcionara.

Pero tras los incidentes, los militares obligaron a todo el mundo a bajar a la ciudad, a Palea. Todos tuvieron que llevar un pañuelo blanco amarrado al brazo, como símbolo de paz. Algunos jóvenes habían logrado huir a los bosques y estuvieron viviendo allí alrededor de tres meses. Los demás habían sido capturados. Más tarde fueron traslados en condiciones infrahumanas, esposados y amarrados a una misma cuerda, uno seguido del otro, a bordo del buque Acacio Mañe Ela hasta la cuidad de Bata. Es un largo trayecto por mar. Nadie conocía el paradero de los que habían huido, a pesar de las búsquedas diarias de los ciudadanos, obligados por los militares a salir en captura y acompañados por ellos, con orden de fuego en caso de descubrirlos.

Tanto de día como por las noches los militares no paraban de disparar al aire. Fue la primera vez que oí los escalofriantes sonidos de un arma de fuego. Vi los cartuchos vacíos en el suelo delante mía, y los agujeros de bala en las paredes de las casas y en las chapas que tenían por tejado. Más tarde los militares se trasladaron a los poblados de la isla y, entre otras cosas, arrojaron municiones en los ríos de donde se extraía el agua de beber y para el consumo de las casas. Fueron unos tiempos horribles para la isla de Annobón y sus habitantes.

Este 13 de agosto se cumplen veintiséis años de aquellos asesinatos y quiero honrar la memoria de aquellos jóvenes pidiendo a gritos responsabilidad y justicia.

Firmado por una hija de Palea

A:  Desde una publicación dominicana recibimos este escrito que esperamos no sea el último que nos remita su autora.