“Dadji’, una tradición guineana. Ellos visten de mujer, ellas de hombre y llevan 500 años gastándose bromas pesadas. Eleuterio Ekobo. El Mundo

ELEUTERIO EKOBO

Con el ‘dadji’, grupos de amigos alcanzan una fraternidad que incluye una fidelidad hasta la muerte pero también insultos y bromas pesadas en bodas y funerales

El grupo ‘dadji’ de los novios asistió así al enlace de Javier y Rufina. CRÓNICA

Javier y Rufina -30 y 27 años- están a punto de darse el «sí quiero». Ella luce velo y vestido blanco. Él, traje negro brillante. Es diciembre de 2018 y el sol cae a plomo sobre Malabo. El calor, aderezado con la humedad, hace aire irrespirable, sofocante. Pero hoy es día de fiesta y bromas. De muchas bromas. A veces, incluso muy pesadas. A las 10 de la mañana, a la entrada de la capilla Adventista del barrio Elá-Nguema donde Rufina Villahute y Javier Bestué, dos annoboneses oriundos de la isla ecuatoguineana de Annobón, van a contraer matrimonio, va llegando el jolgorio. Son jóvenes disfrazados de forma extravagante. Ellos visten de mujer y ellas, de hombre. Van maquillados, con accesorios femeninos, incluso lucen lencería. Para completar el atuendo, llevan un cinturón de hojas secas de banano. Se gastan bromas pesadas y suentan insultos. Son poco más de 10 jóvenes de entre 20 y 30 años, annoboneses, como los novios. Todos canturrean y bailan al son del tambalí, un tamborcito étnico. Todos se gastan bromas pesadas y suentan insultos. Es el dadji, una práctica cultural con más de 500 años de arraigo a la que propios y extraños juzgan peyorativamente pero que, para ellos, simboliza la fraternidad y pone a prueba de manera extrema la tolerancia de quienes reciben sus bromas e insultos.

«Ellos comparten ideales de vida comunes, se ayudan mutuamente frente a cualquier problema, moral o económico… y no muestran ningún indicio de discriminación entre ellos», define Zankús Máné Menemándjimol, escritor annobonés, en su libro Memorias del pueblo d’Ambô (Ed. Círculo Rojo, 2017). «Es una tradición de nuestra etnia», señala Biñit, miembro del dadji.

El grupo dadji de la pareja que se casa aguarda impaciente la salida del matrimonio para cumplir con la tradición bromista de su etnia. «Tu puta madre, desgraciado» y otras palabras malsonantes se escuchan entre risas y chistes. Majosá, integrante del conjunto, balbucea intentando sin éxito explicar el motivo del uso léxico tan explosivo del dadji: palabras difíciles de digerir.

«En el dadji se gastan bromas pesadas porque son todos de la misma generación», conjetura sin dar exactamente en el clavo. Para su corrección llega el profesor Panadés de nuevo con su trabajo de Oráfrica. «En el trasfondo de comportamientos absurdos y viles, tanto individuales como colectivos, se esconde el verdadero sentido del amor, el respeto y la añoranza de la convivencia pacífica, y el verdadero ánimo de compartir las vicisitudes y avatares de la cotidianeidad».

Conocedores de la cultura annobonesa y del material escrito, coinciden en que el trasfondo de la práctica del dadji es la solidaridad; pero es Zankús quien en Historia del pueblo dambödeja más resumido en una trilogía las actividades del grupo de coetáneos: «Ayuda mutua, asistencia en el matrimonio y acompañamiento en la muerte». En definitiva, buscar la unión entre los miembros del grupo…


Los contrayentes sí vestían para la ocasión: ella, velo y vestido blanco, el traje negro brillante. Todos ríen cuando son insultados gravemente.CRÓNICA

La búsqueda del origen de este rito lleva a nuestro citado autor a manejar dos hipótesis de escenas transcurridas en Annobón a finales del siglo XVI y principios del XVII. La primera es la de dos chicas: Ndezâ Dámbôlô y Báboyo Méndjingue, que al percatarse de las condiciones inhóspitas en las que vivía un hombre indigente, buscan a otros amigos y conocidos, le construyen otra cabaña y le buscan leña para garantizar su lumbre. «Mientras dura la construcción de la cabaña, todos le dirigen insultitos, bromas pesadas, tacos y mofas fuera de lo normal, y él lo encaja todo. Algunos, atraídos por el griterío, se suman voluntariamente. Ciertos conocidos traían comida cocida, otros la traían cruda para cocinarla y comerla en grupo», argumenta el libro.

Después, «se supo que no todos eran coetáneos de Andezâ y Báboyo. Se busca a los que eran de la misma generación, los que encajaban las bromas pesadas, forman un grupo y así debió aparecer el dadji», presagia el autor.

La segunda hipótesis tiene como paciente al mismo hombre. Pero esta vez, el indigente se muere por la miseria. Andezâ y Báboyo, únicos familiares suyos, reúnen a todos aquéllos que participaron en la reconstrucción de la cabaña del finado y asumen toda responsabilidad, hasta su funeral.

ASÍ NACIÓ EL DADJI

«Ciñen su cintura con hojas secas de banano en señal de consternación y lo entierran. A la vuelta del funeral, se sentaron en la casa mortuoria, cocinando, comiendo y alegrándose entre ellos. Así nació el dadji», sentencia. Según Zankús, desde entonces las hojas secas de banano que se atan a la cintura tienen un doble sentido: «En la muerte, significan dolor, y en el matrimonio, alegría».

Las manifestaciones más visibles del dadji se dan siempre durante las grandes ocasiones: la boda o defunción de una persona annobonesa. Sus coetáneos, que serían el equivalente a la pandilla o cuadrilla aquí, sólo se atavían andrajosamente, de manera contraria a su sexo. Se maquillan los hombres de mujeres y viceversa. Se sueltan tacos y bromas pesadas. Javier y Rufina, los contrayentes, no paran de sonreír. Pese a los ropajes y los maquillajes casi grotescos del grupo, el ambiente es de total camaradería.

«Una miembro del dadji me quitó el vaso de cerveza de las manos, bebió un poco y me lo devolvió en presencia de mi novia, para provocar celos en ella», explica con picardía un componente del grupo. De ahí que el dadji de los novios, los acompañe durante su enlace; y ante la pregunta del por qué crear expectación popular con los disfraces, Sayö, otro miembro del grupo, responde: «Es para levantar la curiosidad del público y divertirse durante el tiempo que se esté disfrazado».

El profesor de la Universidad Nacional de Guinea Ecuatorial Fernando Panadés García lo ha explicado así en un trabajo publicado en el portal Oráfrica: «En el seno del dadji, todos se consideran hermanos, se ponen motes, se soportan todo tipo de bromas, se ayudan y asisten mutuamente, tanto en los momentos buenos como los malos». Es la Solidaridad de las hojas secas de banano, como viene ocurriendo desde tiempo inmemorial.

https://www.elmundo.es/cronica/2019/03/09/5c5d55f4fdddfff51c8b4583.html