Chirac, el africano. José Naranjo. Mundo Negro

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Así lo llamaban, no sin cierto retintín. Tal y como se han encargado de recordar de manera extensa su hagiógrafos en los días posteriores a su muerte el pasado 26 de septiembre, el expresidente francés Jacques Chirac mostró siempre una inquietud pública por el desarrollo del continente. Sin embargo, en la trastienda, sus 40 años rondando el poder le valieron, sobre todo, para tejer una tupida red de relaciones con los líderes africanos para mayor gloria de sí mismo y de Francia. O, dicho de la manera gaullista, de su “cierta idea de Francia”.

De la mano de Jacques Foccart, el popular Monsieur Afrique que dirigió los hilos casi siempre ocultos que vinculaban a la metrópoli con sus excolonias en los 60 y 70, el ambicioso Chirac aprendió el abecedario de la Françafrique. Como primer ministro se aproximó sin reparos a dos figuras clave de toda una época, el libio Gadafi y el rey marroquí Hassan II, con quien mantuvo una larga amistad que contribuyó a pulir la posición gala en el conflicto saharaui. Los territorios ilegalmente ocupados por Rabat eran y fueron siempre desde entonces, “las provincias del Sur”.

Tras ganar las elecciones municipales de la capital francesa, Chirac creó la Asociación Internacional de Alcaldes Francófonos, una manera como cualquier otra de seguir cultivando los vínculos con África que él sabía imprescindibles para continuar con su ascenso al poder. Entre sus amistades peligrosas destacaron el gabonés Omar Bongo, el congoleño Denis Sassou-Nguesso, el general togolés Eyadema Gnassingbé o el burkinés Blaise Compaoré, un autentico santoral de tiranos tan al gusto de la citada Françafrique.

Sin embargo, fue con Costa de Marfil donde Chirac alcanzó el paroxismo. En 1990 en Abiyán pronunció su famosa frase de “el multipartidismo es un lujo que los países en vías de desarrollo no se pueden permitir”, no menos tremenda que la de “hay que dejar a los presidentes africanos ganar las elecciones, de lo contrario no van a organizar más”, que también se le atribuye. Las excelentes relaciones que mantuvo con Costa de Marfil durante los mandatos de Houphouet-Boigny, cómo no, y de Konan Bedié se convirtieron en manifestaciones de hostilidad cuando llegó al poder el joven historiador de izquierdas Laurent Gbagbo. Esta fue su gran piedra en el zapato.

Chirac, ya presidente, hizo entonces de Chirac. En cada visita o cada encuentro le ponía su mejor cara, pero en las oscuras tinieblas de la mazmorra heredada de Foccart, el heredero de De Gaulle y de Pompidou, el aprendiz de brujo que soñaba con una Francia aún todopoderosa en sus condominios al sur del Sahara, no tuvo reparos en dar cobijo a un golpe de Estado y alentar una guerra para seguir protegiendo sus intereses. Los mismos que a veces eran también los de su país. A Sarkozy, su sucesor, le tocó rematar la faena, una de las más sucias de los últimos tiempos sin contar lo de Libia. Que su amigo Gadafi fuera linchado hasta la muerte tras los bombardeos franceses fue toda una cruel ironía del destino.