Cervantes y la materia de las vidas negras. Nicholas R. Jones / Chad Leahy. ctxt contexto y acción

Hace un par de semanas, el 19 de junio, un grupo de manifestantes que protestaban por el asesinato de George Floyd vandalizó varias estatuas en el Golden State Park de San Francisco, incluyendo una de Cervantes.

La reacción en las redes sociales y en la prensa española ha sido, como era previsible, fulminante. Tan solo en el ABC han salido hasta dos docenas de artículos consagrados al tema a lo largo de los últimos días. También se han posicionado al respecto instituciones culturales de relevancia –notablemente conservadoras– como la Real Academia de la Historia, el Instituto Cervantes o The Hispanic Institute. Este último ha lanzado toda una campaña publicitaria pro-hispana, con el hashtag #RespectHispanicHeritage, reclamando que se respete el legado hispano en Estados Unidos. El Gobierno español también se ha sumado al debate, con quejas públicas como la de la Embajada de España o la del ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes, quien manifestó en Twitter que el ataque le resultaba “incomprensible”, provocándole “pena. Mucha pena”. El tuit mereció la atención del embajador estadounidense en Madrid, Christopher Landau, que puso el grito en el cielo lamentando que la percibida injusticia se haya cometido con el supuesto beneplácito de autoridades locales (de esos de California, ya se sabe, con la boina puesta y el puño en alto).

Quisiéramos ofrecer una breve reflexión sobre algunos de los argumentos esgrimidos hasta ahora en el debate y que a nuestro entender han fallado por partida doble.

Por un lado, en un número considerable de estas reacciones se tiende a perder de vista con espantosa facilidad que las manifestaciones globales en contra de la injusticia racial –de las que el derrumbe y tagging de monumentos forma parte– poco tienen que ver con una pausada meditación sobre el pasado imperial de España, ni mucho menos con una interpretación particular, nacida de la “indigencia intelectual”, de Cervantes como epígono del esclavismo. Los gritos de dolor y rabia que se han hecho sonar en cada recoveco de grandes ciudades y pequeños pueblos a lo largo y ancho de Estados Unidos responden a circunstancias históricas que van por otro rumbo, algo que Julio Vélez-Sainz (a quien admiramos mucho) reconoce. Desde nuestra perspectiva, seguir pensando en el asunto desde la historia de España o incluso desde las tradiciones interpretativas del cervantismo –y no desde la historia particular de las experiencias humanas que buscan su expresión mediante estas manifestaciones– refleja una especie de miopía cultural que urge combatir. Dicho de otra manera: Cervantes aquí es lo de menos.

Seguir pensando en el asunto desde la historia de España o desde las tradiciones interpretativas del cervantismo refleja una especie de miopía cultural que urge combatir

Pero no sólo eso. Sobra decir que los lamentos por la difamación de Cervantes y, por extensión, de las glorias del pasado imperial, a menudo se encauzan en las mismas líneas que trazaran Roca Barea y compañía en los últimos años. Los manifestantes en este contexto surgen como meros avatares de la pestilencia antiespañola que se denuncia en Imperiofobia, conCervantes pintado como síntoma gráfico de la Leyenda Negra, víctima de los que se niegan a reconocer las “gestas de la historia de España”. Para algunos, como David Alandete, “el odio a España arrecia en Estados Unidos”. O para Juan Manuel Cao, “derribar nuestros símbolos es un modo de discriminarnos”.

El verdadero espíritu supremacista y nacionalista del que nacen semejantes discursos se trasluce a menudo en el debate sobre la estatua de Cervantes. Algunos autores lo ponen fácil, ni intentan disimularlo. Manejan aborrecibles tópicos propios del racismo más añejo, escribiendo desde una retórica de vituperio personal que busca deshumanizar a los manifestantes a veces mediantes grotescas animalizaciones, describiendolos por ejemplo como una burricie que al cuadrúpedo trote, ha ido extendiéndose cual pandemia universal”. En términos tal vez más medidos, pero no menos problemáticos, los manifestantes aparecen como “turbas necias” e “ignorantes”, malos lectores de Cervantes (“Cervantes es exactamente lo contrario”), “talibanes” , antihispanos y cristianófobos, “mentecatos iconoclastas”, analfabetos, imbéciles, brutos, una “horda de bárbaros” o “bastardos” (este último ejemplo del insigne cervantista Juan Manuel Lucía Megías, un sentimiento que también comparte Jesús García Calero).

Se subraya así un mensaje absolutamente abominable: en el fondo, la culpa la tienen ellos. Los malos de la película aquí no son el terror sistemático perpetrado contra las poblaciones negras americanas ni los policías que alegremente asfixiaron a George Floyd con la rodilla en el cogote. Los antagonistas en esta narrativa vienen a ser los propios manifestantes.

Se traslucen así, de forma fría y brutal, las verdaderas prioridades de quienes objetan el atentado al monumento cervantino. Algunos autores están muchísimo más comprometidos con la defensa de Cervantes y de España que con la destrucción de los sistemas de opresión en cuyas aras Cervantes fue sacrificado. Terminan dando así la razón a los manifestantes pues está clarísimo que Cervantes matters muchísimo más que Black Lives.

Por otro lado, el debate tiende a fallar igualmente porque no va lo suficientemente lejos en considerar todas las posibles implicaciones de la obra cervantina para repensar los movimientos sociales en la actualidad. Numerosos autores han señalado la tremenda ironía de que Cervantes mismo fuera esclavo y que el grueso de su corpus literario se dedicara a la defensa de la libertad e igualdad de personajes marginados. Las apuestas protofeministas con Marcela o La Gitanillao las quejas del morisco Ricote son puntos de obligada mención, al igual que los temas recurrentes del libre albedrío, la agencia personal, la libertad de autocreación, la condena del linaje o de la sangre como fuerzas determinantes en la vida del sujeto, las críticas más o menos veladas a las estructuras mismas del poder (pensemos por ejemplo en el famoso escrutinio de la biblioteca de don Quijote o incluso los actos de violencia perpetrados contra oficiales de la justicia, por ejemplo, la liberación de los galeotes o el ataque a los cuadrilleros. Y todo esto sin mencionar de nuevo el hecho de que Cervantes pasase un buen número de años en el cautiverio argelino y que, por tanto, bien sabía valorar la libertad desde sus propias experiencias vitales. (Véase, al respeto, la reciente Información de Argelque ha editado Adrián J. Sáez).

Podemos, y deberíamos, ver en Cervantes a un aliado en la lucha y en la defensa de las voces marginadas

No discrepamos en absoluto de esta lectura. Lo que sí echamos de menos en este panorama es el lugar matizado que el escritor concedió a la cuestión de la experiencia subsahariana en el contexto imperial español. Aunque se hable con relativa poca frecuencia de ello, no escasean los personajes negros en la obra de Cervantes. Como ha planteado Nicholas R. Jones en su monográfico Staging Habla de Negros, esta presencia de sujetos negros, de la materia y la experiencia diaspórica negroafricana, nos obliga a reconsiderar en qué sentido las Black Lives tienen un valor dentro del corpus cervantino.

Cuando a Sancho se le cae la baba pensando en la idea de ser negrero, nos enfrentamos a un reconocimiento explícito de la masiva presencia del tráfico de esclavos negros como parte básica de la experiencia cultural en los siglos de oro en España y en Portugal. Cuando el eunuco Luis  –enamorado de la música y con ganas de entretenerse en la monotonía de su encierro intersticial entre puertas– facilita la entrada de Loaysa a la casa de Carrizales en El celoso extremeño, presenciamos como lectores una historia que pone a un sujeto negro en el centro de la narrativa.Con Cipión y Berganza, en el Coloquio de los perrosdiscurriendo sobre los sujetos negros en su entorno, Cervantes nos obliga de nuevo a ver a los negros, a escucharlos. Y al hacerlo, a reconocer el sistema que los mantiene a menudo en posiciones muy contrarias a la habitual postura cervantina a favor de la libertad humana. Cervantes nos confronta con la materia de las vidas negras. Para Cervantes, Black Lives Matter.

Para terminar, les rogamos a nuestros colegas cervantistas e intelectuales que por favor vuelvan a poner las cosas en su lugar. En vez de lanzar gritos de agonía por las injusticias cometidas contra Cervantes, ¿qué pasaría si dejásemos de lado al manco de Lepanto por un momento? Puestos a elegir entre la defensa de la materia de una estatua pintada o la del cuerpo de George Floyd, ¿dónde querríamos ubicarnos? ¿Y qué revela la respuesta a esa pregunta en cuanto a nuestros valores, nuestras prioridades?

Al mismo tiempo, ¿qué tal si insistiésemos en poner en su sitio –en el centro de la narrativa– a las voces negroafricanas y afrodescendientes que para el propio Cervantes claramente importan? La obra cervantina misma nos obliga a reconocer la centralidad de la materia de las vidas negras y afrodescedientes. Claro que podemos, y deberíamos, ver en Cervantes a un aliado en la lucha y en la defensa de las voces marginadas. Pero al hacerlo, no nos olvidemos ni de las voces de sus personajes afrodescendientes ni de los que reclaman en la actualidad justicia con una bote de spray en la mano.

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Nick Joneses doctor por laUniversidad de New York, profesor asistente en la Universidad Bucknell (Pensilvania) y autor de numerosos estudios sobre la presencia africana en la España de los ss. XVI y XVII.

Chad Leahyes doctor por la Universidad Brown y profesor asistente en la Universidad de Denver (Colorado). Se ha especializado en el papel que ocupó Jerusalén en el imaginario cultural de la España del Siglo de Oro. Ha publicado numerosos artículos en revistas de prestigioen España y Estados Unidos.

https://ctxt.es/es/20200701/Firmas/32774/cervantes-estatua-black-lives-matter-nick-jones-chad-leahy.htm