Averia. Chema Caballero. Mundo Negro

El coche gime al doblar la curva. Está cansado tras horas de esquivar zanjas y hoyos. Se impone buscar un taller. Afortunadamente hay uno cerca, a la entrada del pueblo.

Tras saludos y explicaciones, el mecánico monta el gato y eleva el vehículo. Uno de los aprendices le pasa herramientas, como un enfermero a un cirujano. Otro atiende a una tetera asentada sobre un hornillo de carbón. Sirve té en un pequeño vaso y se lo pasa a otro con mucho pulso. Un arco de un color rojo oscuro une los dos recipientes. La operación se repite varias veces. El chico, de no más de 13 años, ofrece el producto, sobre lo que antes fue un cubrellantas lleno de grasa, a los presentes. Se bebe y discute los hallazgos del experto que explica que «se había soltado un cable». 

El coche remprende la marcha. Al llegar a la siguiente población, un nuevo rumor lo vara. Varias bolas de acero salen disparadas. El conductor toma una mototaxi y parte en busca del mecánico. Tras una hora de trabajo el vehículo vuelve a estar operativo. «He quitado el eje del cuatro por cuatro, no hará falta en esta carretera», asegura ante la incredulidad de los pasajeros. El auto retoma su camino. Llega a su destino y tras un par de horas inicia el regreso. Minutos más tarde, mientras sube una cuesta, el ruido se hace insoportable y al conductor le da respeto avanzar. Se dirige de nuevo hasta el garaje. Regresa con el maestro que jura que es la primera vez, en sus muchos años de faena, que le sucede algo similar, lo que provoca una sonrisa cómplice entre los aprendices. De nuevo afirma haber encontrado el problema. Hay que cambiar una pieza que en una aldea como esa no se encuentra. Habría que ir a buscarla a la capital de la provincia y la operación podría retrasarse un par de días.

Un aprendiz recuerda que no hace mucho instalaron un recambio similar en el coche del jefe del pueblo. Podría valer. El mecánico habla con él. Está dispuesto a venderla. Se llega a un acuerdo. El técnico lo desmonta y lo transporta hasta el vehículo averiado. Inicia el proceso de sustitución. El cielo se abre. Ríos de agua se abaten contra la tierra. El profesional sigue impertérrito con su tarea hasta concluirla. Está empapado. La linterna del móvil, sujeto entre los dientes, le alumbra. Gomas y alambres suplen las deficiencias del recambio. Un arreglo provisional. En la capital habrá que buscar el accesorio exacto. 

Se intercambian números de teléfono y saludos, tras tantas horas juntos se ha forjado una nueva amistad. El camino que de ida costó dos horas, ahora requiere cinco. Se circula despacio para que la pieza no se salga. Hubo suerte. A pesar de lo aislado de la zona, el mecánico ha conseguido hacer un apaño que ayuda a salir del paso. 

Imaginación, pericia y paciencia operan el milagro diario que permite a muchos coches circular por las carreteras africanas.