África resiste el primer golpe con 100.000 positivos en tres meses. José Naranjo. El País

JOSÉ NARANJODakar – 22 MAY 2020 – 00:30 CEST

Hace dos meses, organismos internacionales y centros de investigación vaticinaban que la covid-19 iba a provocar una catástrofe de dimensiones colosales en África y que los muertos inundarían las calles. El virus se extiende por todos los países y el continente ronda ya los 100.000 positivos, pero esto supone tan solo el 2% del total de casos mundiales cuando África representa el 17% de la población del planeta. Con 3.000 fallecidos para 1.300 millones de habitantes, sus sistemas de salud, en líneas generales, no se han visto colapsados. Tres factores explican esta realidad: la rápida y adecuada reacción de unos gobiernos que supieron ver las orejas al lobo, la juventud de su población y la experiencia adquirida en gestión de epidemias, sobre todo en estrategias de prevención y trabajo comunitario.

Fatou Diarra está sentada en un rincón en la sala de espera del centro de salud de la Corniche Ouest, en Dakar. Lleva una mascarilla de la que sólo asoman unos ojos asustados. “Tengo revisión, pero no quería venir. Todo esto del corona nos tiene asustados en casa”, asegura. A su lado, el joven Ibrahima Seydi, con auriculares en las orejas y también nariz y boca cubiertas, no tarda en inmiscuirse en la conversación. “Espera, van a dar los datos de hoy”, dice. Como cada día a las 10.00 de la mañana, un portavoz gubernamental comparece para informar. Hay 98 nuevos positivos en Senegal, 92 de los cuales estaban ya confinados por ser contactos de personas enfermas. En tres meses, 2.812 casos, el décimo país africano en contagios. Una gota en el océano mundial.

“La epidemia llegó más tarde”, explica el doctor Richard Mihigo, responsable de Inmunización y Vacunas de la Organización Mundial de la Salud (OMS) en África, “tuvimos más tiempo para prepararnos y se produjo una rápida reacción con cierre de fronteras, toques de queda, sensibilización y otras medidas”. Sin embargo, se muestra prudente. “Esto no ha hecho más que empezar, hay una fuerte transmisión comunitaria sobre todo en la región occidental. Una vez parado el primer golpe, el gran desafío ahora es no confiarnos, que la población no piense que hemos ganado la batalla. Las medidas de distanciamiento social deben seguir siendo rigurosas porque una segunda ola podría ser más letal que la primera si no se mantiene la disciplina”, añade.

Se suele dudar de la realidad de las cifras por la escasez de test. Los países africanos están haciendo enormes esfuerzos para reforzar su capacidad de diagnóstico y para encontrar los elementos necesarios en un mercado hostil y sometido a enormes presiones. Sudáfrica cuenta con unos 200 laboratorios habilitados y Nigeria, el país más poblado, sólo con 24. La Unión Africana cree que harían falta unos 15 millones de pruebas adicionales para sacar a la luz la realidad de la enfermedad. Sin embargo, este problema no es exclusivo de África. Senegal hace unas 1.000 pruebas al día y la tasa de positivos suele mantenerse por debajo del 10%.

El precoz freno a los casos importados permitió a los africanos ganar un tiempo precioso que se tradujo en creación de células de emergencia, formación, adquisición de capacidades y recursos para hacer frente al virus. La maquinaria estaba bien engrasada. “Habrá muchas víctimas, sin duda, pero nuestros sistemas de salud, a menudo descritos como frágiles, podrían paradójicamente ser más resilientes en la gestión de un shock como este. La mayoría de nuestros profesionales de salud han practicado el arte de curar en contextos de enfermedades endémicas con recursos limitados. Esto les ha hecho desarrollar unos reflejos desconocidos en otros lugares”, asegura el doctor Chibuzo Okonta, presidente de Médicos sin Fronteras en África occidental.

Aun así, nada de esto hubiera impedido el colapso de los sistemas de salud de no ser por otro elemento decisivo: la pirámide poblacional de un continente donde apenas el 5% de sus habitantes tiene más de 60 años y el 50% menos de 20. El doctor Mihigo aporta un dato clave: dos de cada tres personas afectadas en África tiene entre 25 y 50 años. “La población joven resiste mucho mejor la enfermedad y casi nunca requiere hospitalización”, explica. El otro factor que suele complicar las cosas es la existencia de patologías crónicas previas, como diabetes o hipertensión, más asociadas a personas de edad avanzada. “También en esto el perfil demográfico nos beneficia”, comenta Mihigo.

La conjugación de estos tres elementos ha jugado a favor de África, según todos los expertos. Pero hay otras circunstancias que podrían sumarse a la lista, como las altas temperaturas y la mayor exposición al sol, la existencia de inmunidades adquiridas por la coexistencia de la población con otros coronavirus o de inmunidades cruzadas por la amplia vacunación contra enfermedades como la tuberculosis y la toma frecuente de antipalúdicos. Sin embargo, todo ello se encuentra aún en estudio y no está probado científicamente. “Una vez más, hay que ser prudentes. Existen estudios en curso sobre todo ello pero a día de hoy carecemos de evidencias”, remacha el doctor Mihigo.

Hace unos días, António Guterres, secretario general de Naciones Unidas, aseguró que si la epidemia progresa de manera más lenta en África es porque “la mayoría de los gobiernos y sociedades tomaron medidas preventivas muy valientes y a tiempo, lo cual además es una lección para algunos países desarrollados que no lo hicieron”. Sin embargo, los mensajes optimistas no pueden hacer olvidar el enorme impacto económico y social que la pandemia está teniendo ya. “Están amenazados los progresos en materia de nutrición y salud y se agravan las desigualdades”, añadió Guterres.

En este sentido, la preocupación se dirige hacia enfermedades como el sarampión o el VIH. “Los confinamientos han afectado a los servicios de salud de rutina, a las consultas prenatales, a la vacunación y a las enfermedades corrientes. Mucha gente ha visto limitado su acceso a las estructuras sanitarias o tiene miedo de hacerlo. Esto representa un serio problema”, añade el responsable de Inmunización de la OMS en África. Un ejemplo: el presente año estaba marcado en rojo en el calendario para declarar la erradicación de la poliomielitis del continente, pero la vacunación ha sido suspendida, al igual que la del sarampión destinada a 21 millones de niños.

El futuro no está escrito y la pandemia se ha acelerado en las últimas semanas. La irrupción del virus en campos de refugiados y desplazados de Sudán del Sur o Kenia es inquietante, así como la dinámica de negación de la enfermedad en países como Burundi o Tanzania. Pero la ralentización de los contagios en Ghana o Túnez es una señal positiva. Tres meses después de los primeros casos, el relato catastrófico se va trufando de moderación. “A nuestros sistemas de salud les faltan camas UCI, respiradores y personal cualificado suficiente para atender a los enfermos entubados. Pero hemos desarrollado una capacidad de resiliencia y un saber hacer a fuerza de sufrir emergencias y epidemias. Reconocemos nuestras fragilidades, pero también son oportunidades para innovar”, opina el doctor Okonta.

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Pie de la foto que encabeza la noticia: «Fieles con mascarilla rezan en la mezquita Massalikul Jinaan de Dakar el viernes 15 de mayo, tras la relajación de las medidas adoptadas por el Gobierno senegalés frente al coronavirus».